viernes, 15 de junio de 2018

Como un grano de mostaza (Mc 4, 26-34)

Jesús se dirige a la muchedumbre. Una vez más resurge el buen maestro que lleva dentro; para explicar algo importante se sirve de la comparación, de ejemplos y referencias cotidianas, del día a día.
“El reino de Dios es como una semilla que germina o como un grano de mostaza”. Jesús explica el reino de Dios con dos parábolas. La una apoya a la otra; si alguien no ha cogido el sentido de la primera se puede acoger a la segunda, pero lo que Jesús no quiere es que nadie se vaya de allí sin haber entendido algo tan importante como el sentido del reino. Y por si aún queda alguna duda se dice al final de este texto evangélico que: “A sus discípulos se lo explicaba todo en privado”. Jesús se prepara, más bien prepara a los suyos, para que cuando ya no esté Él, sus discípulos puedan enseñar y explicar con fe, razón y sabiduría.
“¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?...Con un grano de mostaza”. A los cristianos de hoy quizás nos resulte un poco más difícil entender del todo el alcance o sentido de esta comparación; no era así para los vecinos de Jesús. Pero si has tenido la suerte de observar un árbol de mostaza y después has tenido en tus manos, como tengo yo ahora mientras escribo esta meditación, un grano de mostaza delante de ti, puedes llegar a entender que…
La semilla del reino de Dios, el mismo reino en potencia, ya lo tienes contigo desde el momento de tu concepción. El hecho de ser creatura de Dios hace que portes en ti esencia, hálito, semilla de tu Creador. No lo sabes, más bien no te das cuenta, pero está ahí y sigue su ciclo vital en ti. Si bien es cierto que las semillas del reino en cada uno llevan ritmos distintos, también lo es que Dios no abandona nunca a sus hijos, a ninguno de ellos, ni siquiera a los que abandonan el campo (su propia existencia) y la semilla que llevan en ellos.
Hay muchas formas de hacer germinar esa semilla; los sacramentos son el itinerario que marcan momentos e invitan y conducen a la santidad de vida. La integración real y comprometida en una comunidad cristiana, ayuda al cuidado serio y adulto de la fe que facilita la floración del reino. Pero no son las únicas formas en las que el reino puede aflorar en nuestro mundo. La práctica de la caridad con propios y ajenos, la lucha por la justicia y la verdad en nuestro día a día son, ya,  formas del cuidado de esa tierra en la que ha de hacerse real el reino.
Porque ¿Qué sería un reino de Dios de cultos, sacrificios y liturgias, pero vacío de amor a los hermanos? ¿Qué tipo de reino de Dios es aquel en el que se riega la tierra con sangre de hermanos mutilados por  no llamar a Dios de la misma manera con la que lo hacen los que, creyéndose dueños de la tierra, mutilan a otros hermanos?
Jesús tuvo claro que para que el reino se empezara a hacer real, antes había que preparar la tierra. A los cristianos nos toca preparar la tierra con caridad y justicia, y entonces se hará real y aflorará el reino de Dios que todos llevamos dentro, como un grano de mostaza.

sábado, 9 de junio de 2018

Mi madre y mis hermanos (Mc 3, 20-35)

La Palabra de hoy está llena de sorprendentes enseñanzas, buenas nuevas, nuevas buenas noticias…
Por un lado Jesús nos muestra ciertas relaciones ásperas con su familia, con los que estaban más cerca de Él a nivel consanguíneo, parece ser que su propia familia lo tenía por trastornado, poco cabal o fuera de sí… ya que estaba en boca de los que se dedicaban a ordenar la religión del momento (fariseos y escribas). Jesús nos muestra aquí que, en ocasiones, son más fuertes y unen más los lazos de la amistad que los de la misma sangre; que los lazos familiares no los eliges y debes asumirlos, pero que la amistad o la unión por la fe y valores son elegidos y unen de manera mucho más potente. La familia no lo critica, solo quieren alejarlo de los líos y por eso van en su busca, están preocupados por lo que pueda pasarle, está en boca de la gente y eso no es bueno para una familia de ámbito rural que es conocida por todos.
“El que blasfeme contra el Espíritu Santo…”. Por otro lado Jesús deja claro que Dios perdona y siempre está para lo que se le necesita pero que la blasfemia y el ataque contra el Espíritu, es decir contra Él mismo, no ha de tolerarse. Al mismo Espíritu de Dios lo acusan de estar poseído por otro espíritu maligno, esa acusación es rechazada por el mismo Jesús con una parábola/explicación muy sencilla que todos pudieron entender ¿Cómo es posible que el maligno haga cosas tan buenas? ¿No estaría echando piedras contra su propio tejado? Jesús habla por sus obras y rechaza aquellos que quieren confundir a los humildes.
“Estos son mi madre y mis hermanos”. Dios en Jesús establece unos nuevos lazos de consanguinidad; ahora seremos hermanos porque nos hemos elegido y no nos une la sangre sino algo más grande, la fe en Dios.
A Jesús no le duelen las acusaciones contra Él sino el que quieran apartarle de los que le han elegido, los pobres y necesitados de Dios, que se acercan porque han descubierto a Dios en medio de una sociedad de rechazo.
Hemos de cuidarnos cristianos, hemos de volver a repensar y creer en lo que nuestro bautismo nos ha otorgado, en lo que el Espíritu nos transmitió en la pila bautismal; no es otra cosa que el creer y practicar de verdad que todos somos hermanos y que nuestro Padre es Dios, así de claro y sencillo; y cuanto más claro y sencillo el mensaje, más difícil es la práctica en nuestras vidas llenas de intereses y elitismos sociales y religiosos.
El Espíritu nos sigue invitando hoy a considerar a todos nuestros hermanos. “La vida no se juega en la opinión de los otros, ni en la actitud que mantienen hacia nosotros, sino en la certeza de lo que somos”.

sábado, 2 de junio de 2018

Misterio de Amor (Mc 14, 12-16)

Es necesario que el hombre se posicione ante misterios como el de la Eucaristía para que nos demos cuenta de nuestra pequeñez. De nuestra pequeñez, pero también de nuestro atrevimiento y osadía al querer comprender del todo lo que Cristo-Dios desvela en este Misterio. Lo que sí parece estar claro es que, dentro del misterio de la Pascua-eucaristía, encontramos otro gran misterio humano muy pocas veces llevado a su culmen, el gran misterio del amor hasta la entrega de la propia vida. La entrega más extrema que un ser humano puede hacer.
Jesús utilizó en su cena de pascua el pan y el vino para tratar de explicarnos una parte de dicho misterio. Era lo más lógico y didáctico; Jesús como buen maestro-pedagogo partió de lo que ya sabían y conocían sus discípulos para introducir un cambio, una enseñanza nueva. Una enseñanza que cambiaría el mundo y la forma de entender a Dios y la religión (cualquier religión que sea digna de llamarse así, y que busque realmente al Creador y no esté manipulada por intereses humanos).
Pero tan cierto como que Jesús intentó ser lo más claro, didáctico y sencillo posible en aquella cena, lo es también (y Dios sabe cuánto me cuesta decir y reconocer esto) que hoy no hemos sabido, aún, llevar a término ese mandato de recordarlo en ese gesto de partir y REPARTIR el pan. Nuestras eucaristías distan mucho de la cena amistosa, cercana y en la que se todos se sentían familia, que celebraron Jesús y sus discípulos. Si bien es cierto que en ningún evangelio, excepto en Lucas y porque recibe la tradición de su maestro S. Pablo, hay referencia al recuerdo en memoria de Jesús con el gesto de la cena; ágapes o cenas que ya en tiempos de San Pablo creaban discordia y separación entre los hermanos por la manera de celebrarlas (1 Cor 11, 20-24).
Sabemos que hay muchas cosas que tienen que cambiar dentro de la Iglesia, es normal y necesario dentro de un grupo humano tan grande y con una tradición de tantos siglos. El cambio es necesario para ser auténticos. Y uno de esos cambios, todos sabemos que lo está necesitando, ha de ser para nuestra forma de celebrar la eucaristía, nuestra liturgia, pero aún sabiéndolo no damos muchos pasos para ello. Pensamos que cambiando algunos cantos, traduciendo a lenguas vernáculas y reduciendo algunas oraciones y prefacios, lo tenemos todo hecho. Decimos que la eucaristía está abierta a todo el mundo pero eso es sencillamente mentira, o al menos si en teoría es verdad, en la práctica los que estamos cerrados somos nosotros. Si realmente pensamos que la eucaristía es lo que nos define, en dónde somos enviados a la misión y en donde nos entendemos como cristianos y compartimos como una verdadera comunidad… Si realmente la eucaristía ha de ser eso, nuestras eucaristías dominicales han de cambiar ya. No podemos sobrevivir con unos pocos fieles, que sí, son fieles de verdad pero que poco pueden cambiar si no les dejan o sencillamente no saben cómo hacerlo.
Queridos hermanos (obispos de la Iglesia universal-católica). Nuestra eucaristía no solo no dice mucho a la gente que está lejos de nosotros sino que tampoco les dice a muchos hermanos que, habiendo recibido el bautismo, se sienten fuera de lugar. No podemos estar diciendo que es la casa de todos, un lugar y una cena para todos (también para los “Iscariotes”) y estar negando la comunión, negar a Cristo, a diestro y siniestro. No podemos estar atemorizando a los que, aún sintiéndose muy pecadores, sienten que tienen que ponerse en la fila de la comunión, y por unas palabras genéricas del sacerdote quedarse sentados sin la posibilidad de unirse físicamente a  Cristo.
Es cierto que necesitamos sínodos sobre la familia y otras cuestiones que han de quedar claras, pero ¿No pensáis  que urge también una revisión seria y madura de lo es, y así poder reflejarlo con autenticidad, el misterio identitario y la razón de ser  del cristiano? ¿No nos convendría un “sínodo” (cambio en la Iglesia) del misterio del Amor hasta el extremo?