viernes, 9 de noviembre de 2018

Predicar y dar ejemplo (Mc 12, 38-44)


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“¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse y que les hagan reverencias…; Y devoran los bienes de las viudas”. La Palabra siempre tan oportuna, siempre tan…viva. Este domingo Jesús nos avisa del cuidado que hay que tener con los letrados (la gente de altas posiciones y cargos importantes); “No es oro todo lo que reluce”, la corrupción está donde menos se espera. Roban a las viudas y los pobres con pretexto de largas oraciones y “pasaportes” directos hacia el cielo. Se lucran a costa de la buena voluntad y la confianza de la gente humilde.

Jesús no critica en esta ocasión la actitud corrupta de alguno/s dirigentes religiosos sino más bien la corrupción institucional de una autoridad, una clase social (la vinculada con el cuidado y representación del Templo), que se ha convertido en objeto de reverencia y sumisión, más por miedo a lo que representan que por convicción, de aquellos que se saben fieles.
Es fácil creerse, a fuerza de repetirlo, que todo lo que se dice y hace es así porque Dios lo quiere y desea. Esto ha pasado mucho en la historia de la humanidad, incluso hemos justificado (seguimos haciéndolo) muertes humanas en nombre de Dios absolutamente convencidos de ello. Jesús veía cómo la clase sacerdotal asumía y se otorgaba unas funciones que se extralimitaban de lo humano pero que, a la misma vez, se apoyaban en la misma humanidad para provecho propio; conocía cómo a costa de los pocos dineros de pobres y viudas se llenaban las arcas y las mesas del templo para comilonas y demás fastos. Esta corrupción del poder estaba tan asumida por el pueblo que era difícil de limpiar.
Solo hay una manera que genera aún más autoridad que la que ejercían los letrados, la autoridad de la extrema coherencia de aquellas personas que han sabido dar de lo que tienen sin tener demasiado, compartir aquello que no les sobra y representar a Dios mediante un carisma llamado “amor sin condiciones”. Esa era la autoridad que brotaba de las palabras y hechos de Jesús, y por eso mismo se ganó la muerte de manos de aquellos que no podían hacer otra cosa que buscar la manera de exterminarlo, porque cuando ya no hay más argumentos ni más medios para justificar el abuso, aparece la violencia más atroz.
“Se acercó una viuda pobre y echó dos reales”. No hemos cambiado tanto desde que Jesús les “pone las pilas” a los letrados y sacerdotes de su tiempo. El dinero que echó la viuda en el cestillo del templo con toda humildad y sacrificio, ya que a ella no le sobraba nada, se quedó para las abundantes comidas de los jefes de las sinagogas.
Y para nosotros queda el intentar dar razón de estas cosas, educar a los que ven y oyen esto y les hace retroceder, cuando no apartarse del todo de la comunidad. Como bien dice en otra ocasión Jesús: “Aquel que escandalizara a uno de estos pequeños, más le valdría colgase una rueda de molino al cuello y echarse al mar” (Mt 18,6).


sábado, 3 de noviembre de 2018

Lo primero de lo primero (Mc 12, 28-34)

Quiero romper una lanza a favor de los escribas, fariseos, saduceos y toda la clase contraria a Jesús de Nazaret. Gracias a ellos Jesús nos dio, nos sigue dando, lecciones de vida que jamás se han vuelto a dar ni vivir con tal intensidad. Gracias a las constantes provocaciones de esta clase social (la del Templo) tenemos encarnada y vivida hasta el extremo la Ley de la Vida, el Amor  (Disculpad esta ironía).
¿Qué mandamiento es el primero de todos? Una vez más Jesús, sin rechazar la ley, reinterpreta, renueva y supera toda ley humana.
Amar al Señor es relativamente “fácil”; amar-adorar a Dios sólo requiere de prácticas (la mayoría externas) que no implican demasiado a la persona sino más bien al culto vacío y superficial. En tiempos de Jesús cumplir la ley del Templo era primordial para demostrar el amor a Dios.
Jesús sabe que lo verdaderamente puro es lo que sale de dentro del hombre, del corazón. Y no hay nada que pueda salir y que podamos ofrecer con garantías de autenticidad, si antes no ha sido asumido y querido por nosotros mismos.
Amar a Dios… ¿Qué es amar a Dios? ¿Quién es y en qué está Dios? ¿Qué implica amar a Dios? Jesús está harto de ver cómo los que más amaban a Dios a los ojos del pueblo, los que más “cumplían” la ley eran los que menos vivían el primer mandamiento. Porque uno no puede amar a Dios si no ama a la persona, si no reconoce en la persona la mano creadora de Dios; porque si no se reconoce en uno mismo y en el otro la obra más perfecta de Dios, no se ama a Dios.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es difícil amar a los demás si uno no se ama a sí mismo. No, no estoy hablando de practicar el hedonismo que pone a la persona como centro de todo. No me refiero a un mero antropocentrismo vacío sino a algo mucho más profundo que casi está llegando a ser una pandemia moderna; el rechazo y la no aceptación de uno mismo, el no gustarnos a nosotros mismos, no estar convencidos de quién somos o cómo somos. No descubrirnos como don de Dios al servicio de los demás es el principio de la ruptura del primer mandamiento.
El amor de Dios ha de nacer desde lo más íntimo de cada ser creado por Él. Amándonos, cuidándonos, aceptándonos, descubriéndonos como hijos suyos… podremos amarle a Él y, por consiguiente, podremos irradiar y ofrecer amor hacia los demás. Porque nadie puede dar lo que aún no tiene.
 

sábado, 27 de octubre de 2018

Cegueras voluntarias (Mc 10, 46-52)

“Al salir Jesús de Jericó…”. Jesús ya está cerca de la ciudad de Jerusalén; le sigue mucha gente. En Jericó Jesús va “despidiéndose” de muchos pueblos y gentes porque sabe que no volverá después de pisar Jerusalén, el mensaje de su enseñanza es claro y sus signos firmes y determinantes.
“El ciego Bartimeo… al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar”. En el relato se nos dan datos precisos de este ciego, Bartimeo hijo de Timeo; esto quiere decir que tanto el padre como el hijo eran conocidos y, seguramente, pertenecían a la primera comunidad cristiana (por tanto el seguimiento de Bartimeo, que vemos al final del relato, fue consecuente hasta el final).
Está claro que este ciego demostró valentía y una fe clara en Jesús. Un enfermo en tiempos de Jesús sufría aislamiento, discriminación y cargaba con el pesado lastre de ser acusado de pecador, porque la enfermedad se consideraba un castigo de Dios. Si a esto le unimos que Bartimeo sufría ceguera, su dependencia de los demás era aún mayor.
“Hijo de David, ten compasión de mi”. Este grito no fue un grito cualquiera, era una llamada desesperada pero esperanzada hacia alguien a quién ya reconocía como Mesías. Es toda una profesión de fe gritada a los cuatro vientos. Seguramente la inmensa mayoría de la gente que seguía a Jesús por el camino tenía sus dudas y reparos respecto a Él, aunque lo estuvieran viendo con sus propios ojos. Sin embargo, es un ciego e impedido el que da el gran y valiente paso de reconocer en Jesús al esperado. Jesús no pasa de largo, oye entre la multitud las voces que le llaman con fe. Jesús se compadece y no deja escapar ese ejemplo de fe pública.
Hemos visto como en domingos anteriores la Palabra, el evangelista Marcos, nos presentaba a personajes y situaciones (el joven rico o los discípulos Santiago y Juan y su atrevida petición); ejemplos claros de rechazo de las propuestas de Jesús y de búsqueda interesada. Sin embargo, Bartimeo representa todo lo contrario; un reconocer en Jesús alguien más allá de lo simplemente visible y la búsqueda de su compasión y aceptación, para posteriormente seguirle con alegría y fidelidad.
“Muchos le regañaron para que callara…”; “Ánimo levántate que te llama”. ¡Qué difíciles y contradictorios somos los humanos muchas veces! ¿Verdad? Por un lado le mandan callar y le regañan por el escándalo y lo que proclamaban sus palabras pero, de inmediato, cambian de posición y le animan a que se levante y se acerque a Jesús porque este lo llama.
A veces somos oportunistas, tenemos poca personalidad y no sabemos discernir por nosotros mismos lo importante de las situaciones, o simplemente no nos atrevemos por “el qué dirán”. Somos cambiantes y eso hace que, por un lado cometamos injusticias y, por otro, no estemos en el momento preciso en que nos necesitan. Hemos de aprender a ser valientes y posicionarnos ante la verdad, a defender y valorar lo que creemos que está bien o no, delante de amigos, familia, detractores…
“¿Qué quieres que haga por ti? Maestro que pueda ver; Anda tu fe te ha curado… y lo siguió por el camino”. A veces no se trata de ceguera física; como bien dice el refrán: “No hay mayor ciego que el que no quiere ver”, y es que nos empeñamos en no ver lo que muchas veces tenemos delante de los ojos. Rechazamos a Dios, no lo llamamos ni le buscamos aún sabiendo que pasa a nuestro lado.
El ciego quiere ver lo que ya cree, lo que ha creído porque otros se lo han contado. Ahora quiere ver porque además quiere seguirle físicamente, ser uno de los suyos. Jesús acepta este seguimiento, valora su autenticidad y fidelidad; y Bartimeo, que al recobrar la vista no ha quedado decepcionado al ver a Jesús, le sigue con gozo proclamando con sus hechos y con su seguir a Jesús lo que antes, estando impedido, había gritado al borde del camino.

viernes, 19 de octubre de 2018

"Vosotros nada de eso" (Mc 10, 35-45)

La actualidad del evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestras actitudes más cotidianas, a veces erróneas pero, al fin y al cabo, humanas.
“Se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo”. Santiago y Juan aprovechan su posición dentro del grupo de los doce. Su padre “el Zebedeo” gozaba de la amistad de Jesús y ellos pensaban que esa amistad les ayudaría, les daría ventaja.
El tema de las influencias, los “enchufes”… Estamos acostumbrados a ver cómo el tema de los favoritismos ha hecho que algunas personas ocupen puestos importantes, consigan trabajos… mientras otras, que quizás tengan más méritos y cualidades, se ven apartados por no tener a nadie que abogue por ellos.
Jesús es justo, está solícito cuando se le pide ayuda: “¿Qué queréis que haga por vosotros?”, pero eso es una cosa, y otra bien distinta es que construya para unos, acosta de ser injusto con otros; “No sabéis lo que pedís”.
“¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. Jesús les pide que pisen tierra firme, que no estén tan pendientes de un puesto predominante en el cielo cuando hay mucho que hacer aún en la tierra. Les hace ver que el proyecto del reino de Dios comienza aquí, y eso es lo que labrará un futuro delante de la presencia de Dios. Jesús está dando ejemplo, enseñado aquí, por tanto la decisión de lo que pasará en el cielo no le toca a Él.
“Los otros diez al oír aquello, se indignaron…”. La manera en la que se acercan a Jesús los dos hermanos, solos y con secretismo para que nadie supiera lo que tramaban o pedían, enfada a los otros.
Es molesto saber que en nuestros trabajos, grupos de amigos, en nuestra vida… hay gente que quiere conseguir todo por la vía rápida, con el menor esfuerzo posible y a espaldas de los demás.
“Vosotros nada de eso”. Pero Jesús nos invita a tener otra actitud. A ir siempre con la verdad por delante, a dar la cara, a esforzarnos por nuestro trabajo aquí, y a la vez a confiar en Dios. Cuando nos damos sin condiciones, sin medida, a los demás; cuando trabajamos con dignidad, justicia y responsabilidad, estamos trabajando por el reino que comienza aquí. Urge en la iglesia una nueva forma de entender la autoridad, no como poder ilimitado sino más bien como servicio. Ser el último, no anteponernos a los demás y estar al servicio de todos es el camino.
Los discípulos, después de la lección de Jesús, entendieron lo que debían hacer y cómo lo debían hacer. La iglesia (jerarquía, religiosos y laicos) debe estar en continua revisión en relación al ejercicio de la autoridad que tiene.

viernes, 12 de octubre de 2018

La dificultad de decidir (Mc 10, 17-30)

 
El ser humano, en los más hondo de su ser, sabe ciertamente lo que está bien y lo que no; lo que puede hacer para cambiar las cosas y lo que propicia que todo siga igual.
Jesús era claro, directo y miraba a los ojos (a las circunstancias de cada persona), algo que le capacitaba para aconsejar y acompañar a cada uno en su individualidad. Por eso, al igual que el personaje del relato, muchos se acercaban a Jesús pidiéndole consejos.
“Maestro bueno ¿Qué haré para heredar la vida eterna?”. El hombre siempre aspira a más, es inconformista por naturaleza. No nos basta con los bienes materiales, más bien tenemos la experiencia de que no nos llenan, no son suficientes para alcanzar la ansiada y completa felicidad.
Este hombre, como muchos de nosotros, sentimos que en nuestro día a día algo nos falta; en el fondo sabemos lo que es, o hacia dónde dirigirnos para acercarnos a ello pero tenemos miedo de perder (sobre todo cosas materiales) y por eso vivimos en una continua insatisfacción, en un círculo vicioso que nos lleva a lamentarnos de nuestra situación pero a la vez estamos instalados en el inmovilismo.
Por esta razón, también necesitamos el consejo de otros, que nuestra situación se vea desde otra perspectiva, quizás para que otra voz (que no sea sólo la de nuestra conciencia) nos diga lo que deberíamos hacer. Por eso, también el rico del relato se acerca a Jesús.
“Todo eso lo he cumplido desde pequeño…”. En un principio nos contentamos con cumplir lo que los preceptos humanos consideran un mínimo pero una vez que cumplimos esto, sin demasiado esfuerzo, sale la verdad, la búsqueda incansable de la misma (como le ha pasado a muchos santos en la historia como San Agustín) y no nos vemos ni conformes ni satisfechos.
“Una cosa te falta…ven y sígueme”. Sólo una cosa nos puede llenar. Jesús nos propone un cambio de vida desde el interior. Normalmente hacemos las cosas al revés, cambiamos nuestras circunstancias externas esperando que nos cambien por dentro pero Jesús sabe bien de la inquietud y necesidad humana y nos propone algo que, en un principio, conlleva sacrificios y renuncias; pero todo será ganancia si nos despegamos de lo que nos encadena a las cosas más superfluas de este mundo. Y así estamos, en esta lucha continua y en este difícil equilibrio pero que es la clave de la felicidad. La llave que nos lleva al encuentro cara a cara con Jesús en el camino de la vida.
En nuestro mundo gozar a la vez de igualdad y libertad es imposible, porque la lucha por la igualdad nos lleva a controlar a los otros (dictaduras en muchos casos) y la lucha por la libertad, al dominio de los que más pueden o tienen sobre los más vulnerables. Pero hay una forma de conjugar ambas y sabemos cuál es, el evangelio de Jesús. Este evangelio, como bien dice J. M Castillo, no ha de reducirse a una religión sino que ha de ser un proyecto de vida válido para todos.  Así lo propuso y lo vivió Él.
Él propone, nosotros decidimos si lo acompañamos o, de momento, nos quedamos cabizbajos en el camino.

viernes, 5 de octubre de 2018

Una sola carne (Mc 10, 2-16)

Lo que se plantea en este texto realmente no es el tema del matrimonio y el divorcio como tal sino más bien la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer en la sociedad-religión judía. 
“¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. No hemos de perder de vista quién es quienes le plantean el tema a Jesús y con qué intenciones. Son los fariseos, los mimos que muchas otras veces habían acudido a Él con intenciones de pillarle en renuncios en relación a la Ley y las normas, en torno a la pureza y el templo…
Los judíos fariseos consideraban los derechos de los hombres casi ilimitados, como defendían algunas escuelas rabínicas, y ellos querían saber si Jesús estaba de acuerdo con ello (Este texto no puede entenderse del todo si no se lee Dt 24, 1-4). La defensa de la dignidad de la mujer que abanderaba Jesús era por todos conocida, y esa actitud chirriaba en los sectores judíos más radicales. No obstante, para ser sinceros, tenemos que decir que entre la comunidad teológica no hay consenso en si este texto es realmente de época de Jesús (es decir si se le puede atribuir a Él) o pertenece a una comunidad primitiva pero postpascual; sea como fuere, es ya un intento de revalorizar la dignidad del matrimonio y, sobre todo, de la mujer en el cristianismo más naciente.
“Serán los dos una sola carne”. Jesús, como muchas otras veces, ve en los fariseos intenciones  y poco inocentes, y les deja claro que el hombre y la mujer han de tener los mismos derechos. Al unirse en matrimonio el hombre y la mujer ya no son dos sino una sola carne, y por lo tanto gozan de los mismos derechos y las mismas obligaciones.
El tema del divorcio en la sociedad judía no se entendía como lo entendemos en la actualidad en nuestra sociedad occidental. Evidentemente la situación de la mujer a todos los niveles tampoco era la misma, por tanto las obligaciones y derechos de que podía disfrutar tampoco lo eran.
Dios nos ha hecho distintos, no solo al hombre y la mujer sino a todos los seres humanos; y que como bien dice J. M. Castillo, entre el hombre y la mujer: “La diferencia es un hecho, pero la igualdad es un derecho”.

sábado, 29 de septiembre de 2018

El Espíritu universal (Mc 9, 38-48)

La Palabra está siempre de asombrosa actualidad, pero este pasaje quizás con más claridad que otros. Nuestro mundo se encuentra en una situación que necesita apertura, solidaridad y respeto a la diversidad. Hoy más que nunca es necesaria la actitud de valorar más lo que une que lo que separa, de no reducirse a “nuestros grupos” o sólo a nuestra gente. Nuestra solidaridad ha de estar más allá de las razas, los pueblos y los credos. Parece como si el mismo Jesús nos estuviera invitando estos días a leer constantemente esta Palabra: “El que no está contra nosotros, está a favor nuestro”.
A veces los cristianos hemos estado, estamos, tentados de condenar todo aquello que no es de nuestra línea, no damos cabida a la diversidad aunque de ella se desprendan buenas obras y bien al prójimo. A Jesús no le interesa que el grupo de sus seguidores tenga más o menos número sino que todos (tanto los que le siguen como los que no) entiendan que es posible un mundo mejor; que hay una buena noticia que puede y debe llegar a todos, y los medios y las personas para alcanzarlo pueden ser muchos.
“No se lo impidáis…”. Por eso reprende la actitud de sus discípulos cuando le comentan que han prohibido a alguien, que no era del grupo, hacer el bien; porque la buena noticia ha de estar por encima de un grupo u otro, porque el que actúa haciendo el bien tiene todo su respeto.
Nadie debe creer que tiene la exclusiva de la solidaridad y la ayuda al prójimo. No nos tiene que molestar que otros ayuden, aunque no sea a nuestro estilo. Los cristianos tampoco tenemos la exclusiva de la salvación. Si por afán de dominar exclusivamente el cómo se ha de hacer las cosas, escandalizamos, asustamos e incluso amenazamos a gente humilde, haciéndoles creer que si no son de los nuestros no encontrarán nunca a Dios plenamente, más vale que cortemos nuestra lengua (nuestros miembros) antes de seguir hablando y actuando de esa manera. Jesús es claro a este respecto, la misericordia el bien y la solidaridad están por encima de las confesiones o pertenencias a grupos cerrados, que por sentirse exclusivos pueden convertirse en sectarios.
El Espíritu de Dios no puede enjaularse en ninguna estructura humana por mucho que nos empeñemos, porque el Espíritu es eterno, está mucho antes que nada y permanecerá, sobrevivirá a todo hombre y mujer, estructura, pensamiento-ideología… y cuando todo eso haya pasado, el Espíritu de Dios seguirá iluminando las buenas obras de otros hombres y mujeres que no habrán conocido nuestras estructuras.
Los cristianos hoy tenemos una llamada a la apertura solidaria, al respeto de otras culturas, razas y credos predicando con nuestros actos, con nuestra mirada; llevando a Jesucristo en nuestras manos y buen hacer,  y no sólo en nuestras doctrinas dogmáticas.

viernes, 21 de septiembre de 2018

El ranking del amor (Mc 9, 30-37)

Meditando este pasaje del evangelio de Marcos uno vuelve a la realidad del verdadero seguidor de Cristo. No hay vuelta de hoja, ni trampas, ni interpretaciones más allá de la literalidad; no hay escapatoria a la comodidad, ni tampoco acomodaciones al tiempo. El mensaje es muy claro y para la Iglesia está cargado de un tono que la interpela y le urge a un cambio radical.
“El Hijo del Hombre va a ser entregado…”. Jesús le va enseñando a sus discípulos, y en esa enseñanza hay un punto dramático de realismo, algo que será más o menos inminente en su persona, su propio padecimiento su propia muerte por los suyos pero también un mensaje nuevo, algo que no esperan y parece que no entienden, la resurrección final.
Hay miedo a preguntar porque quizás puede que intuyan la respuesta y no quieran ver la realidad; prefieren quedarse con lo bueno de todo lo vivido y la popularidad que en esos momentos tenía Jesús y de la que ellos también gozaban. Por eso están más preocupados en discutir quién heredará un puesto importante en el grupo o quién estará por debajo y a las órdenes de los otros. Seguramente Jesús les iba oyendo, y cuanto más se empeñaban en discutir sobre la importancia de unos sobre otros, Jesús más se esforzaba por explicarles que esa no es la autoridad que el busca, ni la posición, y que la vida que le esperaba a Él y a todo el que lo siguiera sería más bien un camino difícil.
“¿De qué discutíais por el camino?”. Los discípulos no quieren decirle a Jesús de lo que discutían por el camino porque, en el fondo, sabían que eso no estaba bien, que Jesús no lo iba a aplaudir y les reprendería.
Es curioso ver cómo, sobre todo en algunos momentos de la historia de la Iglesia, algunos-muchos cristianos hemos hecho oídos sordos, no hemos sabido leer, no hemos visto al Jesús que brilla en este y otros muchos relatos. Es absolutamente escandaloso el estilo de vida, las preocupaciones y actitudes que ha tenido la iglesia para con el mundo y en el interior de ella misma. Es tan clara la Palabra en relatos como este que es imposible que se nos haya pasado desapercibida.
“Quien quiera ser el primero…”. Afortunadamente llevamos unos años que, gracias a muchos cristianos que se dejan empapar por el “Jesús de las sandalias” (como me gusta llamarle a mí), y sin que sus criterios sean más poderosos que la autoridad de la misma Palabra, han sabido transmitir con sus obras que estábamos en el camino equivocado y que incluso éramos, somos a veces, un anti testimonio para el mundo.
“El que acoge a un niño como este en mi nombre…”. El mensaje está claro. La verdadera novedad de Jesús es que sólo quién entiende que Dios está con todos, sobre todo con los más débiles, se puede acercar a Dios con plenitud.
El mundo necesita caridad-amor, vivimos en un mundo que demanda la presencia de Jesucristo constantemente y, si en verdad la iglesia es el Cuerpo de Cristo, debemos estar en dónde sabemos que estaría Él.

viernes, 14 de septiembre de 2018

¿Quién es para ti? (Mc 8, 27-35)

Jesús nunca vivió del qué dirán; no porque no le importara la opinión que de sí tuvieran los demás sino porque la convicción de su misión superaba cualquier juicio de valor humano. Sin embargo pregunta: ¿Quién dice la gente que soy? Seguramente Jesús imaginaba la respuesta; respuesta confusa, contradictoria e incluso descabellada; había para todas las opiniones. No existía una opinión unánime sobre su persona; las respuestas “bailaban” desde los grandes profetas pertenecientes a la Antigua Alianza, Jeremías, hasta lo más novedoso de la época, Juan Bautista, en ese largo intervalo de siglos de historia cabían muchas personalidades y acontecimientos.
La pregunta inicial no iba encaminada a buscar la respuesta sobre lo que la gente pensaba de Él sino, más bien, a si los suyos sabían con quién estaban y porqué: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Me atrevería a decir que ni el mismo Jesús se esperaba la segura, rápida y enérgica respuesta de Pedro. Precisamente el que mostraba más inseguridades y le planteaba más idas y venidas entorno al seguimiento, fue el que lo reconoció como “El Mesías”.
Reconocer en Jesús al Mesías esperado durante siglos no es fruto de una imposición colectiva, no es algo fácil por los antecedentes y presentes que vivían los judíos en torno a la figura del esperado. Pedro profesa un acto de fe libre y personal. Dentro de la comunidad de los discípulos cada uno lleva su propio proceso, y él se declara abiertamente seguidor confeso del Mesías, Jesús de Nazaret.
Si el evangelio no supone una interpelación personal constante y actual, no podríamos llamarlo evangelio. Y tú ¿Quién dices que es Jesús? El credo que profesamos como comunidad cristiana no serían más que palabras elaboradas durante siglos por la Iglesia, y que repetimos en comunidad, pero en realidad algo poco encarnado, impersonalizado, volátil, débil… si no ha sido antes un acto de fe personal, un reconocer a Cristo como el esperado en tu vida, sabiendo que eso traerá consecuencias en la misma y la transformará.
“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.
También corremos el riesgo de repetir sin más unas palabras elaboradas y dulcificadas por la tradición, sin entender verdaderamente lo que significa seguir a Jesús encarnado.
Pedro reconoció a Jesús como Mesías porque estaba con Él y veía a diario sus obras, escuchaba sus palabras y seguramente quedaba admirado de la cantidad de gente que seguía a su Maestro. Pero, en ese momento, se quedó ahí sin ver más allá, sin prever que ese compromiso le llevaría a Jesús a padecer sufrimiento y dolor por su coherencia vital. Por eso Jesús le/les interpela, porque ve que no asumen lo amargo del camino y posiblemente se quedan en lo dulce; Jesús quería hacerles reflexionar si estarían dispuestos a padecer por su fe en el reino.
Hay gente que piensa que los creyentes vivimos más felices y serenos que el resto de los mortales; que el hecho de la esperanza de la fe evita sufrimiento e incertidumbres, sobre todo en lo que habrá más allá de la muerte. Y dentro de la comunidad también existen hermanos que creen sin ir más allá, quedándose en las formas y las liturgias pero sin encarnar su fe y asumir sus cruces.
Los cristianos hemos de tener en el horizonte la resurrección, pero eso no nos evita que el trabajo por el reino a veces sea difícil y entrañe dolor y desesperanza. Todo esto no es malo, es simplemente humano, pero si es cierto que la fe hace (o debería hacer) que las cruces se asuman de otra manera y que no tengamos la sensación de recorrer este camino en soledad.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Atender a la persona. "Effatá" (Mc 7, 31-37)

Jesús es un milagro; Jesús es El Milagro. Lo que la humanidad estaba esperando. No necesita de demasiadas presentaciones porque sus obras, signos y prodigios, le acompañan y hablan de Él.
A veces, desde la teología más dogmática, nos hemos empeñado en demostrar históricamente ciertos milagros que la tradición y la Escritura le han atribuido a Jesús, casi perdiendo de vista que el verdadero milagro es Él, su forma de hacer las cosas, el estilo de vida que propone, y no tanto lo sobrenatural.
“Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón…”. Lo que sí es evidente es que Jesús estaba en constante contacto con la gente, en permanente e intima común-unión con su pueblo, con el mundo. Que sabía de los sufrimientos, dificultades y necesidades de aquellos que le seguían.
“Apartándolo de la gente le metió los dedos en los oídos y…le tocó la lengua”. Le presentaron a un sordomudo para que le impusiera las manos, para que le tocara con sus manos. Seguramente era una persona que no tenía ni voz ni voto; una persona que no podía o no quería comunicarse con los demás. Jesús actúa de manera personal. Se lo lleva aparte de la gente porque requiere cuidados y atención individual, necesita un acompañamiento, un proceso muy personal. Para Jesús la gente no era ganado, cada persona tiene su dignidad y es única.
Es necesario que Jesús le toque. Cuando Jesús le toca brota el oído, el habla, el tacto, la vista, brota la vida… Cuando por esta vida uno va perdido, sin rumbo fijo; cuando no se tienen ganas de contacto con nadie, no hay ganas de comunicar nada, no se tiene interés (el sordomudo no busca directamente a Jesús porque seguramente no lo conoce, pero se lo presentan) pero se descubre la propuesta de Jesús y te toca de verdad, se pierde el miedo y se suelta la lengua, cambia tu vida.
En nuestra sociedad, la sociedad de la comunicación más avanzada, de lo inmediato; en una sociedad donde se supone que debemos ser expertos en comunicación personal, estamos sufriendo una especie de contradicción continua. Parece que cuantos más medios tenemos, realmente menos comunicados estamos. Estamos acostumbrados a ver cómo, en pequeñas reuniones de amigos o incluso en pareja, estando al lado de los otros ni siquiera nos miramos a la cara, no surge una conversación fluida porque lo que nos acompaña constantemente son nuestros dispositivos móviles y, teniendo a personas reales al lado, nos comunicamos con gente que está lejos o nos entretenemos con nuestras apps. Sabemos cosas, muchas cosas, de los demás pero muy superficiales; vemos miles de fotos de las vidas “felices” que se cuelgan en las redes sociales pero no sabemos de las vidas de las personas, de los problemas, anhelos, alegrías y dificultades reales de los que tenemos al lado.
Jesús nos enseña a que el trato personal y la dedicación a los otros es lo que nos humaniza. Nos enseña a tocar, acompañar, hacer ver que estamos cerca del que lo necesita.
“Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Irremediablemente, esta afirmación nos recuerda al relato de la creación del Génesis, en dónde después de crear se afirma que: “Vio Dios que todo era bueno…”. Jesús todo lo ha hecho bien porque es la presencia de Dios en la tierra, porque Dios todo lo hace bien para con sus hijos. A nosotros sólo nos queda fiarnos de Él y querer que siga haciendo cosas buenas en nosotros.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuestión de pureza (Mc, 7)

La cuestión de la limpieza, la pureza, la dignidad de unos hombres sobre otros… ¿quién es quién para juzgar tales cosas? Y sobre todo ¿con qué criterios o vara se puede medir eso?
Si bien es cierto que para convivir entre los hombres necesitamos normas, leyes e incluso ritos  y unos requisitos mínimos que cumplir, siempre inventados por hombres para los hombres, parece ser que no lo es así para Dios, o al menos no las normas que creemos que nos sirven entre nosotros. Jesús deja claro que un rito vacío se puede convertir en ofensa e incluso en injusticia, aunque creamos que va dirigido a Dios.
“¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?”. Algunos hombres se aferran a las tradiciones por miedo a los cambios, se aferran a lo que se ha hecho siempre pensando que todo lo demás no está bien, y que así lo quiere Dios; y en realidad es que sus miedos nos les dejan avanzar, sus miedos nos les dejan ver que con tradiciones trasnochadas pueden estar cometiendo injusticia o como mínimo actos estériles.
Hay una crítica que la gente que no se siente de la comunidad eclesial, aunque la mayoría estén bautizados, nos hacen a “los que vamos a misa” como dicen ellos, y que a mi cada vez me cansa más oírla aunque, como casi todo, puede que tenga algo de verdad (aunque no con el sentido con el que disparan dicha crítica). Esa crítica fácil, porque no se puede llamar de otra manera, se lanza con frases como esta: “Los que van a misa muchas veces son los peores” o “¿Es que por ir a misa se es más bueno?”, o ataques como “Los que os dais golpes de pecho sois luego los peores”. Evidentemente, cuando se entabla conversación con alguien que prejuzga de esa manera, si se puede hablar, hemos de hacer ver que no es así, pero hoy me gustaría, desde la corrección fraterna, analizar algo de estas críticas porque, como he dicho antes, se basan en algo. Creo que en el fondo de estas críticas pueden estar las palabras de Jesús de este evangelio: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.
“Dejáis de un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Lo peligroso de todo esto es que podemos estar confundiendo los deseos, anhelos, aspiraciones e incluso las ambiciones de los hombres con los que pensamos que tiene Dios. Y sí, no vamos a echar balones fuera, en la Iglesia católica esto nos ha pasado a lo largo de la historia y debemos aprender y estar muy atentos a nuestros errores y pecados que a lo largo de siglos hemos cometido con hombres y mujeres.
En la Iglesia creemos firmemente que estamos guiados por el Espíritu Santo y que Él se manifiesta, una de las maneras de manifestarse pero no la única, a través del magisterio y la tradición. Pero eso no ha de ser excusa para que, dentro de nuestra comunidad, no estemos en permanente revisión a la luz de dicho Espíritu y siempre en oración, intentando dilucidar lo que Cristo quiere de nosotros para el mundo.
“Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que le hace impuro”. He conocido en generaciones anteriores a la mía como han sido educados bajo la sombra permanente del pensar que casi todo era pecado. Evidentemente esto marca ya toda la vida de esa persona si no se tiene la oportunidad de descubrir que el evangelio es tan maravilloso que parte de la libertad de los hijos de Dios y del amor a los hermanos; y en otros, no pocos, esa educación ha provocado una contra-reacción que les ha llevado al otro extremo del que he hablado al principio.
Ver demonios donde no los hay, creer que todo lo que hay fuera y se sale de nuestros esquemas viene del maligno es un error, porque el maligno está allí donde se le deja estar y, a veces, está dentro de nosotros. Ser humilde para distinguir lo que es de Dios y lo que es de los hombres, nos ayudaría mucho en el interior de la comunidad y también hacia fuera, en la misión.

sábado, 25 de agosto de 2018

Seguir o no a Jesús (Jn 6, 60-69)

Las palabras de Jesús sobre “el Pan de Vida”, refiriéndose a sí mismo: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”, escandalizan de tal forma, no solo a la gente del pueblo y dirigentes sino también a alguno de sus discípulos, que dejan de seguirlo cargados de razón: “¿quién puede hacerle caso?”.
Jesús sabe que sus palabras no sólo interpelan sino que requieren un cambio en la persona que mucha gente no está dispuesta o no puede aceptar. Ese cambio supondría renovar su fe de tal manera que muchas de las cosas que hasta la fecha habían venido creyendo como la más pura ortodoxia, deberían ser abandonadas para acogerse a la Verdad que viene directamente del mismo Dios; algo que aquellos judíos no pueden tolerar, o al menos digerir, de la noche a la mañana. Pero Jesús no puede echarse atrás porque sabe que su tiempo es muy limitado y la grandeza de la Buena Noticia no puede frenarse. Si con esas palabras se escandalizan ¿qué no pensarán cuando les hable de su origen y su propia resurrección? Y estos sí son presupuestos indispensables para la fe en Jesús a los que cualquier discípulo que presuma llamarse así no puede renunciar.
“¿También vosotros queréis marcharos?”. Por supuesto, Jesús respeta la libertad personal y el proceso de cada individuo, asumiendo que no todos llevamos el mismo ritmo y no todos podemos creer en sus palabras. De hecho, Él mismo, se lo deja claro a los discípulos que le estaban escuchando: “Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.
En este pasaje,  el evangelista Juan utiliza un lenguaje muy rotundo, directo y escandalizador para muchos, propio de una comunidad judeo-cristiana que tiene claro que, para seguir adelante, ha de romper con la tradición más aferrada y hermética, con la ortodoxia de la comunidad Jerosolimitana que aún le cuesta aceptar a Jesús como mesías y sólo puede verlo como profeta. Pero esta fe en Jesús como profeta-maestro no es, ni mucho menos, suficiente para poder ser sus discípulos; alguien tiene que dejar claro que, para aceptar lo nuevo y purificador, se ha de abandonar lo viejo.
Este planteamiento no es nada antiguo, todo lo contrario, está más vigente que nunca hoy también en nuestra Iglesia. En varias ocasiones he leído de expertos vaticanistas que, en realidad, aunque ya se hayan cumplido más de cincuenta años de la celebración del Vaticano II, nos queda mucho por andar para alcanzar todas  sus propuestas. Parece mentira que en una sociedad tan frenética para muchas cosas y con la mente tan abierta para otras, aún nos de miedo romper con muchas ideas y costumbres que, además de quedarse viejas y sin sentido, hacen daño. Me duele leer críticas feroces al papa Francisco; se puede o no estar de acuerdo con algunos de sus pensamientos y opinar sobre ellos, faltaría más, pero eso no justifica las críticas despiadadas y fuera de toda corrección fraterna, típicas del enemigo más feroz que recuerdan más a Nerón que a hermanos en la fe.
No es de extrañar que, escandalizados entre el inmovilismo de unos y las críticas despiadadas de otros muchos, bastantes hermanos abandonen la comunidad; de eso, todos los que consideramos que aún estamos dentro, sabemos un poco viendo nuestras celebraciones cada vez más mermadas. Y por supuesto que son  decisiones personales y libres, pero nosotros muchas veces con nuestras actitudes no animamos a que se queden.
Es cierto que no todos pueden, como he dicho antes, y que quizás sea necesaria esta marcha de algunos para que la comunidad se purifique de las cosas viejas y comience una nueva etapa. Lo que también es cierto es que Jesús nos interpela constantemente también a nosotros preguntándonos si aún queremos seguir con Él: “¿queréis marcharos?” y nosotros intentando ser buenos discípulos respondemos cada día: “Señor ¿a quién vamos a acudir?”; ¿Con quién mejor que contigo? “Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

 

viernes, 17 de agosto de 2018

Pan, vino... Presencia (Jn 6, 51-58)

A los antiguos cristianos no se les entendió y se les persiguió, entre otras cosas, por una interpretación literal de sus palabras y textos; incluso se les acusó de antropófagos. Hoy día, no se nos entiende, incluso después de haber “explicado” nuestra fe en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, quizás por otra razón en el otro extremo, el racionalista, que no deja abstraer y trascender al corazón.
En fin…el hombre parece que lleva en lo más hondo de sus entrañas la incredulidad, y que ha de poner siempre impedimentos a Dios, ya sea por literalidades, legalismos convenientes o  por las barreras que nuestra mente racional nos pone,  evitando que nos abramos al Misterio más profundo del ser.
“El que come mi carne y bebe mi sangre…” (El que participa del misterio; el misterio cristológico, el secreto mesiánico que tanto le “gusta” al evangelista  Marcos) Ese, y sólo ese, alcanzará la vida eterna, encontrará el sentido de la vida, la Vida que no se queda en la materia, que no se acaba con el tiempo  sino que perdura eternamente.
Los católicos hemos sublimado este Misterio hasta sacramentarlo. La presencia real de Cristo en las especies del trigo, hecho pan, y de la vid, convertida en vino, son para nosotros Misterio pascual, son el mismo Cristo. Pero, a veces, me queda la duda de si en el fondo, somos conscientes, lo hemos llevado al corazón, lo hemos rezado y llevado al plano de la fe, si lo CREEMOS; porque si no es así (y bastan sobrados ejemplos de “cristianos” que no participan cada domingo de dicho misterio) estamos siendo otra cosa pero no cristianos católicos, no lo somos si practicamos un sincretismo religioso hecho a medida, nuestro particular sincretismo de Cristo.
Los primeros cristianos respetaron y defendieron la comunión, la presencia real de Cristo en el pan, con su propia vida. Recuerdo alguna de las historias que me contaron en las catacumbas de Roma (concretamente la catacumba de San Calixto) en la que, por no dejar profanar el pan  eucarístico murieron incluso niños. Si, quizás sea eso, que hay que hacerse como niños para poder llegar a creer el misterio que supera toda razón. Eso no significa profesar “la fe del carbonero” sino, simplemente, reconocer la limitación humana ante su  Señor y Creador que puede, y de hecho así es, ser parte, hacerse presente y permanecer en la materia más cotidiana.
“El pan vivo bajado del cielo” nos deja claro que el pan que Él nos ofrece es su carne entregada para este mundo, un pan que se reparte, un pan inagotable, hay para todos, y el que lo acepte vivirá para siempre. Porque sólo entendiendo que el pan no es de nadie, que es de todos y que todo el mundo tiene derecho al pan, porque el pan es la vida, el alimento, sólo así alcanzaremos una vida en la Verdad.
 Los cristianos tenemos una gran responsabilidad, parte de nuestra misión, si encarnamos estas palabras en nuestras propias vidas, haciendo de ellas panes que se reparten y se dan inagotablemente para saciar el hambre y las necesidades de nuestro mundo. Quizás sea eso lo que no llegamos a entender y por eso nos cuesta tanto, nos ha costado siempre tanto a los humanos, entender  lo que significa la presencia real de Jesús en este mundo.
“Pero ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”. El judío de tiempos de Jesús, sólo sabe leer literalmente, nadie le ha enseñado a interpretar. Estas palabras son un verdadero escándalo para los judíos de su tiempo, incluso para sus discípulos, para aquella mentalidad tan dura como la piedra de las tablas de la ley. Pero, una vez más, Jesús nos demuestra que sus palabras son más que palabras.
Es necesario que el humano se alimente del VERBO hecho carne, que alimente su vida de la Verdad.
“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado”. Una vez más, Jesús muestra la clave para una íntima relación con Él, y estando con Él estamos igualmente con el Padre porque es quién le ha enviado. El misterio trinitario, sin necesidad de dogmatismos complicados y enrevesados que muchas veces hacen flaco favor por estar más llenos de letra e intentos de razonamiento que de sencillez, sale de la boca de Jesús como lo más “lógico” y sencillo, simplemente porque sale de una boca que pertenece al Hombre que lo vive como una misión a la que ha sido llamado y enviado por el Padre.
Encarnemos en nuestras propias vidas, con la cotidianidad y particularidad de las mismas, el misterio de Dios que se hace pan para después entregarse enteramente a todos.

viernes, 27 de julio de 2018

Compartir es el milagro (Jn 6, 1-15)

Es imprescindible, para entender todo el contenido de este pasaje, que tengamos en cuenta el anterior (lo que el domingo pasado decíamos que era la introducción a este; Mc 6, 30-34).
Jesús, antes de realizar el “milagro” de la multiplicación del alimento, es seguido por mucha gente (dice el texto que sólo hombres eran unos cinco mil; evidentemente nadie los contaría con exactitud ya que estamos hablando de un número simbólico). Teniendo la atención de toda esa gente, Jesús no les da primero de comer sino  que les habla; les habla porque de lo primero que están sedientos y hambrientos es de buenas noticias, de acompañamiento y comprensión. Están perdidos y desorientados (decía el texto del domingo pasado “como ovejas sin pastor”).
Jesús sabe que con el simple hecho de dar de comer a la muchedumbre no hace nada más que calmar una necesidad fisiológica, que es necesaria también, pero que no solucionará la raíz de los problemas de la gente. Quizás mucha gente iba buscando en Jesús soluciones rápidas a su hambre más material, pero lo que todos se encuentran antes es un regalo de Dios, la clave para entender muchas cosas, la clave para hacer de este mundo algo más justo; para hacer de este mundo el comienzo del reino de Dios. Jesús no da de comer sin más. Jesús enseña que la clave está en ellos, en la forma de entender su mundo, su vida y la vida con los demás (con los hermanos).
Hay para todos si se sabe repartir, si dejamos los egoísmos personales, si cambiamos el chip y no pensamos tanto en comprar como en repartir. Como afirma Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in veritate”, debemos construir una economía de la caridad, una economía del amor.
En esta sociedad en la que nos medimos por lo que tenemos, por lo que somos capaces de comprar, no cabe la solidaridad del compartir lo que tenemos sino que practicamos solidaridad de lo que nos sobra. Esa es precisamente la mentalidad que Jesús quería cambiar, esa es la clave para que nadie pase hambre y para que comiencen a cambiarse las estructuras de una sociedad injusta.
Las primeras comunidades cristianas esto lo entendieron muy bien; seguramente algunos de los miembros de estas primeras comunidades estuvieron presentes en esta lección-fraternidad del compartir, en este milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. El problema es que a nosotros nos ha llegado esta tradición demasiado viciada, muy divina y poco encarnada. Nos hemos quedado con el “milagrito” y eso nos ha impedido entender lo que realmente pasó, y, por tanto, nos impide poder ponerlo en práctica. En este pasaje dieron de lo que tenían y después sobró. Hoy nosotros, damos de lo que nos sobra y, como eso es poco, entonces lógicamente falta.
Las primeras eucaristías eran momentos reales de compartir. Tanta importancia tenía la Palabra como la comunión, como el momento en el que todos daban algo de lo que tenían para vivir en ese momento ¿Y nuestras eucaristías qué son? ¿En qué se han convertido? ¿Hacia dónde vamos?
María supo entender esto con una naturalidad pasmosa, con la “facilidad” que una madre entiende que nada es suyo, que su vida es don en cuanto que alumbra, protege y crea otras vidas. Le pido con todas mis fuerzas y mi vacilante y precaria fe a la Madre, que me haga entender el sentido del compartir sin mirar a quién, ni cuándo, ni cuánto.

sábado, 21 de julio de 2018

Saber parar parar escuchar (Mc 6, 30-34)

El texto evangélico ante el que nos situamos hoy es el preámbulo de uno de los relatos más conocidos del evangelio de Marcos, y me atrevería a decir de toda la Sagrada Escritura, como es el llamado milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. Pero hoy no requiere nuestra atención este “milagro” en concreto sino más bien su introducción, cuatro versículos Mc 6, 30-34, que aparentemente son insignificantes, pero que  guardan  una información muy rica sobre Jesús y las prioridades que estableció.
“Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús”. Es una de las pocas veces, si no la única, en donde el evangelista Marcos utiliza la denominación de apóstoles, diferenciándolo de la de discípulos. Esta diferencia no es una casualidad. Es necesario que se sepa que este grupo de seguidores cercanos a Jesús habían sido antes enviados por Él para una misión muy concreta, la misión de proclamar que el reino ya estaba cerca, y para eso les dio poder para expulsar espíritus inmundos y sanar. Se nos dice que los apóstoles le contaron a Jesús lo que habían hecho y enseñado. Venían de enseñar; venían de ser la voz del Maestro, eran maestros de la Palabra.
“Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Esta frase de Jesús me resulta entrañable. Jesús se preocupa por los suyos. Reconoce lo duro de la misión y desea que descansen y reparen fuerzas. Creo que es una  frase del evangelio que puede pasar fácilmente desapercibida, sin embargo personalmente me resulta reveladora en relación a la humanidad de Jesús y el cariño con el que cuidaba a sus seguidores más cercanos, los apóstoles.
No es que Jesús quisiera huir de la gente que les seguía, pero sí que el mismo Jesús reconoce que la misión agota y que es necesario el pequeño encuentro en el que poder compartir lo vivido y reparar fuerzas, e incluso corregirles en la intimidad si en algo hubiesen errado.
“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos; porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. La misión es agotadora sí, pero antes que reparar fuerzas está el encargarse de los que demandan más atención. La pretensión de descanso se frustró cuando, al llegar al lugar donde presumiblemente iban a estar más tranquilos, se encontraron con más gente que demandaba atención. Pero Jesús aprovecha la ocasión para hacer ver a los apóstoles que la prioridad son los otros, no ellos, nunca la prioridad puede ser uno mismo sino los demás, los más pequeños, “las ovejas que no tienen pastor” y demandan un guía. El descanso lo dejan para otro momento y Jesús se pone a enseñarles con calma; dedicándoles la atención y cariño que se merecen también estas gentes que esperaban su palabra. Jesús se ocupaba de los hambrientos y enfermos del cuerpo, pero también enseñaba, porque la enseñanza de Jesús es enseñanza para la vida, es Vida; porque aprendiendo de Jesús es la única manera de cambiar nuestro mundo y retornar a la justicia y el amor.
A veces, en la Iglesia, tenemos demasiadas prisas. Esas prisas por cumplir expediente (decir, no celebrar la misa, dar una clase, cumplir con…) hace que no reparemos en que lo que tenemos delante de nosotros son personas. Es más fácil echar unos céntimos en el cestillo y quedarse con la conciencia tranquila, que pararse a mirar a los ojos a alguien que te pide algo cuando te estás tomando una caña con los amigos. Pero el descanso y el ocio, la caña, pueden esperar y quizás esa persona necesita algo más que unos céntimos.
Tengo la sensación de que no nos paramos delante de los problemas reales de la gente, no nos paramos a enseñar con calma. Cumplir el expediente está bien pero no es suficiente, es inútil cuando delante tenemos a alguien que no sabe de lo que hablas, porque lo que necesita es que le escuches con calma y le enseñes desde el amor y la verdad. Hay cristianos que buscan desesperadamente al Jesús de la Verdad, el camino de Jesús (Jesús Camino) y una vida en Jesús (Jesús Vida), y no palabras huecas, generales y sin delicadeza que, muchas veces, por no saber de los problemas reales de la gente se hiere con palabras aprendidas y no rezadas.
Hay chicos y chicas adolescentes que no quieren escuchar los rollos de siempre sino que necesitan que, antes de que nadie les de la “brasa”, se les escuche porque no entienden por lo que están pasando y necesitan un buen pastor que les oriente, rectamente, pero sin prejuicios.
Le pido a Dios que seamos verdaderos apóstoles que entendamos que la misión agotadora a la que nos envía Jesús el nazareno, no merece descanso si vemos a hermanos que no saben por dónde tirar, que no encuentran lugar donde poder reposar porque andan por la vida con miedo, como ovejas sin pastor.

sábado, 14 de julio de 2018

La misión (Mc 6, 7-13)

La misión del cristiano no es para solitarios, es misión compartida, porque donde dos o más nos reunimos en nombre de Dios allí está Él; porque no es una misión simplemente humana, sino divina, en la que colaboramos los humanos que hemos sido llamados y hemos apostado por ella. Precisamente por eso, por su origen divino, no necesita de superficialidades ni estorbos humanos superfluos sino sencillamente de la voluntad, el amor y la fe; y por parte de quien la recibe buena acogida y gratitud.
Así es como Dios sueña un mundo justo y equilibrado para nosotros sus hijos ¿De qué sirve mucha maleta para el camino, si cuando lleguemos al destino encontramos una buena acogida de los hermanos y tendremos lo necesario? Y si no lo encontramos, con irnos nos basta.
Quizás las muchas cosas externas estorben al mensaje principal, a las decisiones que debemos tomar, a los sentimientos… Esta misión está liderada por el amor, ese mismo amor es el que tiene autoridad sobre “espíritus inmundos”, es decir, sobre injusticias, estigmas y dolencias de alma y cuerpo. Sólo con amor y comprensión, los humanos podemos vencer los miedos que hacen que nos despreciemos, nos matemos por no profesar el mismo credo o las mismas ideas… Esa es la autoridad que Jesús da a sus discípulos, la autoridad del amor, porque lo que se hace con amor lo justifica todo.
En definitiva, lo que Jesús quiere trasladar a su pueblo, a través de sus discípulos, es que el estilo de vida que Él llevaba con sus apóstoles, lo pueden/podemos llevar todos. Que necesitamos un cambio en nuestras costumbres para que nuestro mundo sea más justo y equilibrado. Mientras unos viven en la sobreabundancia, otros no tienen ni qué comer ni con qué vestirse, y eso quien no lo quiera ver o escuchar es digno de que se sacudan hasta el polvo que se ha pegado en los pies del mensajero, discípulo,  al salir de su casa.
Jesús no propone una vida llena de excentricidades, no pretende que vivamos en la miseria. Como bien dice J. M del Castillo: “El Evangelio no presenta una forma externa y extravagante de vivir. Lo que el Evangelio ofrece es una forma de vivir, que no está ni determinada ni condicionada por el dinero y el bienestar, sino por el proyecto de aliviar el sufrimiento y por el respeto a la dignidad y los derechos de todos”.
Porque no está mal vivir con dignidad, pero si la dignidad pasa a la comodidad pasiva del que quiere hacerse sordo o ciego, es decir, un espíritu inmundo, es misión del discípulo de Cristo el sacarlo del corazón de esos hombres que están poseídos, para que puedan ver con claridad y descubrir un mundo nuevo.