sábado, 14 de julio de 2018

La misión (Mc 6, 7-13)

La misión del cristiano no es para solitarios, es misión compartida, porque donde dos o más nos reunimos en nombre de Dios allí está Él; porque no es una misión simplemente humana, sino divina, en la que colaboramos los humanos que hemos sido llamados y hemos apostado por ella. Precisamente por eso, por su origen divino, no necesita de superficialidades ni estorbos humanos superfluos sino sencillamente de la voluntad, el amor y la fe; y por parte de quien la recibe buena acogida y gratitud.
Así es como Dios sueña un mundo justo y equilibrado para nosotros sus hijos ¿De qué sirve mucha maleta para el camino, si cuando lleguemos al destino encontramos una buena acogida de los hermanos y tendremos lo necesario? Y si no lo encontramos, con irnos nos basta.
Quizás las muchas cosas externas estorben al mensaje principal, a las decisiones que debemos tomar, a los sentimientos… Esta misión está liderada por el amor, ese mismo amor es el que tiene autoridad sobre “espíritus inmundos”, es decir, sobre injusticias, estigmas y dolencias de alma y cuerpo. Sólo con amor y comprensión, los humanos podemos vencer los miedos que hacen que nos despreciemos, nos matemos por no profesar el mismo credo o las mismas ideas… Esa es la autoridad que Jesús da a sus discípulos, la autoridad del amor, porque lo que se hace con amor lo justifica todo.
En definitiva, lo que Jesús quiere trasladar a su pueblo, a través de sus discípulos, es que el estilo de vida que Él llevaba con sus apóstoles, lo pueden/podemos llevar todos. Que necesitamos un cambio en nuestras costumbres para que nuestro mundo sea más justo y equilibrado. Mientras unos viven en la sobreabundancia, otros no tienen ni qué comer ni con qué vestirse, y eso quien no lo quiera ver o escuchar es digno de que se sacudan hasta el polvo que se ha pegado en los pies del mensajero, discípulo,  al salir de su casa.
Jesús no propone una vida llena de excentricidades, no pretende que vivamos en la miseria. Como bien dice J. M del Castillo: “El Evangelio no presenta una forma externa y extravagante de vivir. Lo que el Evangelio ofrece es una forma de vivir, que no está ni determinada ni condicionada por el dinero y el bienestar, sino por el proyecto de aliviar el sufrimiento y por el respeto a la dignidad y los derechos de todos”.
Porque no está mal vivir con dignidad, pero si la dignidad pasa a la comodidad pasiva del que quiere hacerse sordo o ciego, es decir, un espíritu inmundo, es misión del discípulo de Cristo el sacarlo del corazón de esos hombres que están poseídos, para que puedan ver con claridad y descubrir un mundo nuevo.
 
 

sábado, 7 de julio de 2018

Descubrir a Dios en el prójimo (Mc 6, 1-6)

Prejuicios, hoy me lleva la Palabra a hablar de los prejuicios con los que nos condicionamos y condicionamos a nuestros semejantes y, más aún, en muchas ocasiones a los que más cerca tenemos.
 
“Fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos”. El modo de proceder de Jesús no fue distinto en su pueblo del que utilizaba en otros lugares, no fue distinto porque estuviera con los “suyos”, no tuvo un trato de favor en el hablar o el hacer. Sin embargo, con Él, los suyos si tuvieron reparos, diferencias, prejuicios…
 
“¿De dónde saca todo esto?”. Por un lado, nos mueve la curiosidad de saber qué tiene que ofrecernos alguien del pueblo que ha estado tiempo fuera, en la ciudad, con gentes de otros lugares… Y por otro, partimos ya con preconcepciones e ideas que condicionan nuestro juicio hacia los otros, en cuanto oímos cosas que nos descolocan o que no entran en nuestros esquemas mentales; cualquier novedad que pueda hacernos cambiar o que simplemente requiera asumir riesgos ante lo desconocido, nos hace reaccionar rechazando lo diferente con la excusa de que sabemos de dónde o de quién viene. Lo más fácil entonces es juzgar, descartar, desechar tanto a las propuestas como a las personas.
Nos cuesta descubrir a Dios de una forma tan cercana, en lo cotidiano y lo conocido. Parece como si no estuviéramos preparados para descubrir a Dios en los otros, y aún es  más difícil si ese otro es un vecino nuestro, un familiar, o alguien que vive en el mismo lugar que nosotros. Sin embargo, hemos de acostumbrarnos y aprender del Maestro, Él nos enseña que Dios está a nuestro lado, más cerca de lo que pensamos o creemos; que a Dios no podemos, no debemos, esperarle en un carro de fuego como pensaban sus vecinos que llegaría el profeta Elías. Dios se encarna en la cotidianidad, en la humanidad más cercana.
La Iglesia ha de seguir aprendiendo y transmitiendo a toda la humanidad que Dios no sólo está en los cielos, que esa afirmación de nuestro credo está antes precedida por la encarnación en la tierra. La Iglesia no podrá nunca ser reflejo de Cristo si no cree esto  profundamente y actúa en consecuencia; es decir, si los cristianos no tratamos al prójimo como si del mismo Dios se tratara, sabiendo y creyendo que cuando hacemos con los hermanos, actuamos con Cristo.
 
“No pudo hacer allí ningún milagro…, y se extrañó de su falta de fe”. Sí, quizás es cierto que para eso hay que tener fe; quizás para descubrir verdaderamente a Dios en los demás hay que tener mucha fe, pero esa es la única manera en la que Él puede actuar entre nosotros, a través de la fe.

sábado, 30 de junio de 2018

Tocar a Jesús (Mc 5, 21-43)

Llama la atención como, tanto el jefe de la sinagoga como la mujer enferma, “hemorroísa”, se acercan a Jesús ante la desesperación vital en la que se encuentran. Jairo porque su hija estaba en las últimas: “Mi hija está en las últimas”, y la mujer que sufría hemorragias porque: “Se había gastado toda su fortuna en médicos sin conseguir nada”. Desesperados sí, pero también con algo en común mayor aún que la desesperación, la fe. La fe en Jesús hasta el punto de creer que podía devolverles la vida, la salud que les faltaba. Y ciertamente la situación de ambos debía ser extrema cuando uno no tiene reparos ni temores en acercarse a Jesús siendo jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, y la otra afronta el que pudiera ser pillada y juzgada por saltarse la ley religiosa referente a la sangre y la mujer.
Jesús sabe quién le ha tocado, Jesús nota que alguien se acerca a Él de una manera distinta al mero acercamiento físico. Él nota que le “roban” fuerza, el Espíritu sale de Jesús para acompañar a la mujer, para sanar a través de la fe. Por supuesto que Jesús no quería dejar a la mujer en evidencia, ni mucho menos denunciar su osadía al acercarse, sabiendo que padecía hemorragias, y tocar el manto del maestro. Jesús quiere aprovechar ese acto de profunda valentía y fe, esa demostración de confianza en Dios de la mujer, para anunciar la Buena Nueva. La mujer no ha de sentirse avergonzada, no ha de robar fuerza a Dios sino acercarse a Él con confianza y libertad, sentir a Dios como un Padre bueno. Acercarse a Jesús no ha de ser motivo de vergüenza, confiar en Dios ha de ser motivo para sentirse orgulloso y pregonarlo: “Mujer tu fe te ha salvado”.
Seguramente tenemos a nuestro lado personas que necesitan de Dios, necesitan de nosotros, y ni siquiera nos damos cuenta. Sienten vergüenza de sus vidas, vergüenza de su situación, sienten que van a ser juzgados o peor aún, condenados, y prefieren llevar su pena, enfermedad o problemas en silencio porque piensan que nadie les puede ayudar. El cristiano está en este mundo, no para humillar sino para ayudar; no para juzgar sino para acompañar y proclamar que Dios, Jesús, nos quiere como somos. Donde la religión judía juzga y condena, Jesús, proclama Buena Nueva y ensalza al necesitado.
“Vete en paz y con salud”. Ambas cosas son necesarias; irse en paz, sabiéndose salvada, e irse tranquila porque se sabe curada. Es muy importante resaltar que Jesús no solo cura sino que también salva. Jesús actúa primero por dentro, dignifica, y después cura, sana, acompaña…
Jairo no era discípulo de Jesús, seguramente ni siquiera había visto muchas cosas de las que se decía que hacía Jesús, pero lo que sí es cierto es que confiaba, creía en Jesús. A veces no nos dejamos acompañar por Jesús, porque nos falta fe.
En la Iglesia falta, muchas veces, proclamar a viva voz que Dios no se avergüenza de ninguno de sus hijos, que Dios ama, y ama tan fuerte y con tanta intensidad que es un amor que escandaliza; porque ninguno de nosotros, que solemos juzgar al hermano, seremos nunca capaces de amar como nos ama Dios.

viernes, 22 de junio de 2018

Vivir desde la fe (Mc 4, 35-40)

En un afán literalista hay quién simplemente ve el “prodigio” o milagro de la tempestad calmada de Jesús en este pasaje como una acción extraordinaria. Quedarse sólo con lo sensacionalista o el lado más espectacular e incomprensible de Jesús no ayuda a personalizar y hacer nuestro, en su totalidad, este pasaje.
Lo importante no es si Jesús, como Dios, mandó callar al viento y las olas y estos le obedecieron. No vamos a ignorar que este tipo de cosas, el sentir que Jesús es Dios y que queda “demostrado” con estas proezas, nos gustan y animan pero ciertamente esa lectura sería simplista, reduciría a Jesús y nos alejaríamos del Cristo encarnado y más humano.
 
“Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua” ¿Quién no tiene que lidiar en su día a día con pequeñas tormentas e incluso huracanes de todo tipo? Los problemas y la forma de afrontarlos, es lo que nos recuerda que la vida, aunque un don maravilloso, no es fácil en ciertos momentos. Lo que nos diferencia a unos de otros, es el modo con el que afrontamos la vida, la actitud con la que vivimos y los pilares que hemos decidido tener. Si Jesús está en la construcción de  nuestra vida, también lo tiene que estar en el modo en el que resolvemos las dificultades. Su ejemplo y modo de actuar ha de servir de ejemplo y guía, y ha de alentarnos.
 
“Él estaba en popa, dormido sobre un almohadón” ¿Dónde está Dios? Esta pregunta surge cada vez que no lo sentimos en nuestro día a día, cuando nos sentimos abandonados, cuando sentimos que da lo mismo ser cristiano o no porque la vida nos trata a todos igual ¡Y claro que ha de ser así! Los cristianos no podemos pensar que por el hecho de serlo, tenemos la exclusiva de la ayuda exprés de Dios.
Ya por el hecho de haber descubierto a Jesús en nuestra vida somos privilegiados, pero eso no significa que tengamos la exclusiva de la salvación.
Como ocurre en el final de este pasaje, quizás nos gustaría preguntarnos más bien: “¿Quién es este?” Al observar que Dios nos resuelve las cosas pero, sin embargo, a veces, sentimos que Dios “duerme”, que no se hace cargo de nuestros problemas, que estamos a la deriva.
 
Él les dijo: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”.  El miedo es completamente humano, pero si al miedo le unimos la falta de fe la ecuación es miedo y soledad. El miedo hace que en la vida tomemos decisiones equivocadas o que sencillamente no las tomemos. El miedo es uno de los grandes fantasmas de nuestra vida ¿Cómo puede ser que algo que ni se ve ni se toca nos pueda hacer temblar y pueda llegar a condicionarnos tanto? Eso es precisamente lo que reprocha Jesús a sus discípulos, que en la balanza de la vida, a veces, gane el miedo a la fe. Fe y miedo, ambos invisibles pero reales.
Jesús nos anima a que, despojándonos de nuestros miedos, vivamos desde la fe.
 

viernes, 15 de junio de 2018

Como un grano de mostaza (Mc 4, 26-34)

Jesús se dirige a la muchedumbre. Una vez más resurge el buen maestro que lleva dentro; para explicar algo importante se sirve de la comparación, de ejemplos y referencias cotidianas, del día a día.
“El reino de Dios es como una semilla que germina o como un grano de mostaza”. Jesús explica el reino de Dios con dos parábolas. La una apoya a la otra; si alguien no ha cogido el sentido de la primera se puede acoger a la segunda, pero lo que Jesús no quiere es que nadie se vaya de allí sin haber entendido algo tan importante como el sentido del reino. Y por si aún queda alguna duda se dice al final de este texto evangélico que: “A sus discípulos se lo explicaba todo en privado”. Jesús se prepara, más bien prepara a los suyos, para que cuando ya no esté Él, sus discípulos puedan enseñar y explicar con fe, razón y sabiduría.
“¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?...Con un grano de mostaza”. A los cristianos de hoy quizás nos resulte un poco más difícil entender del todo el alcance o sentido de esta comparación; no era así para los vecinos de Jesús. Pero si has tenido la suerte de observar un árbol de mostaza y después has tenido en tus manos, como tengo yo ahora mientras escribo esta meditación, un grano de mostaza delante de ti, puedes llegar a entender que…
La semilla del reino de Dios, el mismo reino en potencia, ya lo tienes contigo desde el momento de tu concepción. El hecho de ser creatura de Dios hace que portes en ti esencia, hálito, semilla de tu Creador. No lo sabes, más bien no te das cuenta, pero está ahí y sigue su ciclo vital en ti. Si bien es cierto que las semillas del reino en cada uno llevan ritmos distintos, también lo es que Dios no abandona nunca a sus hijos, a ninguno de ellos, ni siquiera a los que abandonan el campo (su propia existencia) y la semilla que llevan en ellos.
Hay muchas formas de hacer germinar esa semilla; los sacramentos son el itinerario que marcan momentos e invitan y conducen a la santidad de vida. La integración real y comprometida en una comunidad cristiana, ayuda al cuidado serio y adulto de la fe que facilita la floración del reino. Pero no son las únicas formas en las que el reino puede aflorar en nuestro mundo. La práctica de la caridad con propios y ajenos, la lucha por la justicia y la verdad en nuestro día a día son, ya,  formas del cuidado de esa tierra en la que ha de hacerse real el reino.
Porque ¿Qué sería un reino de Dios de cultos, sacrificios y liturgias, pero vacío de amor a los hermanos? ¿Qué tipo de reino de Dios es aquel en el que se riega la tierra con sangre de hermanos mutilados por  no llamar a Dios de la misma manera con la que lo hacen los que, creyéndose dueños de la tierra, mutilan a otros hermanos?
Jesús tuvo claro que para que el reino se empezara a hacer real, antes había que preparar la tierra. A los cristianos nos toca preparar la tierra con caridad y justicia, y entonces se hará real y aflorará el reino de Dios que todos llevamos dentro, como un grano de mostaza.

sábado, 9 de junio de 2018

Mi madre y mis hermanos (Mc 3, 20-35)

La Palabra de hoy está llena de sorprendentes enseñanzas, buenas nuevas, nuevas buenas noticias…
Por un lado Jesús nos muestra ciertas relaciones ásperas con su familia, con los que estaban más cerca de Él a nivel consanguíneo, parece ser que su propia familia lo tenía por trastornado, poco cabal o fuera de sí… ya que estaba en boca de los que se dedicaban a ordenar la religión del momento (fariseos y escribas). Jesús nos muestra aquí que, en ocasiones, son más fuertes y unen más los lazos de la amistad que los de la misma sangre; que los lazos familiares no los eliges y debes asumirlos, pero que la amistad o la unión por la fe y valores son elegidos y unen de manera mucho más potente. La familia no lo critica, solo quieren alejarlo de los líos y por eso van en su busca, están preocupados por lo que pueda pasarle, está en boca de la gente y eso no es bueno para una familia de ámbito rural que es conocida por todos.
“El que blasfeme contra el Espíritu Santo…”. Por otro lado Jesús deja claro que Dios perdona y siempre está para lo que se le necesita pero que la blasfemia y el ataque contra el Espíritu, es decir contra Él mismo, no ha de tolerarse. Al mismo Espíritu de Dios lo acusan de estar poseído por otro espíritu maligno, esa acusación es rechazada por el mismo Jesús con una parábola/explicación muy sencilla que todos pudieron entender ¿Cómo es posible que el maligno haga cosas tan buenas? ¿No estaría echando piedras contra su propio tejado? Jesús habla por sus obras y rechaza aquellos que quieren confundir a los humildes.
“Estos son mi madre y mis hermanos”. Dios en Jesús establece unos nuevos lazos de consanguinidad; ahora seremos hermanos porque nos hemos elegido y no nos une la sangre sino algo más grande, la fe en Dios.
A Jesús no le duelen las acusaciones contra Él sino el que quieran apartarle de los que le han elegido, los pobres y necesitados de Dios, que se acercan porque han descubierto a Dios en medio de una sociedad de rechazo.
Hemos de cuidarnos cristianos, hemos de volver a repensar y creer en lo que nuestro bautismo nos ha otorgado, en lo que el Espíritu nos transmitió en la pila bautismal; no es otra cosa que el creer y practicar de verdad que todos somos hermanos y que nuestro Padre es Dios, así de claro y sencillo; y cuanto más claro y sencillo el mensaje, más difícil es la práctica en nuestras vidas llenas de intereses y elitismos sociales y religiosos.
El Espíritu nos sigue invitando hoy a considerar a todos nuestros hermanos. “La vida no se juega en la opinión de los otros, ni en la actitud que mantienen hacia nosotros, sino en la certeza de lo que somos”.

sábado, 2 de junio de 2018

Misterio de Amor (Mc 14, 12-16)

Es necesario que el hombre se posicione ante misterios como el de la Eucaristía para que nos demos cuenta de nuestra pequeñez. De nuestra pequeñez, pero también de nuestro atrevimiento y osadía al querer comprender del todo lo que Cristo-Dios desvela en este Misterio. Lo que sí parece estar claro es que, dentro del misterio de la Pascua-eucaristía, encontramos otro gran misterio humano muy pocas veces llevado a su culmen, el gran misterio del amor hasta la entrega de la propia vida. La entrega más extrema que un ser humano puede hacer.
Jesús utilizó en su cena de pascua el pan y el vino para tratar de explicarnos una parte de dicho misterio. Era lo más lógico y didáctico; Jesús como buen maestro-pedagogo partió de lo que ya sabían y conocían sus discípulos para introducir un cambio, una enseñanza nueva. Una enseñanza que cambiaría el mundo y la forma de entender a Dios y la religión (cualquier religión que sea digna de llamarse así, y que busque realmente al Creador y no esté manipulada por intereses humanos).
Pero tan cierto como que Jesús intentó ser lo más claro, didáctico y sencillo posible en aquella cena, lo es también (y Dios sabe cuánto me cuesta decir y reconocer esto) que hoy no hemos sabido, aún, llevar a término ese mandato de recordarlo en ese gesto de partir y REPARTIR el pan. Nuestras eucaristías distan mucho de la cena amistosa, cercana y en la que se todos se sentían familia, que celebraron Jesús y sus discípulos. Si bien es cierto que en ningún evangelio, excepto en Lucas y porque recibe la tradición de su maestro S. Pablo, hay referencia al recuerdo en memoria de Jesús con el gesto de la cena; ágapes o cenas que ya en tiempos de San Pablo creaban discordia y separación entre los hermanos por la manera de celebrarlas (1 Cor 11, 20-24).
Sabemos que hay muchas cosas que tienen que cambiar dentro de la Iglesia, es normal y necesario dentro de un grupo humano tan grande y con una tradición de tantos siglos. El cambio es necesario para ser auténticos. Y uno de esos cambios, todos sabemos que lo está necesitando, ha de ser para nuestra forma de celebrar la eucaristía, nuestra liturgia, pero aún sabiéndolo no damos muchos pasos para ello. Pensamos que cambiando algunos cantos, traduciendo a lenguas vernáculas y reduciendo algunas oraciones y prefacios, lo tenemos todo hecho. Decimos que la eucaristía está abierta a todo el mundo pero eso es sencillamente mentira, o al menos si en teoría es verdad, en la práctica los que estamos cerrados somos nosotros. Si realmente pensamos que la eucaristía es lo que nos define, en dónde somos enviados a la misión y en donde nos entendemos como cristianos y compartimos como una verdadera comunidad… Si realmente la eucaristía ha de ser eso, nuestras eucaristías dominicales han de cambiar ya. No podemos sobrevivir con unos pocos fieles, que sí, son fieles de verdad pero que poco pueden cambiar si no les dejan o sencillamente no saben cómo hacerlo.
Queridos hermanos (obispos de la Iglesia universal-católica). Nuestra eucaristía no solo no dice mucho a la gente que está lejos de nosotros sino que tampoco les dice a muchos hermanos que, habiendo recibido el bautismo, se sienten fuera de lugar. No podemos estar diciendo que es la casa de todos, un lugar y una cena para todos (también para los “Iscariotes”) y estar negando la comunión, negar a Cristo, a diestro y siniestro. No podemos estar atemorizando a los que, aún sintiéndose muy pecadores, sienten que tienen que ponerse en la fila de la comunión, y por unas palabras genéricas del sacerdote quedarse sentados sin la posibilidad de unirse físicamente a  Cristo.
Es cierto que necesitamos sínodos sobre la familia y otras cuestiones que han de quedar claras, pero ¿No pensáis  que urge también una revisión seria y madura de lo es, y así poder reflejarlo con autenticidad, el misterio identitario y la razón de ser  del cristiano? ¿No nos convendría un “sínodo” (cambio en la Iglesia) del misterio del Amor hasta el extremo?

 

 

sábado, 26 de mayo de 2018

Con nosotros hasta el fin del mundo (Mt 28, 16-20)

“Los once discípulos se fueron a Galilea…”. Después de la Pasión, la Pascua y Pentecostés, los discípulos vuelven  a sus orígenes, vuelven a Galilea, donde todo empezó.
Volver a las raíces es, muchas veces, la única manera de hacer las cosas bien, la única manera de garantizar la fidelidad al reino. No se trata de un acomodarse en la seguridad del pasado sino de un beber de las fuentes.
Hoy, en la Iglesia, atendemos a una desbandada de hermanos que, por diferentes razones, se alejan de la comunidad. Sean cuales sean los motivos (algo que nos atañe a todos) lo que es común es el rechazo a la que es su comunidad, la no identificación con lo que es o cómo se vive dentro de ella. Es preocupante ver como en la generalidad de nuestras iglesias, es la gente mayor la que acude domingo tras domingo. Es curioso ver cómo en la liturgia de la eucaristía, celebración clave y principal de nuestra fe, las respuestas son tímidas y mecánicas. Es triste oír sermones que, más que buenas noticias (εὐαγγέλιον), son regañinas y llamadas de atención a los muchos pecados de los fieles; pero también es triste ver la falta de implicación y compromiso de los que nos llamamos bautizados (queden incluidos también los que no acuden a la comunidad y se han alejado).
Ya no es tiempo de lamentos veterotestamentarios, ya no es tiempo de tristezas y golpes de pecho que se quedan en el gesto pero que no solucionan nada. Es tiempo de volver a la raíz, es tiempo de encontrarse de nuevo con Jesús en Galilea, tu Galilea; tú con Jesús, el momento en el que le descubriste, el momento en el que te enamoraste de Él, de su Buena Noticia. El gran problema es si eso nunca ha ocurrido, si no hemos descubierto personalmente a Jesús, a Dios en nuestra vida sino que nos lo han dado, nos lo han enseñado sin más y sólo lo conocemos de oídas.
Es cierto que no hay fórmulas mágicas para solucionar este panorama pero quizás una de las claves sea esa: “Volver a Galilea”; encontrarnos allí con Jesús. Él también nos llama, como a los discípulos, para que volvamos a sentirle en la raíz, en la pureza y la inocencia del inicio de una relación.
“Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”. La Iglesia dice de sí misma en el Concilio Vaticano II que es: “Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu” (LG 17). Estas tres imágenes responden a nuestro origen trinitario. Dios elige al pueblo, el pueblo son sus hijos queridos. No debemos caer en el exclusivismo porque eso no hace nada más que apartar, crear “apartheids religiosas” y olvidarnos de nuestro origen divino, de nuestro ser de hijos de Dios.
Precisamente en el ejemplo de Dios Hijo, Dios encarnado, hemos de poner nuestra atención para poder ser su cuerpo en esta tierra. Teniendo a Cristo como cabeza perfecta de este cuerpo imperfecto, guiado y animado por su Espíritu que sólo puede estar en y con nosotros si nos abrimos a Él y no permanecemos cerrados. Sólo podemos ser imagen del Dios Trinitario si aceptamos en nuestra vida un Pentecostés transformador.
“Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Bautizar y aceptar el bautismo trinitario, supone aceptar la presencia de Dios en la historia de la humanidad, aceptar una Historia de salvación. Ser bautizado es una gran responsabilidad; hoy echamos en falta más que nunca ese compromiso que requiere el ser cristiano. Ser bautizados hoy y aceptarlo de verdad y con todas sus consecuencias no es fácil pero sólo el que se sabe lleno del Espíritu goza de sus dones y siente que la vida no es vida sin Él; que si nos falta Él somos como fantasmas perdidos en medio de la historia humana, números efímeros en la fría y, a veces, cruel historia humana.
El cristiano que toma en serio su bautismo es el que ha asumido estas palabras: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

sábado, 19 de mayo de 2018

El tiempo del Espíritu (Jn 20, 19-23)

Nos toca vivir la era del Espíritu, Trinidad en la persona del Espíritu Santo. Cuando nos ponemos a teologizar e intentar explicar, la mayoría de las veces sin éxito, sobre la tercera persona de la Trinidad tenemos que remitirnos al pasado y a las experiencias vividas por nuestros antepasados, reflejadas en la Escritura. Ahí encontramos multitud de expresiones que definen al Espíritu Santo (Cf CIC 692-693) así como multitud de símbolos por los que se ha mostrado a lo largo de la Historia de la Salvación: Agua, fuego, unción, nube y luz, paloma… Todo esto es muy bueno, me atrevería a decir que incluso conveniente, que los cristianos lo conozcamos. En el evangelio de Juan se nos dice que Jesús exhaló su aliento sobe los discípulos y entregó con ello el Espíritu Santo, pero en realidad ¿Qué es el Espíritu Santo y dónde y cómo se manifiesta?
Cuanto más leo la Escritura, e incluso el Catecismo de la Iglesia y otros documentos del magisterio que intentan aclarar y explicar el tema, más desconcierto encuentro ante la multitud de teorías y manifestaciones (Teofanías) del Espíritu. Lo que sí tengo claro es que, tanto en la Antigua Alianza como ya en la Nueva, el Espíritu de Dios no necesariamente se ha revelado, ni se ha hecho presente, en lugares ni a personas altamente cualificadas teológicamente hablando, ni a doctos ni entendidos, ni teóricos, ni papas… sino a pobres y rechazados profetas (hombres de oración y llenos de temor de Dios), pescadores y publicanos… Por eso hoy, en mi día a día, creo que muchas veces Dios no está donde me empeño en buscarlo, Dios no me va a hablar dónde yo quiero que lo haga, El Espíritu de Dios, Espíritu Santo, no se me revelará si no lo busco con corazón sincero y alejando de dicha búsqueda mis banalidades y erudiciones. 
Mediante la unción del rey David el Espíritu de Dios permanece junto al pueblo pero ese pueblo, con el tiempo, se convierte en uno más cuando olvida la promesa y se aleja de Dios.  Es entonces cuando nace la promesa del Reino que traerá el Espíritu mismo encarnándose en una pobre de Nazaret, María, porque los herederos de dicho Reino son precisamente los pobres en el Espíritu (Lc 1, 32-33). Hoy la Iglesia invoca al Espíritu Santo en los sacramentos, muy especialmente en la Epíclesis de la eucaristía, pero cuando miro a mi alrededor, en dicho momento, no veo a cristianos que creen y desean la presencia de Dios en dicha invocación. Me atrevería a decir que es porque, en muchos casos, no saben qué se está haciendo en ese momento, ni a quién se está invocando, lo mismo cuando el sacerdote impone la manos sobre nosotros… Que me perdonen mis lectores si da la sensación de que subestimo su conocimiento de la liturgia y la Historia de la Salvación, no es mi intención.
Creo que la Iglesia tiene la responsabilidad de seguir acercando a Dios mediante una liturgia más clara, celebrativa y participativa. Quizás así, entendiendo lo que hacemos no estemos como meros espectadores ante el gran Misterio, y sí que vivamos con intensidad la presencia real del Espíritu Santo entre nosotros. Igualmente  creo que sólo saliendo de nosotros mismos, incluso de los límites de la iglesia, podemos encontrar ese aire fresco, a veces muy intenso y desconcertante, que es presencia del Espíritu de Dios.
Le pido al Espíritu Santo que nos siga bendiciendo con sus dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Piedad, Temor de Dios y Ciencia, para que podamos descubrirle y obrar según nos vaya inspirando.

sábado, 12 de mayo de 2018

Glorificado para siempre (Mc 16, 15-20)

Sería lo más justo comenzar diciendo que realmente el evangelio de Marcos termina en Mc, 16,8. Por tanto la Ascensión, o Glorificación como llaman otros autores, sería un añadido al evangelio.
Si bien todo esto es cierto, como también lo es el que, a veces, se ha evitado comentar dicho pasaje por su complejidad, tanto en la forma como en el fondo, también es cierto que si no es original de Mc, Lucas si lo trata en su evangelio, sí es un episodio que las primeras comunidades vivieron y nos transmitieron.
Quizás este pasaje ha sido esquivado, entendido o quizás simplemente asumido al pie de la letra, por su forma tan tajante, clara y aparentemente sin dejar lugar a interpretaciones. Pero, a veces, se nos olvida que la Sagrada Escritura tiene una tradición de siglos y distancia no sólo temporal sino también cultural, por tanto muchas de las frases, imágenes e incluso relatos enteros pertenecen a un determinado género literario. Forma de escribir o género literario, tan conocido y familiar en la antigüedad (personaje rodeado de nubes, ascendiendo-desapareciendo y pronunciado unas últimas palabras), que hasta escritores de historia utilizaban estos relatos para hablar de ciertos personajes que tuvieron un fin o merecían tener un fin glorioso. Por tanto, a nivel literario podríamos hablar incluso de una estructura tipo. No nos deberíamos extrañar, ni nos debería defraudar, el hecho de que la Biblia esté llena de recursos como este. Lo importante es que sepamos y creamos que el género literario no resta un ápice a la verdad de fe: “Cristo fue exaltado a la gloria” (1 Tim 3,16).
“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…”.  Es seguramente esta misión de Jesús, este envío, el único histórico como tal. Todo el relato de la Ascensión estaría al servicio de esta frase.
El tema de la ascensión es, por tanto, un tema encuadrado y perteneciente a la pascua. Ese intervalo de tiempo entre la resurrección y la glorificación, para que la comunidad clarifique y organice su misión. Los comienzos de la verdadera Iglesia.
Sólo los que testimoniemos a Jesús, al Cristo que padece pero que resucita y sigue vivo en el mundo, hemos  entendido bien la pascua y este relato, por tanto, quedarse en la literalidad sería no entender, empobrecer e incluso reducir el alcance real y la intención de los evangelistas que lo relataron. Ya que, “en el cielo de la fe no existe el tiempo, la dirección, la distancia, ni el espacio”, como afirma Leonardo Boff.
El cielo de la fe, su sentido más pleno, es que el cristiano ha de saber que para ascender, antes hay que descender; hacerse real en este mundo, trabajar por el Reino, para después desaparecer sin esperar glorias pasajeras, porque la gloria sólo pertenece a Dios. Lo que glorifica, en parte, al cristiano y la obra de Cristo, es su misión y permanencia en el mundo y en el tiempo después de dos mil años. Esa perspectiva histórica si echamos la vista atrás es lo que hace, si cabe, la gloria de Dios aún más grande; porque lo importante no es ni el tiempo ni la forma sino su presencia hoy y siempre; una causa que, si no fuera de Dios, no permanecería.

viernes, 4 de mayo de 2018

"Amaos" (Jn 15, 9-17)

Jesús se dirige a los suyos mediante un discurso que es más bien una despedida clara y sencilla,  precisamente porque su deseo es que, el mensaje que quiere transmitirles se recuerde siempre.
 
“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; Permaneced en mi amor”. El deseo de Jesús es que quede claro que Dios ama a sus hijos, y así ha de ser también entre los hijos, entre nosotros, por eso Jesús da ejemplo. Pero eso de amar, así “sin más”, se puede quedar en una idea abstracta si no lo materializamos, si no convertimos en acción ese deseo-sentimiento; Jesús lo sabía, por eso nos da la clave para que ese amor sea efectivo.
“Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor…”. Los mandamientos son la ley natural humana, las claves básicas para que nos realicemos, tanto como personas íntegras como para que nuestro espíritu se ponga en el camino de la perfección.
“Este es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. La clave y centro de esos mandamientos nos la facilita Jesús: “Amar a Dios y al prójimo”.
 
Es difícil vivir bien, o al menos con libre dignidad, si no nos sentimos queridos, si el amor no es nuestro motor de vida. Es difícil querer si no nos hemos sentido queridos alguna vez; si no sentimos a Dios como Padre, como un  amigo, sino como un juez y verdugo.
Jesús se empeña en transmitir esto a su pueblo: “Dios te ama”. Dios no quiere que le sirvas, es más, no necesita de nuestros servicios sino de nuestro amor. Porque lo que nace del amor es siempre mucho más fuerte, duradero, auténtico y libre, que lo que nace del temor y el servilismo.
“Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer…”. Dios entrega y se entrega. Dios comparte lo que es, porque Él nos ha elegido para que su reino se ponga en práctica y demos fruto, por tanto tenemos que conocer lo que quiere de nosotros. Dios no se guarda nada, no tiene secretos; en Él no cabe el egoísmo ni el hermetismo interesado.
En ocasiones nos consuela saber que cumplimos los mandamientos, que cumplimos con lo establecido y eso ya está bien, pero Jesús nos recuerda que estos mandamientos no son nada si no permanecen en Dios, si no somos de Dios, y ser de Dios es amar. Por tanto, por mucho que cumplamos normas, si no lo hacemos desde el amor incondicional no nos servirá de mucho.
A lo largo de la historia humana, también en la historia del cristianismo, las normas y leyes han ido cambiando y adaptándose a los tiempos, quizás a veces no tan rápido como nos gustaría  ni de la forma más justa para todos (prueba inequívoca de la humanidad de la iglesia) pero hay una norma de vida que debe ser eterna e incorrupta, y esa es la ley del Amor. Ese precisamente es el mandamiento del Padre, de Jesús, de Dios mismo. Por eso cualquier religión, más aún la cristiana, debe esforzarse en que nada ni nadie nos rompa, nos separe, nos aleje de lo fundamental, del centro. Si desplazamos el centro hacia fuera convirtiéndolo en algo periférico o secundario, estaríamos cayendo en un error.
 
Si nuestra fe se sustenta en el amor, nada ni nadie nos podrá separar de Dios.
 

viernes, 27 de abril de 2018

La verdadera vid (Jn 15, 1-8)

Este pasaje evangélico es la prueba de que Jesús no sólo era conocedor de la tradición de su pueblo sino que, además, la respetaba y la tomaba muy en serio. Si llegáramos al final de la cuestión podríamos afirmar que precisamente por eso padeció. Cuanto más en serio te tomas las cosas, las vives y luchas por ellas, más padecimientos sufres pero también disfrutas y celebras más y mejor los éxitos.
En la Escritura veterotestamentaria se compara constantemente al pueblo de Israel con una viña, y al Señor con su labrador. La cultura mediterránea, el cultivo tan extendido de la viña… facilitan y hacen proliferar los ejemplos y comparaciones entre el creyente y este cultivo y sus frutos.
Jesús, como buen maestro, aprovecha y continúa ejemplos y metáforas a las que ya estaba acostumbrado su pueblo para releer y renovar lo que Dios quiere del mismo.
 
“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto”. “Renovarse o morir” decimos en muchas ocasiones cuando queremos cambiar de rumbo o necesitamos un cambio; y es cierto, los humanos necesitamos ir redescubriendo y renovando nuestra presencia y la forma de la misma en este mundo, desde los ámbitos más familiares y cercanos hasta nuestra presencia como comunidad humana. Son necesarias, por tanto, renovaciones y “podas” en nuestra comunidad cristiana para retoñar con más fuerza y, sobre todo, con más fidelidad a nuestras raíces. Me vienen ahora mismo al recuerdo renovaciones y “podas” tan fructíferas dentro de la Iglesia como la reforma (poda de costumbres relajadas en la vida consagrada, y alejadas de su raíz) de Santa Teresa.  Y nuestra raíz, la raíz de la vid de la que somos sarmientos, es Jesús.
Ese es el horizonte que nunca debemos perder, porque si lo perdemos nos olvidaremos de quién somos y cómo ha de ser nuestra presencia en el mundo.
Los cristianos no podemos actuar como vides independientes. Pertenecemos a una misma tierra y tenemos un mismo labrador. Nosotros no somos la raíz sino que bebemos y nos hemos de alimentar de la savia de la vid a la que pertenecemos.
 
“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí”. Muchas veces actuamos de forma independiente, perdiendo el horizonte de la comunidad creyendo que daremos más frutos por nuestra cuenta, pero ahí corremos el riesgo de creernos vides, de creernos o adjudicarnos papeles que no nos competen.
¿Qué es un cristiano si no celebra, actúa, bebe de la savia de Cristo presente en la comunidad que ha decidido seguirle? ¿Qué es eso de: “soy cristiano pero no practicante”? ¿Dónde tiene eso su fundamento? ¿Puede haber comunidades unipersonales? ¿Cristo actuó por su cuenta o contando siempre con el Padre y acompañado de una comunidad?
La iglesia no es la vid sino un sarmiento; no cometamos el error de creernos vid. Algunos cometieron ese error en el pueblo de Israel y puede ocurrirnos también en la Iglesia, para luego decepcionar los planes y proyectos de Dios. Esa es una tarea que nos queda muy grande, que no nos podemos adjudicar ni por nuestros méritos ni por nuestra naturaleza, no tenemos la savia que alimenta sino que hemos de beber de ella y dar frutos, pero como sarmientos. Jesús les deja claro a los suyos ese tema: “Yo soy la vid”.
Un cristiano que no se nutre en una comunidad viva, renovadora, que bebe del Jesús verdadero y no del adulterado por una tradición simplista o vieja, se va secando como sarmiento que ha perdido su vinculación con la vid que posee la raíz y la savia.
Jesús está presente y vivo en su Iglesia, pero también está más allá de ella. Para nosotros, como sarmiento enraizado en la vid verdadera, está destinada la tarea de nutrirnos sin descanso de la savia y dejarnos podar por el labrador, que es el que sabe cuándo y dónde podar  para dar frutos abundantes.

sábado, 21 de abril de 2018

"Yo soy el buen pastor" (Jn 10, 1-10)

Este pasaje del evangelio puede llevar fácilmente a la errónea interpretación si no vamos a lo profundo de su mensaje.
Es cierto que Jesús era rotundo y tajante en según qué cosas o con qué temas y, aunque pueda dar esa impresión, aquí no está vanagloriándose de ser el único Señor y Salvador, que es cierto que lo es, sino que avisa de los falsos o malos pastores que dan rodeos y se escabullen para no atender a sus ovejas. En tiempos de Jesús abundaban falsos mesías y los malos pastores (sacerdotes y dirigentes que no obraban según la ley de Dios sino según sus intereses y “leyes”).
“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas”. El pueblo de Jesús, el pueblo judío, venía de una tradición semítica e itinerante y por eso la imagen del pastor (patriarca) conduciendo y dando ejemplo a sus ovejas era para ellos bien conocida. Un buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y reconocen su voz y le siguen. Ese pastor es capaz de dar su propia vida por ellas. Su trabajo no es para percibir un simple salario sino para la gloria de Dios y la construcción del Reino. Jesús ve cómo el pueblo sigue plenamente confiado, muchas veces también por miedo, a líderes del templo y sacerdotes que no son ejemplo y buscan la corrección y el cumplimiento en los demás, mientras ellos se saltan la ley que predican y no entran por la puerta verdadera, que no son las leyes que han inventado ellos sino el actuar y vivir desde el mismo amor de Dios.
En la iglesia de Jesús hemos de reconocerle a Él. Sólo reconociendo, primeramente, su voz y sus palabras podremos seguirle. Si no hacemos esto corremos el riesgo de seguir a pastores incoherentes que hacen un mal uso de la autoridad que les ha venido conferida por Dios y que no saben lo que dicho poder significa. Pastores que viven en la opulencia y la apariencia exigiendo moral y haciendo moralina en sus sermones mientras ellos no son capaces de entrar por la puerta verdadera. Pero también es cierto que Dios ha bendecido la iglesia dotándola de pastores que, antes de guiar al rebajo, han sabido escuchar la voz del verdadero Pastor, y guían con amor a su pueblo ofreciendo su vida en sacrificio y verdadera entrega al Reino.
Doy gracias a Dios por esos pastores que hemos tenido, y tenemos, en nuestra vida y que son reflejo del amor de Dios, pastores que al llamarnos reconocemos en su voz al verdadero Jesús, el Jesús de Nazaret.

sábado, 14 de abril de 2018

Soy Yo, no temáis (Jn 6, 16-21)

“Los discípulos de Jesús…, al oscurecer,…bajaron al lago…Era ya noche cerrada”. Bajar al lago para pescar, porque los discípulos eran pescadores, es decir vivir, comenzar con la faena, estar en la vida que te toca, en tus afanes del día a día…Era de noche, noche cerrada; en la vida tenemos noches oscuras, porque no todas las noches son iguales, porque hay días que uno no tiene ganas ni de verse, ni de ver/vivir con otros, en esos días que son noche oscura no tenemos presente ni siquiera a Dios, porque nos hemos centrado en el ego más solitario que se enraíza en nuestro profundo ser. Es ahí donde reside precisamente Dios, pero nosotros no lo vemos.
“Soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando”. Tenemos a Dios delante de nosotros pero nuestros miedos y cerrazones no quieren/pueden verlo, e  incluso lo confundimos con otras cosas y tenemos miedo de Él. Las tempestades de la vida, lo encrespado de esta, como cuando el lago se embraveció, nos nubla y buscamos consuelo y ayuda en cosas/personas a las que, aun sabiendo que no podrán saciarnos ni consolar nuestro deseo de plenitud, nos aferramos a ellas como si fueran nuestra tabla de salvación, para luego quedar aún más vacíos.
“Habían remado seis kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el lago, y se asustaron”. Habían navegado mucho sin Jesús en la barca. A veces caminamos mucho tiempo en la vida sin tener presente a Dios, confiando en nuestras solas fuerzas, cargando nuestras pilas vitales con nuestra soberbia y autosuficiencia, pero en realidad todo eso es sólo lo que creemos, un espejismo, porque la verdad es que no lo hacemos solos sino con esa parte divina que tenemos, en la medida que participamos del Ser de Dios, al ser sus criaturas, sus hijos; ya que somos, simplemente,  porque somos en Él.
“Pero Él les dijo: Soy yo, no temáis”. Y cuando más solos nos sentimos, cuando pensamos que pereceremos por lo difícil de las situaciones de la vida, descubrimos que es Él quien ha estado siempre con nosotros, que no era nuestra fortaleza sin más la que nos sacaba de las situaciones complicadas, que no éramos solo nosotros los que controlábamos todo sino que desde dentro, en lo profundo de nuestro ser/conciencia está Él, porque Él es el que es, nuestro ser.
Como los místicos afirman y nos enseñan, en la oración contemplativa, en el silencio más profundo del ser, en el encuentro con uno mismo… es dónde mejor lo vamos a descubrir, donde más claro lo vamos a escuchar, porque es el lugar del encuentro. Porque sólo después del encuentro místico en lo profundo de nuestro ser, es cuando podemos ser para los demás.
 
 

viernes, 6 de abril de 2018

¡PAZ a vosotros! (Jn 20, 19-31)

No es posible la luz sin antes haber experimentado las tinieblas. No se puede hablar ni saber lo que es la alegría, si no hemos pasado un periodo de tristeza y abatimiento. No se puede hablar de espíritu ni de resucitar a una vida nueva, si antes no hemos pasado por la experiencia de la muerte. Ya nos lo han dicho también nuestros santos; nos han hablado de las noches oscuras y la soledad que abruma y desespera. Todos hemos pasado o estamos pasando por momentos similares.

“Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Es evidente que el relato de Juan se redacta desde una comunidad naciente y desde una conciencia clara de identidad “cristiana”. El hecho de la separación entre los discípulos y los que claramente llama judíos, es la muestra de que el mesianismo de Jesús era ya aceptado por unos y rechazado por otros de manera oficial, pero cuando sucede este hecho de la aparición de Jesús a los discípulos, sólo horas después de la muerte de Jesús, los discípulos eran y se consideraban absolutamente judíos.

Aquí, sin embargo, los discípulos tienen miedo a los judíos. Hermanos que tienen miedo de otros hermanos ¿Por qué los humanos, muchas veces incluso entre hermanos, sentimos temores y miedos, o los provocamos? Conviene que reflexionemos esto, pero el mensaje de Jesús es muy claro: “PAZ A VOSOTROS”, y esto lo dice “enseñándoles las manos y el costado”. No merece la pena vivir con miedo; no merece la pena hacer sufrir hasta padecer miedo y angustia a otros hermanos. Las manos y el costado son los testigos físicos de su pasión, de la violencia de los hombres entre los hombres; Jesús dice: “No sea así entre vosotros”, todo lo contrario, reine la paz entre vosotros, ese es su saludo al resucitar.

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Su mensaje y su envío es la Paz en el mundo, esa es la misión del cristiano, hacer reinar la paz.

En nuestra iglesia también hay hermanos que padecen de una enfermedad que han provocado otros, el miedo, el temor a decir o ser ellos mismos, porque el juicio de los humanos, a veces, es más fuerte que el del mismo Dios. El baremo con el que guiará Dios su juicio es el amor, nos lo ha dicho muchas veces Jesús. Sin embargo, el juicio de los hombres no se guía por baremos de amor sino más bien de cumplimientos o preconcepciones que no atienden a la peculiaridad y las riquezas personales del ser humano que Dios ha creado.  

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en la llaga…, no lo creo”. Solemos juzgar muy rápido la actitud de Tomás pero en realidad todos llevamos un Tomás dentro de nosotros. Necesitamos ver, tocar, sentir para poder creer de verdad. Nuestra religión está llena de imágenes, objetos y reliquias que parece que nos ayudan, y han ayudado siempre, a acercarnos más Cristo y creer más en Él. Por eso, hemos de plantearnos qué ven muchos en la Iglesia para que, lejos de acercarse a ella, lo que pronuncian sus labios de forma inmediata sea: “Yo no creo en la Iglesia” y se aparten y la critiquen como anti testimonio. Si la Iglesia ha de ser  reflejo de Cristo y, con lo que ven en ella, apartamos a muchos, hemos de hacer una profunda reflexión. Una reflexión previamente personal y después comunitaria; Dios nos pide experiencia interna, ver con los ojos del corazón lo que llevamos dentro de nosotros mismos: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

sábado, 31 de marzo de 2018

Un final que es el comienzo (Jn 20, 1-9)

Resulta paradójico que lo que más nos cuesta creer a los cristianos, es precisamente lo único que nos hace cristianos. Es curioso como el hombre-cristiano celebra la muerte con todo sentimiento, llora y acompaña a los familiares que han perdido al ser querido, consuela con palabras humanas: “Es ley de vida” decimos…; “Hay que ser fuertes en estos momentos…” y expresiones así que, en realidad, sabemos que no consuelan, pero el caso es que no se nos ocurren otras en esos momentos; y, en la mayoría de los casos, guardamos silencio y reducimos nuestro pésame a un abrazo o una mirada de complicidad.
Es comprensible que el misterio de la muerte nos abata y nos deje sin palabras. Pero no ha de ser así, porque los cristianos debemos tener palabras de consuelo real y fe que, precisamente, se ha de hacer más fuerte en esos momentos. Porque si el Hijo del hombre es el Cristo, es precisamente porque colma la muerte de Vida y no porque padeció en una cruz.
 “Y vio la losa quitada del sepulcro…”. Jesús es Dios encarnado, y esa humanidad tiene su culmen precisamente en que se encarnó para resucitar y descubrirnos lo que hay detrás de nuestras losas de piedra y mármol, cuando pensamos que ya todo es oscuridad. Porque si un cristiano no cree firmemente que la muerte ya no es una losa sino la puerta abierta a la plenitud de la Vida, no es digno de llamarse cristiano.
No nos engañemos. Un cristiano no es el que es bueno sin más, ni el que ayuda al necesitado, ni siquiera el que se sacrifica por los demás. Todo eso es necesario para que un cristiano sea fiel a lo que Jesús quiso para la humanidad, pero no tiene sentido si no lo hacemos teniendo como horizonte y desde la alegría de sabernos salvados por medio de la resurrección.
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. No hemos de sentirnos culpables si, a veces, nuestra fe en la resurrección se ve acompañada de dudas.
Ni siquiera los que le habían acompañado de cerca, los discípulos, pueden aceptar o  “permitirse el lujo” de no estar tristes ante la muerte. Cuando llega la muerte no hay motivo para la alegría, ni siquiera después de una vida larga, llena de bendiciones, se nos ocurre darle gracias a Dios. A veces los cristianos perdemos la perspectiva de lo que significa la muerte, o en lo que Cristo la ha convertido.
“Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura”. Cuando descubres el inmenso gozo que supone que la Palabra se encarne y tome sentido en tu vida, que no se queda en algo que pasó hace miles de años sino que se actualiza cada día en tu vida y te ves reflejado/a en ella, no puedes sino ser plenamente feliz y actuar en consecuencia, y ahí es donde se  nota que somos cristianos, porque entiendes que lo que Cristo dijo e hizo, también te pasará a ti. Y, por supuesto, eso incluye una tumba vacía.
La vida plena, sin limitaciones, que alcanzaremos con la resurrección, hemos de darle sentido desde y con la vida que como humanos nos vamos fraguando. Porque la esperanza en la resurrección nunca ha de ser una excusa para maltratar la vida humana. Eso ha pasado y, desgraciadamente, sigue pasando hoy en algunos credos y religiones que, por querer alcanzar fanáticamente la vida eterna (creyéndose mártires), se maltrata/mata la vida que tanto amó Dios-Jesús. Porque “tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo al mundo” para vivir desde el amor.
Es posible que los cristianos estemos “locos” por creer en un Dios encarnado, que vive y muere como hombre, y que después creamos que resucita. Pero qué maravilloso es vivir esta locura de amor, sabiendo que el sentido de una vida lo da su final, y que dicho final es la resurrección.