viernes, 27 de julio de 2018

Compartir es el milagro (Jn 6, 1-15)

Es imprescindible, para entender todo el contenido de este pasaje, que tengamos en cuenta el anterior (lo que el domingo pasado decíamos que era la introducción a este; Mc 6, 30-34).
Jesús, antes de realizar el “milagro” de la multiplicación del alimento, es seguido por mucha gente (dice el texto que sólo hombres eran unos cinco mil; evidentemente nadie los contaría con exactitud ya que estamos hablando de un número simbólico). Teniendo la atención de toda esa gente, Jesús no les da primero de comer sino  que les habla; les habla porque de lo primero que están sedientos y hambrientos es de buenas noticias, de acompañamiento y comprensión. Están perdidos y desorientados (decía el texto del domingo pasado “como ovejas sin pastor”).
Jesús sabe que con el simple hecho de dar de comer a la muchedumbre no hace nada más que calmar una necesidad fisiológica, que es necesaria también, pero que no solucionará la raíz de los problemas de la gente. Quizás mucha gente iba buscando en Jesús soluciones rápidas a su hambre más material, pero lo que todos se encuentran antes es un regalo de Dios, la clave para entender muchas cosas, la clave para hacer de este mundo algo más justo; para hacer de este mundo el comienzo del reino de Dios. Jesús no da de comer sin más. Jesús enseña que la clave está en ellos, en la forma de entender su mundo, su vida y la vida con los demás (con los hermanos).
Hay para todos si se sabe repartir, si dejamos los egoísmos personales, si cambiamos el chip y no pensamos tanto en comprar como en repartir. Como afirma Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in veritate”, debemos construir una economía de la caridad, una economía del amor.
En esta sociedad en la que nos medimos por lo que tenemos, por lo que somos capaces de comprar, no cabe la solidaridad del compartir lo que tenemos sino que practicamos solidaridad de lo que nos sobra. Esa es precisamente la mentalidad que Jesús quería cambiar, esa es la clave para que nadie pase hambre y para que comiencen a cambiarse las estructuras de una sociedad injusta.
Las primeras comunidades cristianas esto lo entendieron muy bien; seguramente algunos de los miembros de estas primeras comunidades estuvieron presentes en esta lección-fraternidad del compartir, en este milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. El problema es que a nosotros nos ha llegado esta tradición demasiado viciada, muy divina y poco encarnada. Nos hemos quedado con el “milagrito” y eso nos ha impedido entender lo que realmente pasó, y, por tanto, nos impide poder ponerlo en práctica. En este pasaje dieron de lo que tenían y después sobró. Hoy nosotros, damos de lo que nos sobra y, como eso es poco, entonces lógicamente falta.
Las primeras eucaristías eran momentos reales de compartir. Tanta importancia tenía la Palabra como la comunión, como el momento en el que todos daban algo de lo que tenían para vivir en ese momento ¿Y nuestras eucaristías qué son? ¿En qué se han convertido? ¿Hacia dónde vamos?
María supo entender esto con una naturalidad pasmosa, con la “facilidad” que una madre entiende que nada es suyo, que su vida es don en cuanto que alumbra, protege y crea otras vidas. Le pido con todas mis fuerzas y mi vacilante y precaria fe a la Madre, que me haga entender el sentido del compartir sin mirar a quién, ni cuándo, ni cuánto.

sábado, 21 de julio de 2018

Saber parar parar escuchar (Mc 6, 30-34)

El texto evangélico ante el que nos situamos hoy es el preámbulo de uno de los relatos más conocidos del evangelio de Marcos, y me atrevería a decir de toda la Sagrada Escritura, como es el llamado milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. Pero hoy no requiere nuestra atención este “milagro” en concreto sino más bien su introducción, cuatro versículos Mc 6, 30-34, que aparentemente son insignificantes, pero que  guardan  una información muy rica sobre Jesús y las prioridades que estableció.
“Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús”. Es una de las pocas veces, si no la única, en donde el evangelista Marcos utiliza la denominación de apóstoles, diferenciándolo de la de discípulos. Esta diferencia no es una casualidad. Es necesario que se sepa que este grupo de seguidores cercanos a Jesús habían sido antes enviados por Él para una misión muy concreta, la misión de proclamar que el reino ya estaba cerca, y para eso les dio poder para expulsar espíritus inmundos y sanar. Se nos dice que los apóstoles le contaron a Jesús lo que habían hecho y enseñado. Venían de enseñar; venían de ser la voz del Maestro, eran maestros de la Palabra.
“Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Esta frase de Jesús me resulta entrañable. Jesús se preocupa por los suyos. Reconoce lo duro de la misión y desea que descansen y reparen fuerzas. Creo que es una  frase del evangelio que puede pasar fácilmente desapercibida, sin embargo personalmente me resulta reveladora en relación a la humanidad de Jesús y el cariño con el que cuidaba a sus seguidores más cercanos, los apóstoles.
No es que Jesús quisiera huir de la gente que les seguía, pero sí que el mismo Jesús reconoce que la misión agota y que es necesario el pequeño encuentro en el que poder compartir lo vivido y reparar fuerzas, e incluso corregirles en la intimidad si en algo hubiesen errado.
“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos; porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. La misión es agotadora sí, pero antes que reparar fuerzas está el encargarse de los que demandan más atención. La pretensión de descanso se frustró cuando, al llegar al lugar donde presumiblemente iban a estar más tranquilos, se encontraron con más gente que demandaba atención. Pero Jesús aprovecha la ocasión para hacer ver a los apóstoles que la prioridad son los otros, no ellos, nunca la prioridad puede ser uno mismo sino los demás, los más pequeños, “las ovejas que no tienen pastor” y demandan un guía. El descanso lo dejan para otro momento y Jesús se pone a enseñarles con calma; dedicándoles la atención y cariño que se merecen también estas gentes que esperaban su palabra. Jesús se ocupaba de los hambrientos y enfermos del cuerpo, pero también enseñaba, porque la enseñanza de Jesús es enseñanza para la vida, es Vida; porque aprendiendo de Jesús es la única manera de cambiar nuestro mundo y retornar a la justicia y el amor.
A veces, en la Iglesia, tenemos demasiadas prisas. Esas prisas por cumplir expediente (decir, no celebrar la misa, dar una clase, cumplir con…) hace que no reparemos en que lo que tenemos delante de nosotros son personas. Es más fácil echar unos céntimos en el cestillo y quedarse con la conciencia tranquila, que pararse a mirar a los ojos a alguien que te pide algo cuando te estás tomando una caña con los amigos. Pero el descanso y el ocio, la caña, pueden esperar y quizás esa persona necesita algo más que unos céntimos.
Tengo la sensación de que no nos paramos delante de los problemas reales de la gente, no nos paramos a enseñar con calma. Cumplir el expediente está bien pero no es suficiente, es inútil cuando delante tenemos a alguien que no sabe de lo que hablas, porque lo que necesita es que le escuches con calma y le enseñes desde el amor y la verdad. Hay cristianos que buscan desesperadamente al Jesús de la Verdad, el camino de Jesús (Jesús Camino) y una vida en Jesús (Jesús Vida), y no palabras huecas, generales y sin delicadeza que, muchas veces, por no saber de los problemas reales de la gente se hiere con palabras aprendidas y no rezadas.
Hay chicos y chicas adolescentes que no quieren escuchar los rollos de siempre sino que necesitan que, antes de que nadie les de la “brasa”, se les escuche porque no entienden por lo que están pasando y necesitan un buen pastor que les oriente, rectamente, pero sin prejuicios.
Le pido a Dios que seamos verdaderos apóstoles que entendamos que la misión agotadora a la que nos envía Jesús el nazareno, no merece descanso si vemos a hermanos que no saben por dónde tirar, que no encuentran lugar donde poder reposar porque andan por la vida con miedo, como ovejas sin pastor.

sábado, 14 de julio de 2018

La misión (Mc 6, 7-13)

La misión del cristiano no es para solitarios, es misión compartida, porque donde dos o más nos reunimos en nombre de Dios allí está Él; porque no es una misión simplemente humana, sino divina, en la que colaboramos los humanos que hemos sido llamados y hemos apostado por ella. Precisamente por eso, por su origen divino, no necesita de superficialidades ni estorbos humanos superfluos sino sencillamente de la voluntad, el amor y la fe; y por parte de quien la recibe buena acogida y gratitud.
Así es como Dios sueña un mundo justo y equilibrado para nosotros sus hijos ¿De qué sirve mucha maleta para el camino, si cuando lleguemos al destino encontramos una buena acogida de los hermanos y tendremos lo necesario? Y si no lo encontramos, con irnos nos basta.
Quizás las muchas cosas externas estorben al mensaje principal, a las decisiones que debemos tomar, a los sentimientos… Esta misión está liderada por el amor, ese mismo amor es el que tiene autoridad sobre “espíritus inmundos”, es decir, sobre injusticias, estigmas y dolencias de alma y cuerpo. Sólo con amor y comprensión, los humanos podemos vencer los miedos que hacen que nos despreciemos, nos matemos por no profesar el mismo credo o las mismas ideas… Esa es la autoridad que Jesús da a sus discípulos, la autoridad del amor, porque lo que se hace con amor lo justifica todo.
En definitiva, lo que Jesús quiere trasladar a su pueblo, a través de sus discípulos, es que el estilo de vida que Él llevaba con sus apóstoles, lo pueden/podemos llevar todos. Que necesitamos un cambio en nuestras costumbres para que nuestro mundo sea más justo y equilibrado. Mientras unos viven en la sobreabundancia, otros no tienen ni qué comer ni con qué vestirse, y eso quien no lo quiera ver o escuchar es digno de que se sacudan hasta el polvo que se ha pegado en los pies del mensajero, discípulo,  al salir de su casa.
Jesús no propone una vida llena de excentricidades, no pretende que vivamos en la miseria. Como bien dice J. M del Castillo: “El Evangelio no presenta una forma externa y extravagante de vivir. Lo que el Evangelio ofrece es una forma de vivir, que no está ni determinada ni condicionada por el dinero y el bienestar, sino por el proyecto de aliviar el sufrimiento y por el respeto a la dignidad y los derechos de todos”.
Porque no está mal vivir con dignidad, pero si la dignidad pasa a la comodidad pasiva del que quiere hacerse sordo o ciego, es decir, un espíritu inmundo, es misión del discípulo de Cristo el sacarlo del corazón de esos hombres que están poseídos, para que puedan ver con claridad y descubrir un mundo nuevo.
 
 

sábado, 7 de julio de 2018

Descubrir a Dios en el prójimo (Mc 6, 1-6)

Prejuicios, hoy me lleva la Palabra a hablar de los prejuicios con los que nos condicionamos y condicionamos a nuestros semejantes y, más aún, en muchas ocasiones a los que más cerca tenemos.
 
“Fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos”. El modo de proceder de Jesús no fue distinto en su pueblo del que utilizaba en otros lugares, no fue distinto porque estuviera con los “suyos”, no tuvo un trato de favor en el hablar o el hacer. Sin embargo, con Él, los suyos si tuvieron reparos, diferencias, prejuicios…
 
“¿De dónde saca todo esto?”. Por un lado, nos mueve la curiosidad de saber qué tiene que ofrecernos alguien del pueblo que ha estado tiempo fuera, en la ciudad, con gentes de otros lugares… Y por otro, partimos ya con preconcepciones e ideas que condicionan nuestro juicio hacia los otros, en cuanto oímos cosas que nos descolocan o que no entran en nuestros esquemas mentales; cualquier novedad que pueda hacernos cambiar o que simplemente requiera asumir riesgos ante lo desconocido, nos hace reaccionar rechazando lo diferente con la excusa de que sabemos de dónde o de quién viene. Lo más fácil entonces es juzgar, descartar, desechar tanto a las propuestas como a las personas.
Nos cuesta descubrir a Dios de una forma tan cercana, en lo cotidiano y lo conocido. Parece como si no estuviéramos preparados para descubrir a Dios en los otros, y aún es  más difícil si ese otro es un vecino nuestro, un familiar, o alguien que vive en el mismo lugar que nosotros. Sin embargo, hemos de acostumbrarnos y aprender del Maestro, Él nos enseña que Dios está a nuestro lado, más cerca de lo que pensamos o creemos; que a Dios no podemos, no debemos, esperarle en un carro de fuego como pensaban sus vecinos que llegaría el profeta Elías. Dios se encarna en la cotidianidad, en la humanidad más cercana.
La Iglesia ha de seguir aprendiendo y transmitiendo a toda la humanidad que Dios no sólo está en los cielos, que esa afirmación de nuestro credo está antes precedida por la encarnación en la tierra. La Iglesia no podrá nunca ser reflejo de Cristo si no cree esto  profundamente y actúa en consecuencia; es decir, si los cristianos no tratamos al prójimo como si del mismo Dios se tratara, sabiendo y creyendo que cuando hacemos con los hermanos, actuamos con Cristo.
 
“No pudo hacer allí ningún milagro…, y se extrañó de su falta de fe”. Sí, quizás es cierto que para eso hay que tener fe; quizás para descubrir verdaderamente a Dios en los demás hay que tener mucha fe, pero esa es la única manera en la que Él puede actuar entre nosotros, a través de la fe.

sábado, 30 de junio de 2018

Tocar a Jesús (Mc 5, 21-43)

Llama la atención como, tanto el jefe de la sinagoga como la mujer enferma, “hemorroísa”, se acercan a Jesús ante la desesperación vital en la que se encuentran. Jairo porque su hija estaba en las últimas: “Mi hija está en las últimas”, y la mujer que sufría hemorragias porque: “Se había gastado toda su fortuna en médicos sin conseguir nada”. Desesperados sí, pero también con algo en común mayor aún que la desesperación, la fe. La fe en Jesús hasta el punto de creer que podía devolverles la vida, la salud que les faltaba. Y ciertamente la situación de ambos debía ser extrema cuando uno no tiene reparos ni temores en acercarse a Jesús siendo jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, y la otra afronta el que pudiera ser pillada y juzgada por saltarse la ley religiosa referente a la sangre y la mujer.
Jesús sabe quién le ha tocado, Jesús nota que alguien se acerca a Él de una manera distinta al mero acercamiento físico. Él nota que le “roban” fuerza, el Espíritu sale de Jesús para acompañar a la mujer, para sanar a través de la fe. Por supuesto que Jesús no quería dejar a la mujer en evidencia, ni mucho menos denunciar su osadía al acercarse, sabiendo que padecía hemorragias, y tocar el manto del maestro. Jesús quiere aprovechar ese acto de profunda valentía y fe, esa demostración de confianza en Dios de la mujer, para anunciar la Buena Nueva. La mujer no ha de sentirse avergonzada, no ha de robar fuerza a Dios sino acercarse a Él con confianza y libertad, sentir a Dios como un Padre bueno. Acercarse a Jesús no ha de ser motivo de vergüenza, confiar en Dios ha de ser motivo para sentirse orgulloso y pregonarlo: “Mujer tu fe te ha salvado”.
Seguramente tenemos a nuestro lado personas que necesitan de Dios, necesitan de nosotros, y ni siquiera nos damos cuenta. Sienten vergüenza de sus vidas, vergüenza de su situación, sienten que van a ser juzgados o peor aún, condenados, y prefieren llevar su pena, enfermedad o problemas en silencio porque piensan que nadie les puede ayudar. El cristiano está en este mundo, no para humillar sino para ayudar; no para juzgar sino para acompañar y proclamar que Dios, Jesús, nos quiere como somos. Donde la religión judía juzga y condena, Jesús, proclama Buena Nueva y ensalza al necesitado.
“Vete en paz y con salud”. Ambas cosas son necesarias; irse en paz, sabiéndose salvada, e irse tranquila porque se sabe curada. Es muy importante resaltar que Jesús no solo cura sino que también salva. Jesús actúa primero por dentro, dignifica, y después cura, sana, acompaña…
Jairo no era discípulo de Jesús, seguramente ni siquiera había visto muchas cosas de las que se decía que hacía Jesús, pero lo que sí es cierto es que confiaba, creía en Jesús. A veces no nos dejamos acompañar por Jesús, porque nos falta fe.
En la Iglesia falta, muchas veces, proclamar a viva voz que Dios no se avergüenza de ninguno de sus hijos, que Dios ama, y ama tan fuerte y con tanta intensidad que es un amor que escandaliza; porque ninguno de nosotros, que solemos juzgar al hermano, seremos nunca capaces de amar como nos ama Dios.

viernes, 22 de junio de 2018

Vivir desde la fe (Mc 4, 35-40)

En un afán literalista hay quién simplemente ve el “prodigio” o milagro de la tempestad calmada de Jesús en este pasaje como una acción extraordinaria. Quedarse sólo con lo sensacionalista o el lado más espectacular e incomprensible de Jesús no ayuda a personalizar y hacer nuestro, en su totalidad, este pasaje.
Lo importante no es si Jesús, como Dios, mandó callar al viento y las olas y estos le obedecieron. No vamos a ignorar que este tipo de cosas, el sentir que Jesús es Dios y que queda “demostrado” con estas proezas, nos gustan y animan pero ciertamente esa lectura sería simplista, reduciría a Jesús y nos alejaríamos del Cristo encarnado y más humano.
 
“Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua” ¿Quién no tiene que lidiar en su día a día con pequeñas tormentas e incluso huracanes de todo tipo? Los problemas y la forma de afrontarlos, es lo que nos recuerda que la vida, aunque un don maravilloso, no es fácil en ciertos momentos. Lo que nos diferencia a unos de otros, es el modo con el que afrontamos la vida, la actitud con la que vivimos y los pilares que hemos decidido tener. Si Jesús está en la construcción de  nuestra vida, también lo tiene que estar en el modo en el que resolvemos las dificultades. Su ejemplo y modo de actuar ha de servir de ejemplo y guía, y ha de alentarnos.
 
“Él estaba en popa, dormido sobre un almohadón” ¿Dónde está Dios? Esta pregunta surge cada vez que no lo sentimos en nuestro día a día, cuando nos sentimos abandonados, cuando sentimos que da lo mismo ser cristiano o no porque la vida nos trata a todos igual ¡Y claro que ha de ser así! Los cristianos no podemos pensar que por el hecho de serlo, tenemos la exclusiva de la ayuda exprés de Dios.
Ya por el hecho de haber descubierto a Jesús en nuestra vida somos privilegiados, pero eso no significa que tengamos la exclusiva de la salvación.
Como ocurre en el final de este pasaje, quizás nos gustaría preguntarnos más bien: “¿Quién es este?” Al observar que Dios nos resuelve las cosas pero, sin embargo, a veces, sentimos que Dios “duerme”, que no se hace cargo de nuestros problemas, que estamos a la deriva.
 
Él les dijo: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”.  El miedo es completamente humano, pero si al miedo le unimos la falta de fe la ecuación es miedo y soledad. El miedo hace que en la vida tomemos decisiones equivocadas o que sencillamente no las tomemos. El miedo es uno de los grandes fantasmas de nuestra vida ¿Cómo puede ser que algo que ni se ve ni se toca nos pueda hacer temblar y pueda llegar a condicionarnos tanto? Eso es precisamente lo que reprocha Jesús a sus discípulos, que en la balanza de la vida, a veces, gane el miedo a la fe. Fe y miedo, ambos invisibles pero reales.
Jesús nos anima a que, despojándonos de nuestros miedos, vivamos desde la fe.
 

viernes, 15 de junio de 2018

Como un grano de mostaza (Mc 4, 26-34)

Jesús se dirige a la muchedumbre. Una vez más resurge el buen maestro que lleva dentro; para explicar algo importante se sirve de la comparación, de ejemplos y referencias cotidianas, del día a día.
“El reino de Dios es como una semilla que germina o como un grano de mostaza”. Jesús explica el reino de Dios con dos parábolas. La una apoya a la otra; si alguien no ha cogido el sentido de la primera se puede acoger a la segunda, pero lo que Jesús no quiere es que nadie se vaya de allí sin haber entendido algo tan importante como el sentido del reino. Y por si aún queda alguna duda se dice al final de este texto evangélico que: “A sus discípulos se lo explicaba todo en privado”. Jesús se prepara, más bien prepara a los suyos, para que cuando ya no esté Él, sus discípulos puedan enseñar y explicar con fe, razón y sabiduría.
“¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?...Con un grano de mostaza”. A los cristianos de hoy quizás nos resulte un poco más difícil entender del todo el alcance o sentido de esta comparación; no era así para los vecinos de Jesús. Pero si has tenido la suerte de observar un árbol de mostaza y después has tenido en tus manos, como tengo yo ahora mientras escribo esta meditación, un grano de mostaza delante de ti, puedes llegar a entender que…
La semilla del reino de Dios, el mismo reino en potencia, ya lo tienes contigo desde el momento de tu concepción. El hecho de ser creatura de Dios hace que portes en ti esencia, hálito, semilla de tu Creador. No lo sabes, más bien no te das cuenta, pero está ahí y sigue su ciclo vital en ti. Si bien es cierto que las semillas del reino en cada uno llevan ritmos distintos, también lo es que Dios no abandona nunca a sus hijos, a ninguno de ellos, ni siquiera a los que abandonan el campo (su propia existencia) y la semilla que llevan en ellos.
Hay muchas formas de hacer germinar esa semilla; los sacramentos son el itinerario que marcan momentos e invitan y conducen a la santidad de vida. La integración real y comprometida en una comunidad cristiana, ayuda al cuidado serio y adulto de la fe que facilita la floración del reino. Pero no son las únicas formas en las que el reino puede aflorar en nuestro mundo. La práctica de la caridad con propios y ajenos, la lucha por la justicia y la verdad en nuestro día a día son, ya,  formas del cuidado de esa tierra en la que ha de hacerse real el reino.
Porque ¿Qué sería un reino de Dios de cultos, sacrificios y liturgias, pero vacío de amor a los hermanos? ¿Qué tipo de reino de Dios es aquel en el que se riega la tierra con sangre de hermanos mutilados por  no llamar a Dios de la misma manera con la que lo hacen los que, creyéndose dueños de la tierra, mutilan a otros hermanos?
Jesús tuvo claro que para que el reino se empezara a hacer real, antes había que preparar la tierra. A los cristianos nos toca preparar la tierra con caridad y justicia, y entonces se hará real y aflorará el reino de Dios que todos llevamos dentro, como un grano de mostaza.