domingo, 31 de diciembre de 2017

Bendecir como Simeón-día de la familia (Lc 2, 22-40)

La presentación de Jesús en el templo es un hecho que nos da fe de la piedad y el sentido de Dios que tenía la familia de Nazaret.
Hoy, día de la familia, seguimos teniendo como ejemplo de nuestros hogares a la familia que, en torno a Dios y por Dios, formaron José, María y Jesús. Ellos supieron discernir, no  sin dificultades, en todos los momentos de sus vidas tanto personal como familiar, cuál era la voluntad de Dios y la llevaron a cabo. María no lo tuvo fácil al aceptar el plan que Dios tenía para ella, aunque siempre elogiemos y veneremos su gran sí, ella tuvo dificultades en una sociedad que la hubiese visto como adúltera. José tampoco tuvo unas circunstancias fáciles al acoger en su familia a un niño que no venía de su carne y aceptar formar una familia pero, aún en las dificultades, la familia de Nazaret supo anteponer el amor entre ellos y a Dios antes que sus propios intereses, sospechas, miedos, desconfianzas…
Hoy, día en el que la familia de Nazaret presenta al niño en el templo (ante Dios) me pregunto si no estamos perdiendo el rumbo-sentido de nuestras propias vidas cuando nos nace una “criatura” en nuestras familias. Hoy hay muchas familias que ni se plantean bendecir a Dios, como lo hizo el anciano Simeón, ni presentar a sus hijos ante Dios agradeciendo el don de la vida y ofreciendo los frutos de la misma. Anteponemos nuestras fiestas y celebraciones (que suelen ser simple junta y comida) a la bendición, presentación e ingreso en la Iglesia que significa el bautismo.
Ser agradecidos con Dios nos hará reconocer lo bueno que hemos recibido. Esa actitud también nos hará educar en la libertad, el amor y la solidaridad a nuestros hijos. Ser como la familia de Nazaret significa que tenemos la capacidad de educar a nuestros hijos en la sana libertad del que decide su vida asentándola en pilares robustos como el amor; construyendo así familias que dejan de lado la educación egoísta y competitiva para asimilarse a la manera de educar de la Sagrada Familia.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Y la Palabra...¿se hace carne? (Jn 1, 1-18)

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”. Al escuchar este evangelio me viene a la cabeza la veneración y respeto con que los judíos tratan la Palabra (Tanaj). De esto nos damos cuenta si analizamos bien el evangelio de Juan, desde el mismo capítulo y versículo uno, viendo como identifica inseparablemente a Dios Padre (El Dios creador y origen de todo de la tradición veterotestamentaria) con la encarnación de Dios, Jesús-Dios hecho hombre.
El Dios que crea todo a través de su Palabra, se encarna a través de la Palabra para ser Palabra; Palabra de Dios. Y así  lo proclamamos al leer la Biblia en nuestras celebraciones, pero a veces me da la impresión de que no terminamos de creérnoslo. La actitud tanto interior como corporal al escuchar la Palabra no da signos de estar delante del mismo Dios, de estar escuchando su misma Palabra. En esto nuestros hermanos judíos se han cuidado más, y así nos lo enseñaron y transmitieron cuando aún no nos llamábamos cristianos sino judeocristianos.
No me estoy refiriendo simplemente a la liturgia eucarística que reservamos a la Palabra sino al cuidado personal y transmisión que hacemos de ella en nuestro día a día.
“En la palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Esa es la clave. Si creemos firmemente que la Palabra puede ayudarnos a vivir, que puede ser y debe ser el lugar desde donde edificar nuestra vida, no dejaremos de tener contratiempos pero si tendremos más luz, porque esa luz brillará en la tiniebla, y para que esto sea así hemos de empezar por creer que es posible.
Dios no es lo que nosotros queremos que sea sino lo que es, y lo que es lo es en Jesús porque el mismo Dios ha querido revelarse a los hombres como hombre y como Palabra; Por eso, la Palabra de Dios ha de ocupar en nuestra liturgia y nuestra vida un lugar privilegiado.
Como bien afirma Martínez Lozano: “La realidad, y por lo tanto nuestra identidad, es solo una. El engaño se produce porque nuestra mente lo fracciona. En lugar de vivir esa realidad-identidad en su verdad una, la mente la ve “dentro” de nosotros y la llama “yo”; la ve “fuera” y la llama “mundo”; la ve “arriba” y la llama “Dios”. Pero son solo separaciones y fracturas creadas por la mente. La experiencia mística, que transciende la mente, consiste precisamente en la percepción de la unidad que late en el corazón de todas las formas diferentes”.
Queridos/as lectores/as, os deseo de todo corazón un feliz nacimiento de la Palabra en nuestras vidas, del Dios encarnado.
 

viernes, 1 de diciembre de 2017

ADVIENTO (Mc 13, 33-37. Mc 1, 1-8. Jn 1, 6-8. 19-28. Lc 1, 26-38)

Queridos amigos lectores, en esta ocasión quiero compartir con vosotros una reflexión más amplia, puesto que he querido unificar los cuatro evangelios de los domingos de Adviento y hacer un solo comentario que nos ayude en este tiempo de preparación.
Hay momentos en los que el Adviento me interroga y cuestiona más allá del propio tiempo litúrgico. Creo que hemos de intentar que toda nuestra vida sea un Adviento-navidad, un prepararnos constante para que Dios encarnado, Jesús, esté en nuestras vidas, sea nuestra vida. Si reducimos el Aviento a cuatro velas (sin despreciar el sentido litúrgico y rico del símbolo) estamos cayendo en una religión de “lo que toca”, rutinaria e inércica.
“Está escrito en el profeta Isaías…”. Es una llegada bien anunciada. No podemos decir que nos pilla de sorpresa, que tenemos la casa sin barrer, las lámparas sin encender, la despensa vacía… Es un invitado bien anunciado. Pero quizás no como esperábamos y nos habíamos hecho otra idea ¿Es una visita molesta? ¿Nos vemos obligados a recibirle?
Ciertamente, ya los profetas lo anunciaron, Isaías es la gran voz del Antiguo Testamento que ve clara y anuncia esta llegada con notas muy acertadas. Pero si este profeta nos queda muy lejano, Juan Bautista nos lo vuelve a anunciar de forma mucho más clara, con más detalles e inminencia ¿Qué es lo que no nos cuadra aquí o no nos gusta? ¿Es ahora el que anuncia, el que no nos gusta? Quizás ese personaje tan austero y radical nos asusta y preferimos no oírle.
Él prepara el camino: “Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino, una voz grita…”. Pero lo que grita esa voz en el desierto, en mitad de los pueblos…  “¡Preparad…Allanad!”, es una invitación personal pero también comunitaria, para toda la humanidad. Es una voz de alerta ¡Oíd, estad preparados para cambiar porque no se puede continuar así…! ¿Cómo debemos prepararnos los cristianos para la venida? Está claro que es necesaria una preparación-purificación personal, pero también hemos de mirarnos como comunidad de manera interna y a los ojos del mundo, y saber cómo hemos de prepararnos y presentarnos como Iglesia.
“Acudían las gentes de Judea y Jerusalén, confesaban sus pecados…”. Juan recibía a la gente que confesaba sus pecados. Sabernos pecadores, débiles, pero bajo el cobijo de la mano de Dios; tener verdaderas intenciones de cambiar cosas que hacen de nuestra vida algo mediocre. Una vez limpios, en paz… sí estaremos preparados para descubrir la felicidad, el sentido de una vida plena, el camino verdadero hacia Dios.
La oración es buena y necesaria, pero seríamos una simple voz-grito en el desierto estéril de nuestra vida si, esa oración, no va acompañada de actos que testimonien y que ayuden a que dicha oración sea vivida. Vestirse de piel de camello y alimentarse de lo básico, es reconocerse parte de este mundo y reconocer que desde él es desde donde podemos y debemos empezar a cambiar.
El desierto para el judío es sinónimo del encuentro con Dios; en medio del desierto, de lo estéril y lo seco, Dios se encuentra con el hombre porque allí nada “molesta”. La humildad de Juan Bautista, reconociendo su lugar: “Soy sólo una voz…”, “No merezco ni desatarle la correa de las sandalias…”, rompe con una tradición sacerdotal que hubiese sido fácil continuar y a la que estaba destinado (sus padres venían, ambos, de dicha tradición sacerdotal) sin embargo Juan decide hacer del desierto, del Jordán y sus orillas, el nuevo templo físico en donde resuena la voz de Dios.
Dios trastoca nuestros planes, ideas y órdenes establecidos. Trastoca lo oficialmente “correcto” para mostrarnos lo incorrectamente bueno.
Sacerdotes, levitas y fariseos preguntan, interrogan hasta la extenuación intentando pillarle, no respetan la persona, no respetan la humildad de Juan. Respetar lo sagrado es respetar antes lo humano. El humano, con toda su impureza y miseria, es el templo donde habita Dios, por eso hemos de saber que es en vano dedicarnos a una liturgia rica en palabras y símbolos si antes no respetamos la dignidad humana. Cuando con preceptos humano-religiosos hacemos daño a la gente y como consecuencia les alejamos de Dios, nos deberíamos cuestionar si no estamos  cometiendo sacrilegio.
A veces corremos el riesgo de olvidarnos de quién somos y hasta dónde llegan nuestras competencias. Las “competencias” , si pueden llamarse así, de Dios son sólo suyas y ninguna categoría/persona humana ha de caer en el error de intentar adquirirlas, porque sólo a Él pertenecen; caer en el error de una nueva torre de Babel sería retroceder.
“En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios…”. Un nuevo anunciador, el ángel Gabriel, entra en la tranquila vida de María en el momento preciso, es el mensajero directo de Dios, es la señal más clara, la que da fe de que lo que el humano siente viene de Dios y hemos de responder en libertad.
Galilea y María. Un lugar absolutamente desprestigiado y tenido en poca consideración por los judíos, y una mujer pobre. Dios habla con una mujer, le anuncia un plan para el que ha sido elegida. Dios podía haberse comunicado con Joaquín, el padre de María, para seguir con esa tradición tan férreamente patriarcal, y que el padre le hubiese comunicado a su hija dicho plan. Dios podía haber sido un padre más de los que se reunían para concertar el matrimonio de sus hijas con otros padres. Pero no, Dios rompe nuestros planes y estructuras y se dirige directamente, propone a la mujer-humilde, María, un plan que necesita de su aceptación personal.
“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. No hay mayor alegría  que el saber que Dios está en nuestras vidas, por eso María acepta, asume, acoge con inmensa paz y confianza planes para su vida que no entiende, pero sabe que vienen del mejor “lugar” que pueden venir, de la voluntad de Dios. A veces dudo si hablar de la “voluntad de Dios”, tan utilizada por otra parte en nuestro lenguaje cristiano más tradicional, como si de empeño divino se tratara. Más bien Dios sabe de nosotros, nos conoce y en relación a ese conocimiento de sus hijos sabe hasta dónde podemos llegar y lo que podemos ofrecer. Por tanto Él propone, dejando a nuestra voluntad, ahora sí, el que acojamos y aceptemos libremente esas propuestas, esos planes…
“Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según su palabra”. Ahí es dónde estamos haciendo real el Adviento en nuestras vidas, en la aceptación libre de lo que puede llegar y transformarnos para siempre, en lo que se nos propone con Amor y se espera que respondamos con libertad.



sábado, 25 de noviembre de 2017

La medida será la compasión (Mt 25, 31-46)

Sería absurdo creer que se puede participar-entrar en el Reino de Dios sin acordarse de los más débiles y pequeños; porque en el Reino de Dios no son imaginables las diferencias y desórdenes sociales que “reinan” en nuestro mundillo.
Mateo nos muestra a un Jesús que tiene claro que la herencia del Reino se dividirá (a derecha e izquierda) y que el criterio de esa división será “la medida de la compasión”.
“Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos sus ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria…”. Jesús no inventa esta grandiosidad y vistosidad del cortejo real y celeste, es más bien una imagen que tiene heredada, tanto Él como su pueblo, y que viene de los profetas (Daniel, Ezequiel y otros).
“Él separará a unos de otros, como un pastor separa…”. De la misma manera Jesús se sirve de la imagen del pastor, y no precisamente porque este fuera un oficio bien acogido o que gozara de especial dignidad, sino más bien porque era un imagen entendible, a la vez que catequética y muy clara.
Los dos grupos, el de la derecha y el de la izquierda, los benditos y los malditos, son llamados a un diálogo en la presencia de Dios. Pero estos no son grupos que haya hecho Dios a priori ni por capricho sino que todos, en un principio mezclados en la sala del trono del gran juicio final, son diferenciados por Dios tomando como criterio las propias obras de cada uno; los que se han empeñado en pertenecer a las obras que bendice Dios, o aquellos que han olvidado que Dios está en los más pequeños. El juicio se basa en actitudes cotidianas y no en grandes portentos que estén lejos de cualquier mano o sólo al alcance de aquellos que gozan de algún tipo de poder humano. Dar de comer, de beber, vestir al desnudo, visitar al enfermo o encarcelado… está al alcance de todos. La compasión es una forma de amor, y como bien sabemos, “Al final de la vida, nos examinarán del amor…”.
“Señor, ¿Cuando te vimos con hambre…?”. A los hombres nos cuesta descubrir a Dios en las cosas más pequeñas y cotidianas, y mucho más descubrir la presencia real de Dios en los demás, en el otro, en el prójimo o el más débil.
Se ve con claridad en esta parábola como el criterio para la salvación, no es tanto el culto-ritual de un determinado grupo o religión, ni la sola exclamación de la Palabra a Dios sino la glorificación de Dios por las obras, el identificarle con los más pequeños y el si hemos sido merced-misericordia con el encarcelado o cautivo de cualquier tipo de esclavitud.
La comunidad cristiana tiene los medios necesarios para la salvación (por eso proclamamos en el credo que la Iglesia es santa) pero también tenemos que ser conscientes de que no tenemos la exclusiva, la única llave de entrada al Reino de Dios, y por tanto hemos de aceptar que la bondad y el amor y, al menos parte de la verdad, también reside más allá de nuestra comunidad.
Celebramos la fiesta de Cristo-Rey. Desde muy niño me ha llamado la atención cómo nos hemos imaginado y hemos representado esta fiesta (y a Dios en ella) desde la piedad más popular. Esas imágenes de Cristo vestido de rey, entronizado y coronado al estilo de las monarquías humanas más conservadoras y absolutas. Es curioso como por un lado Jesús nos habla de un Dios-pastor  y nosotros, por otro lado,  lo coronamos de oro y joyas.
Con la fiesta de Cristo, Rey del universo, la Iglesia concluye un ciclo litúrgico anual y se prepara para entrar en un tiempo de revisión personal y comunitaria, el Adviento, para acogerle de nuevo, aprendiendo de los errores pasados y superando miedos y calamidades humanas con la intención de ser sus testigos allá donde Él nos lleve.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Recibir para entregar (Mt 25, 14-30)

Entiendo que ahora, después de leer la parábola que Jesús nos regala a través del evangelista Mateo, entendemos mejor que nunca frases hechas que utilizamos con frecuencia, como por ejemplo: “Tienes mucho talento, no lo desperdicies” o, “¡que talento tiene!”. Efectivamente, el origen del sentido de nuestro lenguaje cotidiano se esconde en parábolas como esta.
Una vez más se nos pide un plus, una vez más el ser cristiano requiere de actitudes que le dan la vuelta a todo, que superan actitudes de mediocridad humana. Ante las constantes dudas y preguntas que, seguramente, los discípulos le planteaban a Jesús sobre el Reino y su llegada, y  sobre el más allá, el evangelista Mateo en sus capítulos 24 y 25 nos presenta a un Jesús que, mediante una serie de parábolas, nos deja clara toda una Escatología y Parusía que empieza en la tierra pero no acaban en ella.
Los talentos hemos de trabajarlos y si lo hacemos, antes o después, darán sus frutos y cuando estos lleguen, llegará la lección que nos tiene reservada Jesús, puesto que no será el momento de disfrutarlos individualmente sino el de repartirlos, ofrecerlos… Este es otro modo de vivir, es el mejor modo de vivir. Pero esto no se entiende a priori sino que es algo que descubres después. Has estado trabajando con mucho esfuerzo tus talentos, y cuando parece que has terminado, en realidad no has hecho nada más que empezar porque se te exige que los entregues. Y esto es así porque en realidad esos talentos no son tuyos; es cierto que los has mimado y cuidado pero el origen de esos talentos ha sido un regalo que ahora has de ofrecer  tú.
Desgastarse por el Reino es agotador pero en el fondo tiene un ingrediente algo adictivo. Entregar parte de tu tiempo, quizás el único que te parece que tienes para ti, tu “tiempo libre”, cuesta pero también te hace descubrir otra forma de vivir apasionante.
Un tiempo dedicado a la parroquia, muchas de tus tardes preparando servicios a tu comunidad, horas extras no pagadas desgastándose entre adolescentes desorientados que buscan y no encuentran, ser parte de la directiva de una cofradía o hermandad (sabiendo que a veces es sinónimo de ser el punto de mira de todas las críticas y exigencias populares), ponerse al servicio de los demás en un comedor social, en Cáritas, en la animación musical o litúrgico-pastoral de una comunidad, perderte para darte del todo en misión, consagrar tu vida al estilo de Jesús entregándote por el Reino… Estas y muchas otras formas de entrega, contribuyen a poner tu talento al servicio de los demás entregando lo que has cuidado durante años, sabiendo que tú has recibido antes los talentos de otros hermanos, descubriendo que es Cristo el que te ha dado esos talentos.
Hay algunos teólogos que interpretan esta parábola desde su sentido más escatológico, estableciendo como el momento de la exigencia el final de los tiempos. Pero a mi entender, esta es una parábola que se hace presente ya, desde lo más terreno y material, porque si el Reino de Dios empieza aquí,  es aquí también dónde ha de empezar a dar sus frutos.
Seguramente no se nos exija tanto el número de talentos sino más bien si hemos intentado invertirlos para bien, asumiendo el riesgo de perderlo todo. Porque aunque el Señor sea exigente, es también Padre-Madre, amor eterno e infinito, y nunca nos exigirá aquello que no podemos ofrecer, Él nos conoce. Por supuesto que no es una invitación a gestionar nuestros talentos de forma inconsciente, pero quizás sea peor enterrarlos por miedo a perderlos que perderlos por haberlos puesto al servicio de los demás. Porque el miedo a perder no nos puede estancar, no nos puede cerrar las puertas del Reino de Dios.
 

viernes, 10 de noviembre de 2017

¿Está ardiendo tu lámpara? (Mt 25, 1-13)

Hoy el evangelio nos regala un texto que, si bien es complejo en su estudio teológico ya que los instruidos en la materia no se ponen del todo de acuerdo en si se trata de una parábola o una alegoría, con las diferencias que esto puede conllevar a la hora de la puesta en práctica en la vida de un creyente; lejos de estudios pormenorizados a nivel académico me centraré en lo que para nosotros puede significar al llevarlo a nuestro día a día.
Mateo intenta transmitir un mensaje a la comunidad en la que vive con este relato, sirviéndose de algo tan importante para los judíos de aquel entonces como era el acontecimiento de una boda.
Las vírgenes acompañaban y alumbraban al esposo a la ceremonia con sus lámparas. Todo empieza ahí, en la espera de estas vírgenes a que viniera el novio y la demora que este tiene.
Unas son necias porque no han sido previsoras y las otras son sensatas porque han sido capaces de estar preparadas para la ocasión, incluso previendo imprevistos. Para el novio es el día más importante de su vida, por tanto no va a perdonar el descuido de aquellas que le han fallado y no le han alumbrado bien el camino ¿y todo esto qué quiere decir?
Dios, el esposo, nos ha dicho que vendrá (La venida definitiva de Cristo que puede ser una segunda venida o quizás se esté refiriendo al encuentro definitivo con Él, al final de nuestro camino vital). Sabiendo esto debemos prepararnos para tal encuentro porque no podemos vivirlo de cualquier manera.
No es suficiente un candil (que puede representar nuestra capacidad de fe, nuestro ser espiritual) sino que dicho candil ha de lucir y brillar de la mejor de las maneras para que ese encuentro realmente sea vivido. Nuestra fe, que es un don concedido, tenemos que alimentarla con el mejor de los aceites, como ya Jesús nos ha enseñado con su propia vida y a través de sus palabras y obras. Nadie ha dicho que no podamos equivocarnos o que no podamos tener momentos de flojera o bajones, como se indica en la parábola al decir que todas las vírgenes se durmieron, sino que precisamente tenemos que tener los recursos y la fortaleza necesarios para vencer esos momentos oscuros en nuestra vida de fe. Si hemos sido previsores no sucumbiremos.
Está bien que nos ayudemos unos a otros en todo lo que podamos, eso es ser cristiano también, la caridad y la ayuda al prójimo nos tienen que definir pero hay aspectos y momentos en nuestra vida como cristianos que nadie puede vivirlos por nosotros, ni suplantarnos.
De nada sirve que pidamos el aceite a otras personas, porque ese aceite es único para cada lámpara. La fe es un don intransferible, por supuesto que hemos de acompañar y enseñar a otros, podemos catequizar e incluso apadrinar en la fe, pero lo que nunca estaremos capacitados para hacer es vivir la fe del hermano, porque cada uno ha de mantener la fe que Dios nos ha concedido y que otros han acompañado. Si esa fe no se cuida ni se mantiene (de palabra y obra) se termina apagando.
Este es quizás el mensaje que Mateo quiso transmitir a sus hermanos en la fe en su comunidad del primer siglo; y este mensaje sigue tan vivo hoy, como lo estuvo cuando Mateo lo creó.
 

sábado, 4 de noviembre de 2017

El primero es el servidor (Mt 23, 1-12)

La confrontación que se muestra en el evangelio de Mateo, de Jesús con la clase dirigente judía (letrados y fariseos), es evidente. Jesús critica su afán de poder y de aparentar. Si bien esta actitud del  mismo Jesús tiene credibilidad histórica, creo que este evangelio muestra más bien la realidad que se vivía en aquella comunidad y que él mismo evangelista critica a la luz de Jesús.
La comunidad de Mateo estaba conformada de judíos que aún no se habían separado del todo de las costumbres judías, muchas de ellas farisaicas, de las que venían. Por tanto, esa comunidad se encontraba compuesta de neófitos cristianos, que tenían como referencia a Jesús y querían seguirlo a Él, y de judíos que estaban descubriendo en la comunidad algo nuevo pero que aún se resistían a apartarse de la ley del templo por miedos e inseguridades. Esto “contaminaba” la pureza de la comunidad porque algunos cristianos estaban imitando los puestos de poder de los judíos “piadosos”-fariseos porque, hasta el momento, habían sido su referencia espiritual.
Con esta situación de fondo Mateo sitúa a Jesús hablando a la “gente y a sus discípulos”, aquí  observamos bien la situación de la comunidad formada por cristianos y otros-gente (cristianos, judíos neo-conversos y judíos en transición…).
“Haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados…”. Esa actitud hipócrita es la que criticó Jesús durante toda su vida terrena y ahora sigue resaltando Mateo. Sería injusto que volcáramos todo el peso de la cuestión en la actitud de los fariseos y judíos más pegados a la ley, porque esta actitud no la critica sólo en ellos sino que, Mateo, está reprochando también dicha actitud a los cristianos de su propia comunidad y por extensión también a la nuestra como Iglesia, ya que seguimos cometiendo los mismos errores.
Por un lado Jesús reconoce la sabiduría de los letrados y fariseos, afirma que son conocedores de la Ley al reconocer que están sentados en la cátedra de Moisés, pero ellos no lo cumplen.  Estamos acostumbrados a oír en púlpitos y cátedras, charlas de moralina fácil de transmitir cuando uno no se mira por dentro, a muchos sacerdotes, expertos en la Palabra y teólogos o “piadosos” extremos, exigir a los hermanos cosas y actitudes que ellos incumplen.
“Todo lo que hacen es para que los vea la gente (... )Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos”. Mateo no critica a aquellos fariseos o cristianos que actúan con humildad y sentido de corrección fraterna sino a aquellos que, una vez se han ganado el favor de la comunidad y acceden a puestos de responsabilidad, utilizan estos para oprimir o cargar a los hermanos.
“El primero entre vosotros será vuestro servidor”. Es importante que nosotros, como cristianos, sepamos dónde están nuestros límites tanto en actitudes como en palabras, que sepamos, cuando hablamos y actuamos, que nos dirigimos a hermanos y no a súbditos, que nos tomemos nuestras responsabilidades dentro de la comunidad como un servicio que nos han encomendado de manera temporal, ya que de otra manera, todo lo que hagamos sería para nuestra gloría. Los cristianos no vivimos para nuestra gloria, o que al menos esta vendrá en la medida que ejerzamos la caridad y el amor en forma de servicio; porque el único Maestro y Señor es aquel que nos ofreció su propia vida, y su propia muerte, por amor.