viernes, 14 de septiembre de 2018

¿Quién es para ti? (Mc 8, 27-35)

Jesús nunca vivió del qué dirán; no porque no le importara la opinión que de sí tuvieran los demás sino porque la convicción de su misión superaba cualquier juicio de valor humano. Sin embargo pregunta: ¿Quién dice la gente que soy? Seguramente Jesús imaginaba la respuesta; respuesta confusa, contradictoria e incluso descabellada; había para todas las opiniones. No existía una opinión unánime sobre su persona; las respuestas “bailaban” desde los grandes profetas pertenecientes a la Antigua Alianza, Jeremías, hasta lo más novedoso de la época, Juan Bautista, en ese largo intervalo de siglos de historia cabían muchas personalidades y acontecimientos.
La pregunta inicial no iba encaminada a buscar la respuesta sobre lo que la gente pensaba de Él sino, más bien, a si los suyos sabían con quién estaban y porqué: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Me atrevería a decir que ni el mismo Jesús se esperaba la segura, rápida y enérgica respuesta de Pedro. Precisamente el que mostraba más inseguridades y le planteaba más idas y venidas entorno al seguimiento, fue el que lo reconoció como “El Mesías”.
Reconocer en Jesús al Mesías esperado durante siglos no es fruto de una imposición colectiva, no es algo fácil por los antecedentes y presentes que vivían los judíos en torno a la figura del esperado. Pedro profesa un acto de fe libre y personal. Dentro de la comunidad de los discípulos cada uno lleva su propio proceso, y él se declara abiertamente seguidor confeso del Mesías, Jesús de Nazaret.
Si el evangelio no supone una interpelación personal constante y actual, no podríamos llamarlo evangelio. Y tú ¿Quién dices que es Jesús? El credo que profesamos como comunidad cristiana no serían más que palabras elaboradas durante siglos por la Iglesia, y que repetimos en comunidad, pero en realidad algo poco encarnado, impersonalizado, volátil, débil… si no ha sido antes un acto de fe personal, un reconocer a Cristo como el esperado en tu vida, sabiendo que eso traerá consecuencias en la misma y la transformará.
“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.
También corremos el riesgo de repetir sin más unas palabras elaboradas y dulcificadas por la tradición, sin entender verdaderamente lo que significa seguir a Jesús encarnado.
Pedro reconoció a Jesús como Mesías porque estaba con Él y veía a diario sus obras, escuchaba sus palabras y seguramente quedaba admirado de la cantidad de gente que seguía a su Maestro. Pero, en ese momento, se quedó ahí sin ver más allá, sin prever que ese compromiso le llevaría a Jesús a padecer sufrimiento y dolor por su coherencia vital. Por eso Jesús le/les interpela, porque ve que no asumen lo amargo del camino y posiblemente se quedan en lo dulce; Jesús quería hacerles reflexionar si estarían dispuestos a padecer por su fe en el reino.
Hay gente que piensa que los creyentes vivimos más felices y serenos que el resto de los mortales; que el hecho de la esperanza de la fe evita sufrimiento e incertidumbres, sobre todo en lo que habrá más allá de la muerte. Y dentro de la comunidad también existen hermanos que creen sin ir más allá, quedándose en las formas y las liturgias pero sin encarnar su fe y asumir sus cruces.
Los cristianos hemos de tener en el horizonte la resurrección, pero eso no nos evita que el trabajo por el reino a veces sea difícil y entrañe dolor y desesperanza. Todo esto no es malo, es simplemente humano, pero si es cierto que la fe hace (o debería hacer) que las cruces se asuman de otra manera y que no tengamos la sensación de recorrer este camino en soledad.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Atender a la persona. "Effatá" (Mc 7, 31-37)

Jesús es un milagro; Jesús es El Milagro. Lo que la humanidad estaba esperando. No necesita de demasiadas presentaciones porque sus obras, signos y prodigios, le acompañan y hablan de Él.
A veces, desde la teología más dogmática, nos hemos empeñado en demostrar históricamente ciertos milagros que la tradición y la Escritura le han atribuido a Jesús, casi perdiendo de vista que el verdadero milagro es Él, su forma de hacer las cosas, el estilo de vida que propone, y no tanto lo sobrenatural.
“Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón…”. Lo que sí es evidente es que Jesús estaba en constante contacto con la gente, en permanente e intima común-unión con su pueblo, con el mundo. Que sabía de los sufrimientos, dificultades y necesidades de aquellos que le seguían.
“Apartándolo de la gente le metió los dedos en los oídos y…le tocó la lengua”. Le presentaron a un sordomudo para que le impusiera las manos, para que le tocara con sus manos. Seguramente era una persona que no tenía ni voz ni voto; una persona que no podía o no quería comunicarse con los demás. Jesús actúa de manera personal. Se lo lleva aparte de la gente porque requiere cuidados y atención individual, necesita un acompañamiento, un proceso muy personal. Para Jesús la gente no era ganado, cada persona tiene su dignidad y es única.
Es necesario que Jesús le toque. Cuando Jesús le toca brota el oído, el habla, el tacto, la vista, brota la vida… Cuando por esta vida uno va perdido, sin rumbo fijo; cuando no se tienen ganas de contacto con nadie, no hay ganas de comunicar nada, no se tiene interés (el sordomudo no busca directamente a Jesús porque seguramente no lo conoce, pero se lo presentan) pero se descubre la propuesta de Jesús y te toca de verdad, se pierde el miedo y se suelta la lengua, cambia tu vida.
En nuestra sociedad, la sociedad de la comunicación más avanzada, de lo inmediato; en una sociedad donde se supone que debemos ser expertos en comunicación personal, estamos sufriendo una especie de contradicción continua. Parece que cuantos más medios tenemos, realmente menos comunicados estamos. Estamos acostumbrados a ver cómo, en pequeñas reuniones de amigos o incluso en pareja, estando al lado de los otros ni siquiera nos miramos a la cara, no surge una conversación fluida porque lo que nos acompaña constantemente son nuestros dispositivos móviles y, teniendo a personas reales al lado, nos comunicamos con gente que está lejos o nos entretenemos con nuestras apps. Sabemos cosas, muchas cosas, de los demás pero muy superficiales; vemos miles de fotos de las vidas “felices” que se cuelgan en las redes sociales pero no sabemos de las vidas de las personas, de los problemas, anhelos, alegrías y dificultades reales de los que tenemos al lado.
Jesús nos enseña a que el trato personal y la dedicación a los otros es lo que nos humaniza. Nos enseña a tocar, acompañar, hacer ver que estamos cerca del que lo necesita.
“Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Irremediablemente, esta afirmación nos recuerda al relato de la creación del Génesis, en dónde después de crear se afirma que: “Vio Dios que todo era bueno…”. Jesús todo lo ha hecho bien porque es la presencia de Dios en la tierra, porque Dios todo lo hace bien para con sus hijos. A nosotros sólo nos queda fiarnos de Él y querer que siga haciendo cosas buenas en nosotros.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuestión de pureza (Mc, 7)

La cuestión de la limpieza, la pureza, la dignidad de unos hombres sobre otros… ¿quién es quién para juzgar tales cosas? Y sobre todo ¿con qué criterios o vara se puede medir eso?
Si bien es cierto que para convivir entre los hombres necesitamos normas, leyes e incluso ritos  y unos requisitos mínimos que cumplir, siempre inventados por hombres para los hombres, parece ser que no lo es así para Dios, o al menos no las normas que creemos que nos sirven entre nosotros. Jesús deja claro que un rito vacío se puede convertir en ofensa e incluso en injusticia, aunque creamos que va dirigido a Dios.
“¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?”. Algunos hombres se aferran a las tradiciones por miedo a los cambios, se aferran a lo que se ha hecho siempre pensando que todo lo demás no está bien, y que así lo quiere Dios; y en realidad es que sus miedos nos les dejan avanzar, sus miedos nos les dejan ver que con tradiciones trasnochadas pueden estar cometiendo injusticia o como mínimo actos estériles.
Hay una crítica que la gente que no se siente de la comunidad eclesial, aunque la mayoría estén bautizados, nos hacen a “los que vamos a misa” como dicen ellos, y que a mi cada vez me cansa más oírla aunque, como casi todo, puede que tenga algo de verdad (aunque no con el sentido con el que disparan dicha crítica). Esa crítica fácil, porque no se puede llamar de otra manera, se lanza con frases como esta: “Los que van a misa muchas veces son los peores” o “¿Es que por ir a misa se es más bueno?”, o ataques como “Los que os dais golpes de pecho sois luego los peores”. Evidentemente, cuando se entabla conversación con alguien que prejuzga de esa manera, si se puede hablar, hemos de hacer ver que no es así, pero hoy me gustaría, desde la corrección fraterna, analizar algo de estas críticas porque, como he dicho antes, se basan en algo. Creo que en el fondo de estas críticas pueden estar las palabras de Jesús de este evangelio: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.
“Dejáis de un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Lo peligroso de todo esto es que podemos estar confundiendo los deseos, anhelos, aspiraciones e incluso las ambiciones de los hombres con los que pensamos que tiene Dios. Y sí, no vamos a echar balones fuera, en la Iglesia católica esto nos ha pasado a lo largo de la historia y debemos aprender y estar muy atentos a nuestros errores y pecados que a lo largo de siglos hemos cometido con hombres y mujeres.
En la Iglesia creemos firmemente que estamos guiados por el Espíritu Santo y que Él se manifiesta, una de las maneras de manifestarse pero no la única, a través del magisterio y la tradición. Pero eso no ha de ser excusa para que, dentro de nuestra comunidad, no estemos en permanente revisión a la luz de dicho Espíritu y siempre en oración, intentando dilucidar lo que Cristo quiere de nosotros para el mundo.
“Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que le hace impuro”. He conocido en generaciones anteriores a la mía como han sido educados bajo la sombra permanente del pensar que casi todo era pecado. Evidentemente esto marca ya toda la vida de esa persona si no se tiene la oportunidad de descubrir que el evangelio es tan maravilloso que parte de la libertad de los hijos de Dios y del amor a los hermanos; y en otros, no pocos, esa educación ha provocado una contra-reacción que les ha llevado al otro extremo del que he hablado al principio.
Ver demonios donde no los hay, creer que todo lo que hay fuera y se sale de nuestros esquemas viene del maligno es un error, porque el maligno está allí donde se le deja estar y, a veces, está dentro de nosotros. Ser humilde para distinguir lo que es de Dios y lo que es de los hombres, nos ayudaría mucho en el interior de la comunidad y también hacia fuera, en la misión.

sábado, 25 de agosto de 2018

Seguir o no a Jesús (Jn 6, 60-69)

Las palabras de Jesús sobre “el Pan de Vida”, refiriéndose a sí mismo: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”, escandalizan de tal forma, no solo a la gente del pueblo y dirigentes sino también a alguno de sus discípulos, que dejan de seguirlo cargados de razón: “¿quién puede hacerle caso?”.
Jesús sabe que sus palabras no sólo interpelan sino que requieren un cambio en la persona que mucha gente no está dispuesta o no puede aceptar. Ese cambio supondría renovar su fe de tal manera que muchas de las cosas que hasta la fecha habían venido creyendo como la más pura ortodoxia, deberían ser abandonadas para acogerse a la Verdad que viene directamente del mismo Dios; algo que aquellos judíos no pueden tolerar, o al menos digerir, de la noche a la mañana. Pero Jesús no puede echarse atrás porque sabe que su tiempo es muy limitado y la grandeza de la Buena Noticia no puede frenarse. Si con esas palabras se escandalizan ¿qué no pensarán cuando les hable de su origen y su propia resurrección? Y estos sí son presupuestos indispensables para la fe en Jesús a los que cualquier discípulo que presuma llamarse así no puede renunciar.
“¿También vosotros queréis marcharos?”. Por supuesto, Jesús respeta la libertad personal y el proceso de cada individuo, asumiendo que no todos llevamos el mismo ritmo y no todos podemos creer en sus palabras. De hecho, Él mismo, se lo deja claro a los discípulos que le estaban escuchando: “Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.
En este pasaje,  el evangelista Juan utiliza un lenguaje muy rotundo, directo y escandalizador para muchos, propio de una comunidad judeo-cristiana que tiene claro que, para seguir adelante, ha de romper con la tradición más aferrada y hermética, con la ortodoxia de la comunidad Jerosolimitana que aún le cuesta aceptar a Jesús como mesías y sólo puede verlo como profeta. Pero esta fe en Jesús como profeta-maestro no es, ni mucho menos, suficiente para poder ser sus discípulos; alguien tiene que dejar claro que, para aceptar lo nuevo y purificador, se ha de abandonar lo viejo.
Este planteamiento no es nada antiguo, todo lo contrario, está más vigente que nunca hoy también en nuestra Iglesia. En varias ocasiones he leído de expertos vaticanistas que, en realidad, aunque ya se hayan cumplido más de cincuenta años de la celebración del Vaticano II, nos queda mucho por andar para alcanzar todas  sus propuestas. Parece mentira que en una sociedad tan frenética para muchas cosas y con la mente tan abierta para otras, aún nos de miedo romper con muchas ideas y costumbres que, además de quedarse viejas y sin sentido, hacen daño. Me duele leer críticas feroces al papa Francisco; se puede o no estar de acuerdo con algunos de sus pensamientos y opinar sobre ellos, faltaría más, pero eso no justifica las críticas despiadadas y fuera de toda corrección fraterna, típicas del enemigo más feroz que recuerdan más a Nerón que a hermanos en la fe.
No es de extrañar que, escandalizados entre el inmovilismo de unos y las críticas despiadadas de otros muchos, bastantes hermanos abandonen la comunidad; de eso, todos los que consideramos que aún estamos dentro, sabemos un poco viendo nuestras celebraciones cada vez más mermadas. Y por supuesto que son  decisiones personales y libres, pero nosotros muchas veces con nuestras actitudes no animamos a que se queden.
Es cierto que no todos pueden, como he dicho antes, y que quizás sea necesaria esta marcha de algunos para que la comunidad se purifique de las cosas viejas y comience una nueva etapa. Lo que también es cierto es que Jesús nos interpela constantemente también a nosotros preguntándonos si aún queremos seguir con Él: “¿queréis marcharos?” y nosotros intentando ser buenos discípulos respondemos cada día: “Señor ¿a quién vamos a acudir?”; ¿Con quién mejor que contigo? “Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

 

viernes, 17 de agosto de 2018

Pan, vino... Presencia (Jn 6, 51-58)

A los antiguos cristianos no se les entendió y se les persiguió, entre otras cosas, por una interpretación literal de sus palabras y textos; incluso se les acusó de antropófagos. Hoy día, no se nos entiende, incluso después de haber “explicado” nuestra fe en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, quizás por otra razón en el otro extremo, el racionalista, que no deja abstraer y trascender al corazón.
En fin…el hombre parece que lleva en lo más hondo de sus entrañas la incredulidad, y que ha de poner siempre impedimentos a Dios, ya sea por literalidades, legalismos convenientes o  por las barreras que nuestra mente racional nos pone,  evitando que nos abramos al Misterio más profundo del ser.
“El que come mi carne y bebe mi sangre…” (El que participa del misterio; el misterio cristológico, el secreto mesiánico que tanto le “gusta” al evangelista  Marcos) Ese, y sólo ese, alcanzará la vida eterna, encontrará el sentido de la vida, la Vida que no se queda en la materia, que no se acaba con el tiempo  sino que perdura eternamente.
Los católicos hemos sublimado este Misterio hasta sacramentarlo. La presencia real de Cristo en las especies del trigo, hecho pan, y de la vid, convertida en vino, son para nosotros Misterio pascual, son el mismo Cristo. Pero, a veces, me queda la duda de si en el fondo, somos conscientes, lo hemos llevado al corazón, lo hemos rezado y llevado al plano de la fe, si lo CREEMOS; porque si no es así (y bastan sobrados ejemplos de “cristianos” que no participan cada domingo de dicho misterio) estamos siendo otra cosa pero no cristianos católicos, no lo somos si practicamos un sincretismo religioso hecho a medida, nuestro particular sincretismo de Cristo.
Los primeros cristianos respetaron y defendieron la comunión, la presencia real de Cristo en el pan, con su propia vida. Recuerdo alguna de las historias que me contaron en las catacumbas de Roma (concretamente la catacumba de San Calixto) en la que, por no dejar profanar el pan  eucarístico murieron incluso niños. Si, quizás sea eso, que hay que hacerse como niños para poder llegar a creer el misterio que supera toda razón. Eso no significa profesar “la fe del carbonero” sino, simplemente, reconocer la limitación humana ante su  Señor y Creador que puede, y de hecho así es, ser parte, hacerse presente y permanecer en la materia más cotidiana.
“El pan vivo bajado del cielo” nos deja claro que el pan que Él nos ofrece es su carne entregada para este mundo, un pan que se reparte, un pan inagotable, hay para todos, y el que lo acepte vivirá para siempre. Porque sólo entendiendo que el pan no es de nadie, que es de todos y que todo el mundo tiene derecho al pan, porque el pan es la vida, el alimento, sólo así alcanzaremos una vida en la Verdad.
 Los cristianos tenemos una gran responsabilidad, parte de nuestra misión, si encarnamos estas palabras en nuestras propias vidas, haciendo de ellas panes que se reparten y se dan inagotablemente para saciar el hambre y las necesidades de nuestro mundo. Quizás sea eso lo que no llegamos a entender y por eso nos cuesta tanto, nos ha costado siempre tanto a los humanos, entender  lo que significa la presencia real de Jesús en este mundo.
“Pero ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”. El judío de tiempos de Jesús, sólo sabe leer literalmente, nadie le ha enseñado a interpretar. Estas palabras son un verdadero escándalo para los judíos de su tiempo, incluso para sus discípulos, para aquella mentalidad tan dura como la piedra de las tablas de la ley. Pero, una vez más, Jesús nos demuestra que sus palabras son más que palabras.
Es necesario que el humano se alimente del VERBO hecho carne, que alimente su vida de la Verdad.
“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado”. Una vez más, Jesús muestra la clave para una íntima relación con Él, y estando con Él estamos igualmente con el Padre porque es quién le ha enviado. El misterio trinitario, sin necesidad de dogmatismos complicados y enrevesados que muchas veces hacen flaco favor por estar más llenos de letra e intentos de razonamiento que de sencillez, sale de la boca de Jesús como lo más “lógico” y sencillo, simplemente porque sale de una boca que pertenece al Hombre que lo vive como una misión a la que ha sido llamado y enviado por el Padre.
Encarnemos en nuestras propias vidas, con la cotidianidad y particularidad de las mismas, el misterio de Dios que se hace pan para después entregarse enteramente a todos.

viernes, 27 de julio de 2018

Compartir es el milagro (Jn 6, 1-15)

Es imprescindible, para entender todo el contenido de este pasaje, que tengamos en cuenta el anterior (lo que el domingo pasado decíamos que era la introducción a este; Mc 6, 30-34).
Jesús, antes de realizar el “milagro” de la multiplicación del alimento, es seguido por mucha gente (dice el texto que sólo hombres eran unos cinco mil; evidentemente nadie los contaría con exactitud ya que estamos hablando de un número simbólico). Teniendo la atención de toda esa gente, Jesús no les da primero de comer sino  que les habla; les habla porque de lo primero que están sedientos y hambrientos es de buenas noticias, de acompañamiento y comprensión. Están perdidos y desorientados (decía el texto del domingo pasado “como ovejas sin pastor”).
Jesús sabe que con el simple hecho de dar de comer a la muchedumbre no hace nada más que calmar una necesidad fisiológica, que es necesaria también, pero que no solucionará la raíz de los problemas de la gente. Quizás mucha gente iba buscando en Jesús soluciones rápidas a su hambre más material, pero lo que todos se encuentran antes es un regalo de Dios, la clave para entender muchas cosas, la clave para hacer de este mundo algo más justo; para hacer de este mundo el comienzo del reino de Dios. Jesús no da de comer sin más. Jesús enseña que la clave está en ellos, en la forma de entender su mundo, su vida y la vida con los demás (con los hermanos).
Hay para todos si se sabe repartir, si dejamos los egoísmos personales, si cambiamos el chip y no pensamos tanto en comprar como en repartir. Como afirma Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in veritate”, debemos construir una economía de la caridad, una economía del amor.
En esta sociedad en la que nos medimos por lo que tenemos, por lo que somos capaces de comprar, no cabe la solidaridad del compartir lo que tenemos sino que practicamos solidaridad de lo que nos sobra. Esa es precisamente la mentalidad que Jesús quería cambiar, esa es la clave para que nadie pase hambre y para que comiencen a cambiarse las estructuras de una sociedad injusta.
Las primeras comunidades cristianas esto lo entendieron muy bien; seguramente algunos de los miembros de estas primeras comunidades estuvieron presentes en esta lección-fraternidad del compartir, en este milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. El problema es que a nosotros nos ha llegado esta tradición demasiado viciada, muy divina y poco encarnada. Nos hemos quedado con el “milagrito” y eso nos ha impedido entender lo que realmente pasó, y, por tanto, nos impide poder ponerlo en práctica. En este pasaje dieron de lo que tenían y después sobró. Hoy nosotros, damos de lo que nos sobra y, como eso es poco, entonces lógicamente falta.
Las primeras eucaristías eran momentos reales de compartir. Tanta importancia tenía la Palabra como la comunión, como el momento en el que todos daban algo de lo que tenían para vivir en ese momento ¿Y nuestras eucaristías qué son? ¿En qué se han convertido? ¿Hacia dónde vamos?
María supo entender esto con una naturalidad pasmosa, con la “facilidad” que una madre entiende que nada es suyo, que su vida es don en cuanto que alumbra, protege y crea otras vidas. Le pido con todas mis fuerzas y mi vacilante y precaria fe a la Madre, que me haga entender el sentido del compartir sin mirar a quién, ni cuándo, ni cuánto.

sábado, 21 de julio de 2018

Saber parar parar escuchar (Mc 6, 30-34)

El texto evangélico ante el que nos situamos hoy es el preámbulo de uno de los relatos más conocidos del evangelio de Marcos, y me atrevería a decir de toda la Sagrada Escritura, como es el llamado milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. Pero hoy no requiere nuestra atención este “milagro” en concreto sino más bien su introducción, cuatro versículos Mc 6, 30-34, que aparentemente son insignificantes, pero que  guardan  una información muy rica sobre Jesús y las prioridades que estableció.
“Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús”. Es una de las pocas veces, si no la única, en donde el evangelista Marcos utiliza la denominación de apóstoles, diferenciándolo de la de discípulos. Esta diferencia no es una casualidad. Es necesario que se sepa que este grupo de seguidores cercanos a Jesús habían sido antes enviados por Él para una misión muy concreta, la misión de proclamar que el reino ya estaba cerca, y para eso les dio poder para expulsar espíritus inmundos y sanar. Se nos dice que los apóstoles le contaron a Jesús lo que habían hecho y enseñado. Venían de enseñar; venían de ser la voz del Maestro, eran maestros de la Palabra.
“Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Esta frase de Jesús me resulta entrañable. Jesús se preocupa por los suyos. Reconoce lo duro de la misión y desea que descansen y reparen fuerzas. Creo que es una  frase del evangelio que puede pasar fácilmente desapercibida, sin embargo personalmente me resulta reveladora en relación a la humanidad de Jesús y el cariño con el que cuidaba a sus seguidores más cercanos, los apóstoles.
No es que Jesús quisiera huir de la gente que les seguía, pero sí que el mismo Jesús reconoce que la misión agota y que es necesario el pequeño encuentro en el que poder compartir lo vivido y reparar fuerzas, e incluso corregirles en la intimidad si en algo hubiesen errado.
“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos; porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. La misión es agotadora sí, pero antes que reparar fuerzas está el encargarse de los que demandan más atención. La pretensión de descanso se frustró cuando, al llegar al lugar donde presumiblemente iban a estar más tranquilos, se encontraron con más gente que demandaba atención. Pero Jesús aprovecha la ocasión para hacer ver a los apóstoles que la prioridad son los otros, no ellos, nunca la prioridad puede ser uno mismo sino los demás, los más pequeños, “las ovejas que no tienen pastor” y demandan un guía. El descanso lo dejan para otro momento y Jesús se pone a enseñarles con calma; dedicándoles la atención y cariño que se merecen también estas gentes que esperaban su palabra. Jesús se ocupaba de los hambrientos y enfermos del cuerpo, pero también enseñaba, porque la enseñanza de Jesús es enseñanza para la vida, es Vida; porque aprendiendo de Jesús es la única manera de cambiar nuestro mundo y retornar a la justicia y el amor.
A veces, en la Iglesia, tenemos demasiadas prisas. Esas prisas por cumplir expediente (decir, no celebrar la misa, dar una clase, cumplir con…) hace que no reparemos en que lo que tenemos delante de nosotros son personas. Es más fácil echar unos céntimos en el cestillo y quedarse con la conciencia tranquila, que pararse a mirar a los ojos a alguien que te pide algo cuando te estás tomando una caña con los amigos. Pero el descanso y el ocio, la caña, pueden esperar y quizás esa persona necesita algo más que unos céntimos.
Tengo la sensación de que no nos paramos delante de los problemas reales de la gente, no nos paramos a enseñar con calma. Cumplir el expediente está bien pero no es suficiente, es inútil cuando delante tenemos a alguien que no sabe de lo que hablas, porque lo que necesita es que le escuches con calma y le enseñes desde el amor y la verdad. Hay cristianos que buscan desesperadamente al Jesús de la Verdad, el camino de Jesús (Jesús Camino) y una vida en Jesús (Jesús Vida), y no palabras huecas, generales y sin delicadeza que, muchas veces, por no saber de los problemas reales de la gente se hiere con palabras aprendidas y no rezadas.
Hay chicos y chicas adolescentes que no quieren escuchar los rollos de siempre sino que necesitan que, antes de que nadie les de la “brasa”, se les escuche porque no entienden por lo que están pasando y necesitan un buen pastor que les oriente, rectamente, pero sin prejuicios.
Le pido a Dios que seamos verdaderos apóstoles que entendamos que la misión agotadora a la que nos envía Jesús el nazareno, no merece descanso si vemos a hermanos que no saben por dónde tirar, que no encuentran lugar donde poder reposar porque andan por la vida con miedo, como ovejas sin pastor.

sábado, 14 de julio de 2018

La misión (Mc 6, 7-13)

La misión del cristiano no es para solitarios, es misión compartida, porque donde dos o más nos reunimos en nombre de Dios allí está Él; porque no es una misión simplemente humana, sino divina, en la que colaboramos los humanos que hemos sido llamados y hemos apostado por ella. Precisamente por eso, por su origen divino, no necesita de superficialidades ni estorbos humanos superfluos sino sencillamente de la voluntad, el amor y la fe; y por parte de quien la recibe buena acogida y gratitud.
Así es como Dios sueña un mundo justo y equilibrado para nosotros sus hijos ¿De qué sirve mucha maleta para el camino, si cuando lleguemos al destino encontramos una buena acogida de los hermanos y tendremos lo necesario? Y si no lo encontramos, con irnos nos basta.
Quizás las muchas cosas externas estorben al mensaje principal, a las decisiones que debemos tomar, a los sentimientos… Esta misión está liderada por el amor, ese mismo amor es el que tiene autoridad sobre “espíritus inmundos”, es decir, sobre injusticias, estigmas y dolencias de alma y cuerpo. Sólo con amor y comprensión, los humanos podemos vencer los miedos que hacen que nos despreciemos, nos matemos por no profesar el mismo credo o las mismas ideas… Esa es la autoridad que Jesús da a sus discípulos, la autoridad del amor, porque lo que se hace con amor lo justifica todo.
En definitiva, lo que Jesús quiere trasladar a su pueblo, a través de sus discípulos, es que el estilo de vida que Él llevaba con sus apóstoles, lo pueden/podemos llevar todos. Que necesitamos un cambio en nuestras costumbres para que nuestro mundo sea más justo y equilibrado. Mientras unos viven en la sobreabundancia, otros no tienen ni qué comer ni con qué vestirse, y eso quien no lo quiera ver o escuchar es digno de que se sacudan hasta el polvo que se ha pegado en los pies del mensajero, discípulo,  al salir de su casa.
Jesús no propone una vida llena de excentricidades, no pretende que vivamos en la miseria. Como bien dice J. M del Castillo: “El Evangelio no presenta una forma externa y extravagante de vivir. Lo que el Evangelio ofrece es una forma de vivir, que no está ni determinada ni condicionada por el dinero y el bienestar, sino por el proyecto de aliviar el sufrimiento y por el respeto a la dignidad y los derechos de todos”.
Porque no está mal vivir con dignidad, pero si la dignidad pasa a la comodidad pasiva del que quiere hacerse sordo o ciego, es decir, un espíritu inmundo, es misión del discípulo de Cristo el sacarlo del corazón de esos hombres que están poseídos, para que puedan ver con claridad y descubrir un mundo nuevo.
 
 

sábado, 7 de julio de 2018

Descubrir a Dios en el prójimo (Mc 6, 1-6)

Prejuicios, hoy me lleva la Palabra a hablar de los prejuicios con los que nos condicionamos y condicionamos a nuestros semejantes y, más aún, en muchas ocasiones a los que más cerca tenemos.
 
“Fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos”. El modo de proceder de Jesús no fue distinto en su pueblo del que utilizaba en otros lugares, no fue distinto porque estuviera con los “suyos”, no tuvo un trato de favor en el hablar o el hacer. Sin embargo, con Él, los suyos si tuvieron reparos, diferencias, prejuicios…
 
“¿De dónde saca todo esto?”. Por un lado, nos mueve la curiosidad de saber qué tiene que ofrecernos alguien del pueblo que ha estado tiempo fuera, en la ciudad, con gentes de otros lugares… Y por otro, partimos ya con preconcepciones e ideas que condicionan nuestro juicio hacia los otros, en cuanto oímos cosas que nos descolocan o que no entran en nuestros esquemas mentales; cualquier novedad que pueda hacernos cambiar o que simplemente requiera asumir riesgos ante lo desconocido, nos hace reaccionar rechazando lo diferente con la excusa de que sabemos de dónde o de quién viene. Lo más fácil entonces es juzgar, descartar, desechar tanto a las propuestas como a las personas.
Nos cuesta descubrir a Dios de una forma tan cercana, en lo cotidiano y lo conocido. Parece como si no estuviéramos preparados para descubrir a Dios en los otros, y aún es  más difícil si ese otro es un vecino nuestro, un familiar, o alguien que vive en el mismo lugar que nosotros. Sin embargo, hemos de acostumbrarnos y aprender del Maestro, Él nos enseña que Dios está a nuestro lado, más cerca de lo que pensamos o creemos; que a Dios no podemos, no debemos, esperarle en un carro de fuego como pensaban sus vecinos que llegaría el profeta Elías. Dios se encarna en la cotidianidad, en la humanidad más cercana.
La Iglesia ha de seguir aprendiendo y transmitiendo a toda la humanidad que Dios no sólo está en los cielos, que esa afirmación de nuestro credo está antes precedida por la encarnación en la tierra. La Iglesia no podrá nunca ser reflejo de Cristo si no cree esto  profundamente y actúa en consecuencia; es decir, si los cristianos no tratamos al prójimo como si del mismo Dios se tratara, sabiendo y creyendo que cuando hacemos con los hermanos, actuamos con Cristo.
 
“No pudo hacer allí ningún milagro…, y se extrañó de su falta de fe”. Sí, quizás es cierto que para eso hay que tener fe; quizás para descubrir verdaderamente a Dios en los demás hay que tener mucha fe, pero esa es la única manera en la que Él puede actuar entre nosotros, a través de la fe.

sábado, 30 de junio de 2018

Tocar a Jesús (Mc 5, 21-43)

Llama la atención como, tanto el jefe de la sinagoga como la mujer enferma, “hemorroísa”, se acercan a Jesús ante la desesperación vital en la que se encuentran. Jairo porque su hija estaba en las últimas: “Mi hija está en las últimas”, y la mujer que sufría hemorragias porque: “Se había gastado toda su fortuna en médicos sin conseguir nada”. Desesperados sí, pero también con algo en común mayor aún que la desesperación, la fe. La fe en Jesús hasta el punto de creer que podía devolverles la vida, la salud que les faltaba. Y ciertamente la situación de ambos debía ser extrema cuando uno no tiene reparos ni temores en acercarse a Jesús siendo jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, y la otra afronta el que pudiera ser pillada y juzgada por saltarse la ley religiosa referente a la sangre y la mujer.
Jesús sabe quién le ha tocado, Jesús nota que alguien se acerca a Él de una manera distinta al mero acercamiento físico. Él nota que le “roban” fuerza, el Espíritu sale de Jesús para acompañar a la mujer, para sanar a través de la fe. Por supuesto que Jesús no quería dejar a la mujer en evidencia, ni mucho menos denunciar su osadía al acercarse, sabiendo que padecía hemorragias, y tocar el manto del maestro. Jesús quiere aprovechar ese acto de profunda valentía y fe, esa demostración de confianza en Dios de la mujer, para anunciar la Buena Nueva. La mujer no ha de sentirse avergonzada, no ha de robar fuerza a Dios sino acercarse a Él con confianza y libertad, sentir a Dios como un Padre bueno. Acercarse a Jesús no ha de ser motivo de vergüenza, confiar en Dios ha de ser motivo para sentirse orgulloso y pregonarlo: “Mujer tu fe te ha salvado”.
Seguramente tenemos a nuestro lado personas que necesitan de Dios, necesitan de nosotros, y ni siquiera nos damos cuenta. Sienten vergüenza de sus vidas, vergüenza de su situación, sienten que van a ser juzgados o peor aún, condenados, y prefieren llevar su pena, enfermedad o problemas en silencio porque piensan que nadie les puede ayudar. El cristiano está en este mundo, no para humillar sino para ayudar; no para juzgar sino para acompañar y proclamar que Dios, Jesús, nos quiere como somos. Donde la religión judía juzga y condena, Jesús, proclama Buena Nueva y ensalza al necesitado.
“Vete en paz y con salud”. Ambas cosas son necesarias; irse en paz, sabiéndose salvada, e irse tranquila porque se sabe curada. Es muy importante resaltar que Jesús no solo cura sino que también salva. Jesús actúa primero por dentro, dignifica, y después cura, sana, acompaña…
Jairo no era discípulo de Jesús, seguramente ni siquiera había visto muchas cosas de las que se decía que hacía Jesús, pero lo que sí es cierto es que confiaba, creía en Jesús. A veces no nos dejamos acompañar por Jesús, porque nos falta fe.
En la Iglesia falta, muchas veces, proclamar a viva voz que Dios no se avergüenza de ninguno de sus hijos, que Dios ama, y ama tan fuerte y con tanta intensidad que es un amor que escandaliza; porque ninguno de nosotros, que solemos juzgar al hermano, seremos nunca capaces de amar como nos ama Dios.

viernes, 22 de junio de 2018

Vivir desde la fe (Mc 4, 35-40)

En un afán literalista hay quién simplemente ve el “prodigio” o milagro de la tempestad calmada de Jesús en este pasaje como una acción extraordinaria. Quedarse sólo con lo sensacionalista o el lado más espectacular e incomprensible de Jesús no ayuda a personalizar y hacer nuestro, en su totalidad, este pasaje.
Lo importante no es si Jesús, como Dios, mandó callar al viento y las olas y estos le obedecieron. No vamos a ignorar que este tipo de cosas, el sentir que Jesús es Dios y que queda “demostrado” con estas proezas, nos gustan y animan pero ciertamente esa lectura sería simplista, reduciría a Jesús y nos alejaríamos del Cristo encarnado y más humano.
 
“Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua” ¿Quién no tiene que lidiar en su día a día con pequeñas tormentas e incluso huracanes de todo tipo? Los problemas y la forma de afrontarlos, es lo que nos recuerda que la vida, aunque un don maravilloso, no es fácil en ciertos momentos. Lo que nos diferencia a unos de otros, es el modo con el que afrontamos la vida, la actitud con la que vivimos y los pilares que hemos decidido tener. Si Jesús está en la construcción de  nuestra vida, también lo tiene que estar en el modo en el que resolvemos las dificultades. Su ejemplo y modo de actuar ha de servir de ejemplo y guía, y ha de alentarnos.
 
“Él estaba en popa, dormido sobre un almohadón” ¿Dónde está Dios? Esta pregunta surge cada vez que no lo sentimos en nuestro día a día, cuando nos sentimos abandonados, cuando sentimos que da lo mismo ser cristiano o no porque la vida nos trata a todos igual ¡Y claro que ha de ser así! Los cristianos no podemos pensar que por el hecho de serlo, tenemos la exclusiva de la ayuda exprés de Dios.
Ya por el hecho de haber descubierto a Jesús en nuestra vida somos privilegiados, pero eso no significa que tengamos la exclusiva de la salvación.
Como ocurre en el final de este pasaje, quizás nos gustaría preguntarnos más bien: “¿Quién es este?” Al observar que Dios nos resuelve las cosas pero, sin embargo, a veces, sentimos que Dios “duerme”, que no se hace cargo de nuestros problemas, que estamos a la deriva.
 
Él les dijo: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”.  El miedo es completamente humano, pero si al miedo le unimos la falta de fe la ecuación es miedo y soledad. El miedo hace que en la vida tomemos decisiones equivocadas o que sencillamente no las tomemos. El miedo es uno de los grandes fantasmas de nuestra vida ¿Cómo puede ser que algo que ni se ve ni se toca nos pueda hacer temblar y pueda llegar a condicionarnos tanto? Eso es precisamente lo que reprocha Jesús a sus discípulos, que en la balanza de la vida, a veces, gane el miedo a la fe. Fe y miedo, ambos invisibles pero reales.
Jesús nos anima a que, despojándonos de nuestros miedos, vivamos desde la fe.
 

viernes, 15 de junio de 2018

Como un grano de mostaza (Mc 4, 26-34)

Jesús se dirige a la muchedumbre. Una vez más resurge el buen maestro que lleva dentro; para explicar algo importante se sirve de la comparación, de ejemplos y referencias cotidianas, del día a día.
“El reino de Dios es como una semilla que germina o como un grano de mostaza”. Jesús explica el reino de Dios con dos parábolas. La una apoya a la otra; si alguien no ha cogido el sentido de la primera se puede acoger a la segunda, pero lo que Jesús no quiere es que nadie se vaya de allí sin haber entendido algo tan importante como el sentido del reino. Y por si aún queda alguna duda se dice al final de este texto evangélico que: “A sus discípulos se lo explicaba todo en privado”. Jesús se prepara, más bien prepara a los suyos, para que cuando ya no esté Él, sus discípulos puedan enseñar y explicar con fe, razón y sabiduría.
“¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?...Con un grano de mostaza”. A los cristianos de hoy quizás nos resulte un poco más difícil entender del todo el alcance o sentido de esta comparación; no era así para los vecinos de Jesús. Pero si has tenido la suerte de observar un árbol de mostaza y después has tenido en tus manos, como tengo yo ahora mientras escribo esta meditación, un grano de mostaza delante de ti, puedes llegar a entender que…
La semilla del reino de Dios, el mismo reino en potencia, ya lo tienes contigo desde el momento de tu concepción. El hecho de ser creatura de Dios hace que portes en ti esencia, hálito, semilla de tu Creador. No lo sabes, más bien no te das cuenta, pero está ahí y sigue su ciclo vital en ti. Si bien es cierto que las semillas del reino en cada uno llevan ritmos distintos, también lo es que Dios no abandona nunca a sus hijos, a ninguno de ellos, ni siquiera a los que abandonan el campo (su propia existencia) y la semilla que llevan en ellos.
Hay muchas formas de hacer germinar esa semilla; los sacramentos son el itinerario que marcan momentos e invitan y conducen a la santidad de vida. La integración real y comprometida en una comunidad cristiana, ayuda al cuidado serio y adulto de la fe que facilita la floración del reino. Pero no son las únicas formas en las que el reino puede aflorar en nuestro mundo. La práctica de la caridad con propios y ajenos, la lucha por la justicia y la verdad en nuestro día a día son, ya,  formas del cuidado de esa tierra en la que ha de hacerse real el reino.
Porque ¿Qué sería un reino de Dios de cultos, sacrificios y liturgias, pero vacío de amor a los hermanos? ¿Qué tipo de reino de Dios es aquel en el que se riega la tierra con sangre de hermanos mutilados por  no llamar a Dios de la misma manera con la que lo hacen los que, creyéndose dueños de la tierra, mutilan a otros hermanos?
Jesús tuvo claro que para que el reino se empezara a hacer real, antes había que preparar la tierra. A los cristianos nos toca preparar la tierra con caridad y justicia, y entonces se hará real y aflorará el reino de Dios que todos llevamos dentro, como un grano de mostaza.

sábado, 9 de junio de 2018

Mi madre y mis hermanos (Mc 3, 20-35)

La Palabra de hoy está llena de sorprendentes enseñanzas, buenas nuevas, nuevas buenas noticias…
Por un lado Jesús nos muestra ciertas relaciones ásperas con su familia, con los que estaban más cerca de Él a nivel consanguíneo, parece ser que su propia familia lo tenía por trastornado, poco cabal o fuera de sí… ya que estaba en boca de los que se dedicaban a ordenar la religión del momento (fariseos y escribas). Jesús nos muestra aquí que, en ocasiones, son más fuertes y unen más los lazos de la amistad que los de la misma sangre; que los lazos familiares no los eliges y debes asumirlos, pero que la amistad o la unión por la fe y valores son elegidos y unen de manera mucho más potente. La familia no lo critica, solo quieren alejarlo de los líos y por eso van en su busca, están preocupados por lo que pueda pasarle, está en boca de la gente y eso no es bueno para una familia de ámbito rural que es conocida por todos.
“El que blasfeme contra el Espíritu Santo…”. Por otro lado Jesús deja claro que Dios perdona y siempre está para lo que se le necesita pero que la blasfemia y el ataque contra el Espíritu, es decir contra Él mismo, no ha de tolerarse. Al mismo Espíritu de Dios lo acusan de estar poseído por otro espíritu maligno, esa acusación es rechazada por el mismo Jesús con una parábola/explicación muy sencilla que todos pudieron entender ¿Cómo es posible que el maligno haga cosas tan buenas? ¿No estaría echando piedras contra su propio tejado? Jesús habla por sus obras y rechaza aquellos que quieren confundir a los humildes.
“Estos son mi madre y mis hermanos”. Dios en Jesús establece unos nuevos lazos de consanguinidad; ahora seremos hermanos porque nos hemos elegido y no nos une la sangre sino algo más grande, la fe en Dios.
A Jesús no le duelen las acusaciones contra Él sino el que quieran apartarle de los que le han elegido, los pobres y necesitados de Dios, que se acercan porque han descubierto a Dios en medio de una sociedad de rechazo.
Hemos de cuidarnos cristianos, hemos de volver a repensar y creer en lo que nuestro bautismo nos ha otorgado, en lo que el Espíritu nos transmitió en la pila bautismal; no es otra cosa que el creer y practicar de verdad que todos somos hermanos y que nuestro Padre es Dios, así de claro y sencillo; y cuanto más claro y sencillo el mensaje, más difícil es la práctica en nuestras vidas llenas de intereses y elitismos sociales y religiosos.
El Espíritu nos sigue invitando hoy a considerar a todos nuestros hermanos. “La vida no se juega en la opinión de los otros, ni en la actitud que mantienen hacia nosotros, sino en la certeza de lo que somos”.

sábado, 2 de junio de 2018

Misterio de Amor (Mc 14, 12-16)

Es necesario que el hombre se posicione ante misterios como el de la Eucaristía para que nos demos cuenta de nuestra pequeñez. De nuestra pequeñez, pero también de nuestro atrevimiento y osadía al querer comprender del todo lo que Cristo-Dios desvela en este Misterio. Lo que sí parece estar claro es que, dentro del misterio de la Pascua-eucaristía, encontramos otro gran misterio humano muy pocas veces llevado a su culmen, el gran misterio del amor hasta la entrega de la propia vida. La entrega más extrema que un ser humano puede hacer.
Jesús utilizó en su cena de pascua el pan y el vino para tratar de explicarnos una parte de dicho misterio. Era lo más lógico y didáctico; Jesús como buen maestro-pedagogo partió de lo que ya sabían y conocían sus discípulos para introducir un cambio, una enseñanza nueva. Una enseñanza que cambiaría el mundo y la forma de entender a Dios y la religión (cualquier religión que sea digna de llamarse así, y que busque realmente al Creador y no esté manipulada por intereses humanos).
Pero tan cierto como que Jesús intentó ser lo más claro, didáctico y sencillo posible en aquella cena, lo es también (y Dios sabe cuánto me cuesta decir y reconocer esto) que hoy no hemos sabido, aún, llevar a término ese mandato de recordarlo en ese gesto de partir y REPARTIR el pan. Nuestras eucaristías distan mucho de la cena amistosa, cercana y en la que se todos se sentían familia, que celebraron Jesús y sus discípulos. Si bien es cierto que en ningún evangelio, excepto en Lucas y porque recibe la tradición de su maestro S. Pablo, hay referencia al recuerdo en memoria de Jesús con el gesto de la cena; ágapes o cenas que ya en tiempos de San Pablo creaban discordia y separación entre los hermanos por la manera de celebrarlas (1 Cor 11, 20-24).
Sabemos que hay muchas cosas que tienen que cambiar dentro de la Iglesia, es normal y necesario dentro de un grupo humano tan grande y con una tradición de tantos siglos. El cambio es necesario para ser auténticos. Y uno de esos cambios, todos sabemos que lo está necesitando, ha de ser para nuestra forma de celebrar la eucaristía, nuestra liturgia, pero aún sabiéndolo no damos muchos pasos para ello. Pensamos que cambiando algunos cantos, traduciendo a lenguas vernáculas y reduciendo algunas oraciones y prefacios, lo tenemos todo hecho. Decimos que la eucaristía está abierta a todo el mundo pero eso es sencillamente mentira, o al menos si en teoría es verdad, en la práctica los que estamos cerrados somos nosotros. Si realmente pensamos que la eucaristía es lo que nos define, en dónde somos enviados a la misión y en donde nos entendemos como cristianos y compartimos como una verdadera comunidad… Si realmente la eucaristía ha de ser eso, nuestras eucaristías dominicales han de cambiar ya. No podemos sobrevivir con unos pocos fieles, que sí, son fieles de verdad pero que poco pueden cambiar si no les dejan o sencillamente no saben cómo hacerlo.
Queridos hermanos (obispos de la Iglesia universal-católica). Nuestra eucaristía no solo no dice mucho a la gente que está lejos de nosotros sino que tampoco les dice a muchos hermanos que, habiendo recibido el bautismo, se sienten fuera de lugar. No podemos estar diciendo que es la casa de todos, un lugar y una cena para todos (también para los “Iscariotes”) y estar negando la comunión, negar a Cristo, a diestro y siniestro. No podemos estar atemorizando a los que, aún sintiéndose muy pecadores, sienten que tienen que ponerse en la fila de la comunión, y por unas palabras genéricas del sacerdote quedarse sentados sin la posibilidad de unirse físicamente a  Cristo.
Es cierto que necesitamos sínodos sobre la familia y otras cuestiones que han de quedar claras, pero ¿No pensáis  que urge también una revisión seria y madura de lo es, y así poder reflejarlo con autenticidad, el misterio identitario y la razón de ser  del cristiano? ¿No nos convendría un “sínodo” (cambio en la Iglesia) del misterio del Amor hasta el extremo?

 

 

sábado, 26 de mayo de 2018

Con nosotros hasta el fin del mundo (Mt 28, 16-20)

“Los once discípulos se fueron a Galilea…”. Después de la Pasión, la Pascua y Pentecostés, los discípulos vuelven  a sus orígenes, vuelven a Galilea, donde todo empezó.
Volver a las raíces es, muchas veces, la única manera de hacer las cosas bien, la única manera de garantizar la fidelidad al reino. No se trata de un acomodarse en la seguridad del pasado sino de un beber de las fuentes.
Hoy, en la Iglesia, atendemos a una desbandada de hermanos que, por diferentes razones, se alejan de la comunidad. Sean cuales sean los motivos (algo que nos atañe a todos) lo que es común es el rechazo a la que es su comunidad, la no identificación con lo que es o cómo se vive dentro de ella. Es preocupante ver como en la generalidad de nuestras iglesias, es la gente mayor la que acude domingo tras domingo. Es curioso ver cómo en la liturgia de la eucaristía, celebración clave y principal de nuestra fe, las respuestas son tímidas y mecánicas. Es triste oír sermones que, más que buenas noticias (εὐαγγέλιον), son regañinas y llamadas de atención a los muchos pecados de los fieles; pero también es triste ver la falta de implicación y compromiso de los que nos llamamos bautizados (queden incluidos también los que no acuden a la comunidad y se han alejado).
Ya no es tiempo de lamentos veterotestamentarios, ya no es tiempo de tristezas y golpes de pecho que se quedan en el gesto pero que no solucionan nada. Es tiempo de volver a la raíz, es tiempo de encontrarse de nuevo con Jesús en Galilea, tu Galilea; tú con Jesús, el momento en el que le descubriste, el momento en el que te enamoraste de Él, de su Buena Noticia. El gran problema es si eso nunca ha ocurrido, si no hemos descubierto personalmente a Jesús, a Dios en nuestra vida sino que nos lo han dado, nos lo han enseñado sin más y sólo lo conocemos de oídas.
Es cierto que no hay fórmulas mágicas para solucionar este panorama pero quizás una de las claves sea esa: “Volver a Galilea”; encontrarnos allí con Jesús. Él también nos llama, como a los discípulos, para que volvamos a sentirle en la raíz, en la pureza y la inocencia del inicio de una relación.
“Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”. La Iglesia dice de sí misma en el Concilio Vaticano II que es: “Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu” (LG 17). Estas tres imágenes responden a nuestro origen trinitario. Dios elige al pueblo, el pueblo son sus hijos queridos. No debemos caer en el exclusivismo porque eso no hace nada más que apartar, crear “apartheids religiosas” y olvidarnos de nuestro origen divino, de nuestro ser de hijos de Dios.
Precisamente en el ejemplo de Dios Hijo, Dios encarnado, hemos de poner nuestra atención para poder ser su cuerpo en esta tierra. Teniendo a Cristo como cabeza perfecta de este cuerpo imperfecto, guiado y animado por su Espíritu que sólo puede estar en y con nosotros si nos abrimos a Él y no permanecemos cerrados. Sólo podemos ser imagen del Dios Trinitario si aceptamos en nuestra vida un Pentecostés transformador.
“Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Bautizar y aceptar el bautismo trinitario, supone aceptar la presencia de Dios en la historia de la humanidad, aceptar una Historia de salvación. Ser bautizado es una gran responsabilidad; hoy echamos en falta más que nunca ese compromiso que requiere el ser cristiano. Ser bautizados hoy y aceptarlo de verdad y con todas sus consecuencias no es fácil pero sólo el que se sabe lleno del Espíritu goza de sus dones y siente que la vida no es vida sin Él; que si nos falta Él somos como fantasmas perdidos en medio de la historia humana, números efímeros en la fría y, a veces, cruel historia humana.
El cristiano que toma en serio su bautismo es el que ha asumido estas palabras: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

sábado, 19 de mayo de 2018

El tiempo del Espíritu (Jn 20, 19-23)

Nos toca vivir la era del Espíritu, Trinidad en la persona del Espíritu Santo. Cuando nos ponemos a teologizar e intentar explicar, la mayoría de las veces sin éxito, sobre la tercera persona de la Trinidad tenemos que remitirnos al pasado y a las experiencias vividas por nuestros antepasados, reflejadas en la Escritura. Ahí encontramos multitud de expresiones que definen al Espíritu Santo (Cf CIC 692-693) así como multitud de símbolos por los que se ha mostrado a lo largo de la Historia de la Salvación: Agua, fuego, unción, nube y luz, paloma… Todo esto es muy bueno, me atrevería a decir que incluso conveniente, que los cristianos lo conozcamos. En el evangelio de Juan se nos dice que Jesús exhaló su aliento sobe los discípulos y entregó con ello el Espíritu Santo, pero en realidad ¿Qué es el Espíritu Santo y dónde y cómo se manifiesta?
Cuanto más leo la Escritura, e incluso el Catecismo de la Iglesia y otros documentos del magisterio que intentan aclarar y explicar el tema, más desconcierto encuentro ante la multitud de teorías y manifestaciones (Teofanías) del Espíritu. Lo que sí tengo claro es que, tanto en la Antigua Alianza como ya en la Nueva, el Espíritu de Dios no necesariamente se ha revelado, ni se ha hecho presente, en lugares ni a personas altamente cualificadas teológicamente hablando, ni a doctos ni entendidos, ni teóricos, ni papas… sino a pobres y rechazados profetas (hombres de oración y llenos de temor de Dios), pescadores y publicanos… Por eso hoy, en mi día a día, creo que muchas veces Dios no está donde me empeño en buscarlo, Dios no me va a hablar dónde yo quiero que lo haga, El Espíritu de Dios, Espíritu Santo, no se me revelará si no lo busco con corazón sincero y alejando de dicha búsqueda mis banalidades y erudiciones. 
Mediante la unción del rey David el Espíritu de Dios permanece junto al pueblo pero ese pueblo, con el tiempo, se convierte en uno más cuando olvida la promesa y se aleja de Dios.  Es entonces cuando nace la promesa del Reino que traerá el Espíritu mismo encarnándose en una pobre de Nazaret, María, porque los herederos de dicho Reino son precisamente los pobres en el Espíritu (Lc 1, 32-33). Hoy la Iglesia invoca al Espíritu Santo en los sacramentos, muy especialmente en la Epíclesis de la eucaristía, pero cuando miro a mi alrededor, en dicho momento, no veo a cristianos que creen y desean la presencia de Dios en dicha invocación. Me atrevería a decir que es porque, en muchos casos, no saben qué se está haciendo en ese momento, ni a quién se está invocando, lo mismo cuando el sacerdote impone la manos sobre nosotros… Que me perdonen mis lectores si da la sensación de que subestimo su conocimiento de la liturgia y la Historia de la Salvación, no es mi intención.
Creo que la Iglesia tiene la responsabilidad de seguir acercando a Dios mediante una liturgia más clara, celebrativa y participativa. Quizás así, entendiendo lo que hacemos no estemos como meros espectadores ante el gran Misterio, y sí que vivamos con intensidad la presencia real del Espíritu Santo entre nosotros. Igualmente  creo que sólo saliendo de nosotros mismos, incluso de los límites de la iglesia, podemos encontrar ese aire fresco, a veces muy intenso y desconcertante, que es presencia del Espíritu de Dios.
Le pido al Espíritu Santo que nos siga bendiciendo con sus dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Piedad, Temor de Dios y Ciencia, para que podamos descubrirle y obrar según nos vaya inspirando.