viernes, 12 de octubre de 2018

La dificultad de decidir (Mc 10, 17-30)

 
El ser humano, en los más hondo de su ser, sabe ciertamente lo que está bien y lo que no; lo que puede hacer para cambiar las cosas y lo que propicia que todo siga igual.
Jesús era claro, directo y miraba a los ojos (a las circunstancias de cada persona), algo que le capacitaba para aconsejar y acompañar a cada uno en su individualidad. Por eso, al igual que el personaje del relato, muchos se acercaban a Jesús pidiéndole consejos.
“Maestro bueno ¿Qué haré para heredar la vida eterna?”. El hombre siempre aspira a más, es inconformista por naturaleza. No nos basta con los bienes materiales, más bien tenemos la experiencia de que no nos llenan, no son suficientes para alcanzar la ansiada y completa felicidad.
Este hombre, como muchos de nosotros, sentimos que en nuestro día a día algo nos falta; en el fondo sabemos lo que es, o hacia dónde dirigirnos para acercarnos a ello pero tenemos miedo de perder (sobre todo cosas materiales) y por eso vivimos en una continua insatisfacción, en un círculo vicioso que nos lleva a lamentarnos de nuestra situación pero a la vez estamos instalados en el inmovilismo.
Por esta razón, también necesitamos el consejo de otros, que nuestra situación se vea desde otra perspectiva, quizás para que otra voz (que no sea sólo la de nuestra conciencia) nos diga lo que deberíamos hacer. Por eso, también el rico del relato se acerca a Jesús.
“Todo eso lo he cumplido desde pequeño…”. En un principio nos contentamos con cumplir lo que los preceptos humanos consideran un mínimo pero una vez que cumplimos esto, sin demasiado esfuerzo, sale la verdad, la búsqueda incansable de la misma (como le ha pasado a muchos santos en la historia como San Agustín) y no nos vemos ni conformes ni satisfechos.
“Una cosa te falta…ven y sígueme”. Sólo una cosa nos puede llenar. Jesús nos propone un cambio de vida desde el interior. Normalmente hacemos las cosas al revés, cambiamos nuestras circunstancias externas esperando que nos cambien por dentro pero Jesús sabe bien de la inquietud y necesidad humana y nos propone algo que, en un principio, conlleva sacrificios y renuncias; pero todo será ganancia si nos despegamos de lo que nos encadena a las cosas más superfluas de este mundo. Y así estamos, en esta lucha continua y en este difícil equilibrio pero que es la clave de la felicidad. La llave que nos lleva al encuentro cara a cara con Jesús en el camino de la vida.
En nuestro mundo gozar a la vez de igualdad y libertad es imposible, porque la lucha por la igualdad nos lleva a controlar a los otros (dictaduras en muchos casos) y la lucha por la libertad, al dominio de los que más pueden o tienen sobre los más vulnerables. Pero hay una forma de conjugar ambas y sabemos cuál es, el evangelio de Jesús. Este evangelio, como bien dice J. M Castillo, no ha de reducirse a una religión sino que ha de ser un proyecto de vida válido para todos.  Así lo propuso y lo vivió Él.
Él propone, nosotros decidimos si lo acompañamos o, de momento, nos quedamos cabizbajos en el camino.

viernes, 5 de octubre de 2018

Una sola carne (Mc 10, 2-16)

Lo que se plantea en este texto realmente no es el tema del matrimonio y el divorcio como tal sino más bien la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer en la sociedad-religión judía. 
“¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. No hemos de perder de vista quién es quienes le plantean el tema a Jesús y con qué intenciones. Son los fariseos, los mimos que muchas otras veces habían acudido a Él con intenciones de pillarle en renuncios en relación a la Ley y las normas, en torno a la pureza y el templo…
Los judíos fariseos consideraban los derechos de los hombres casi ilimitados, como defendían algunas escuelas rabínicas, y ellos querían saber si Jesús estaba de acuerdo con ello (Este texto no puede entenderse del todo si no se lee Dt 24, 1-4). La defensa de la dignidad de la mujer que abanderaba Jesús era por todos conocida, y esa actitud chirriaba en los sectores judíos más radicales. No obstante, para ser sinceros, tenemos que decir que entre la comunidad teológica no hay consenso en si este texto es realmente de época de Jesús (es decir si se le puede atribuir a Él) o pertenece a una comunidad primitiva pero postpascual; sea como fuere, es ya un intento de revalorizar la dignidad del matrimonio y, sobre todo, de la mujer en el cristianismo más naciente.
“Serán los dos una sola carne”. Jesús, como muchas otras veces, ve en los fariseos intenciones  y poco inocentes, y les deja claro que el hombre y la mujer han de tener los mismos derechos. Al unirse en matrimonio el hombre y la mujer ya no son dos sino una sola carne, y por lo tanto gozan de los mismos derechos y las mismas obligaciones.
El tema del divorcio en la sociedad judía no se entendía como lo entendemos en la actualidad en nuestra sociedad occidental. Evidentemente la situación de la mujer a todos los niveles tampoco era la misma, por tanto las obligaciones y derechos de que podía disfrutar tampoco lo eran.
Dios nos ha hecho distintos, no solo al hombre y la mujer sino a todos los seres humanos; y que como bien dice J. M. Castillo, entre el hombre y la mujer: “La diferencia es un hecho, pero la igualdad es un derecho”.