sábado, 28 de marzo de 2015

Entrando en Jerusalén (Lc 19, 28-40)


El entusiasmo y admiración que despertaba Jesús, sus palabras y signos, se muestra de una manera triunfal en la explosión de euforia y reconocimiento que tradicionalmente hemos llamado como “entrada triunfal de Jesús en Jerusalén” o “Domingo de Ramos”.

El caso es que no eran raros, sino bastante habituales, tanto los episodios de euforia como de condena colectiva. La turba, la masa, el arrastre impersonalizado que a veces deshumaniza.

Muchos de los que arrancaron ramas para recibirlo en la ciudad como un rey y extendieron sus mantos, días después se esconden, le niegan e incluso llegan a aceptar su condena.

¿Miedos, intereses, deslealtades que van intrínsecas a lo humano? Sea lo que sea, el caso es que los humanos hemos actuado y actuamos muchas veces de manera impredecible. Nos metemos en la masa con facilidad cuando no nos conviene que se note lo que realmente pensamos, cuando creemos que nuestras propias decisiones pueden afectarnos sin saber el resultado de las mismas, aunque sean nuestras.  Preferimos perder nuestra personalidad, no ser nosotros, para convertirnos en algo extraño; Y con esa conversión-ocultación maligna van, a veces, traiciones y condenas a los demás  e incluso a nosotros mismos.

Los cristianos en ocasiones nos diluimos en la masa de una sociedad que no es referente, que no lucha por la justicia; En ocasiones preferimos negarnos antes que ser señalados como distintos.

El seguimiento de Cristo ha de ser incondicional. Los cristianos tenemos que tener claro que seguimos a un Jesús que, a veces, va en montura y es alabado, pero que en otras va descalzo y con una cruz a cuestas. Tenemos que asumir que, como a Cristo, puede pasarnos que en la misma ciudad y con la misma gente, podemos ser unas veces reconocidos pero muchas otras negados y rechazados, por ser quiénes somos y cómo somos, por haber elegido el reino como proyecto de vida.

Que me perdonen los simplemente apasionados de nuestra semana santa en su faceta más “popular”, pero creo que a un cristiano se nos tiene que reconocer siempre, todo el año, en cualquier ocasión y con cualquier persona que tengamos al lado (sobre todo con esos que llamamos ateos o incluso con los amigos de las nuevas coletas reivindicativas; quizás sean los que más nos tienen que escuchar). “Si sólo amáis a vuestros amigos… ¿qué mérito tenéis?” (Lc 6, 32).

Reducir nuestra vivencia de la fe a un tiempo litúrgico sólo porque seamos más afines a la forma, a la celebración de la liturgia, nos reduce, reduce nuestra fe,  a un rito. Sería como reconocer el evangelio en fascículos, un nuevo tipo de sincretismo cristiano que nos  aleja del proyecto global del reino.

Que nuestras ramas de olivo, esas que levantamos con gozo, sean aceptadas también por nosotros mismos cuando se convierten en ceniza para recordarnos lo que somos, polvo, seres perecederos que ansían  esperanzados la resurrección.

viernes, 20 de marzo de 2015

Ha llegado la hora...(Jn 12, 20-33)


Evidentemente, aunque sea algo sabido que Juan redactara su evangelio después de que pasaran los hechos y que la perspectiva e intenciones del evangelio, en cualquiera de ellos, van más allá de la mera  información o redacción; En este relato Juan también quiere mostrar que Jesús conocía su destino y, aunque con el miedo y sufrimientos humanos comprensibles, lo aceptó y lo encajó dentro de su misión y su persona.

Como he propuesto en reflexiones anteriores, no se puede entender del todo lo que quiere mostrarnos la Palabra si no la contextualizamos con lo anterior y posterior. Anteriormente a lo que nos cuenta Juan en este pasaje, Jesús veía como su persona y misión eran discutidas y confundidas. Unos le aceptaban, otros al menos daban el beneficio de la duda y otros directamente lo negaban. El caso es que los ánimos estaban ya caldeados, y Jesús se ve con poco tiempo para todo lo que la grandeza del reino exigía que transmitiera y enseñara.

“Señor, queremos ver a Jesús”. En medio de esta vorágine de dudas y confusiones (aceptaciones y rechazos) que provocaba Jesús; Unos gentiles (griegos probablemente) quieren conocer a Jesús. Jesús aprovecha la ocasión para anunciar su destino y exponer alguna de las condiciones que exige su seguimiento. Además lo hace de forma apremiante porque se está consumiendo el tiempo.

“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere…”. Es necesario que cada uno “muera” a sí mismo, a sus egoísmos y sus cosas, para que se dé fruto. No se puede ser feliz si con los demás estamos mal. Cuanto más felices hacemos a los demás, más felices somos nosotros. ¿Cómo es posible que siendo desprendido para los demás, dándose del todo y siendo generoso, se pueda encerrar  tanto “egoísmo positivo” y ganar felicidad personal?

“El que quiera servirme que me siga”. El que sirve, está dónde está Dios; Esta es la mejor manera de seguir a Jesús. Servir es la mejor manera de ser cristiano.

Si hacemos de nuestra vida un servicio constante  a los demás, dice Jesús: “el Padre le premiará”.

viernes, 13 de marzo de 2015

Tanto ama Dios al mundo...(Jn 3, 14-21)


Entenderemos mejor este pasaje del evangelio de Juan si somos conscientes de la conversación que mantienen, justo antes de esto, Nicodemo y Jesús.

Jesús le asegura a Nicodemo que es necesario nacer de lo Alto, nacer de nuevo, renovarse, porque si esto no se hace no es posible ver el reino de Dios. Si no hay una profunda y verdadera conversión de corazón, si se sigue con los esquemas, creencias, prácticas y conceptos pasados, no es posible ni aceptar, ni descubrir, ni participar del reino. Y se lo dice precisamente a un principal de entre los fariseos. Evidentemente todos, incluidos los fariseos, veían los signos y palabras de Jesús y, en el fondo, lo admiraban aunque las formas no fueran las esperadas. Por eso Jesús les pide, antes de nada, conversión de corazón, que nazcan de nuevo. Es necesario un nuevo nacimiento espiritual para dejar nuestras ideas, y así hacer sitio en nosotros a Dios.

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente…así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. La serpiente en el mundo egipcio era símbolo de curación y antídoto contra la enfermedad. Moisés colocó una serpiente de bronce en un poste y la elevó, para que fuera mirada por aquellos que estaban envenenados y así ser curados. Así, el mismo Dios hecho Hombre, es también levantado en un madero para que todo aquel que quiera salvarse lo haga por la fe en el Hijo amado del Padre. Él es el antídoto para la salvación.

“El que cree en Él no será condenado, el que no cree ya se ha condenado”. El hombre, los hombres nos condenamos muchas veces  con nuestras actitudes, pero también con nuestras omisiones. Por eso, el que conociendo la Verdad y la Luz no se deja guiar por ellas, se está condenado a vivir en la mediocridad de guiarse y rodearse de cosas y personas que no llenan en plenitud, ni pueden ofrecer nada más allá de lo humano.

El que conociendo la Verdad reniega de ella sabe que su vida no será plena porque ya ha conocido la Verdad, porque estará escapando siempre sabiendo que puede estar mejor pero que, por comodidades menores o egoísmos completamente terrenos, está viviendo en la penumbra que crea  la Luz. Está viviendo a la sombra de la Verdad que ya conoce.

Conocemos a Jesús y el proyecto del reino, y si actuamos en contra de él estamos anteponiendo nuestros planes a Dios.

Dios no quiere el mal del mundo, no ha venido para condenar sino para dar Vida, para salvar. Por  eso Dios envía a su propio Hijo entre nosotros, entre TOD@S nosotros, en mitad del mundo. Para que por Él y solo por Él encontremos la salvación. La iglesia es un medio para la salvación, pero el único necesario e imprescindible es Jesús de Nazaret; Su Amor, reflejo del Padre,  es el camino necesario para vivir en la plenitud de la verdad.

jueves, 5 de marzo de 2015

Derribar las mesas de los corruptos (Jn 2, 13-25)


“Estaba próxima la Pascua de los judíos…”. La Pascua para los judíos era y es una de sus fiestas principales. Jerusalén triplicaba su población, ya que para un judío no sólo era un precepto sino un gozo el poder subir al monte santo en el que se hallaba el templo y ofrecer sus holocaustos en la morada de Dios, en el Sancta Sanctorum.

En este escenario Jesús, como buen judío, sube a Jerusalén para orar en el templo, pero cuando llega, nos dice el evangelio de Juan, se encuentra una estampa digna de uno de nuestros mayores centros comerciales. Jesús no puede soportar el ver cómo, al pasar la puerta que separa la ciudad del recinto del templo, cambia completamente de mundo; Jesús se encuentra una algarabía de gentes y mercancías  pregonadas y ofertadas al mejor postor.

El templo que lo era todo para los judíos pero que vivía, en muchas ocasiones, a costa de los mismos. En el mismo templo se compraba la oveja que luego se iba a sacrificar.  Pero esa ofrenda obligatoria para la “salvación”, no era una ofrenda del todo ni libre ni justa ya que los “grandes” podían ofrecer los mejores frutos y terneros cebados, y los pobres simplemente un par de tórtolas. Jesús sabía que algunas ofrendas no eran sino ofrendas de temor a Dios, un temor inculcado por sus mismos sacerdotes. Porque los sacerdotes eran los que aceptaban que los vendedores estuvieran en el recinto sagrado vendiendo lo que luego ellos iban a consumir ¿Quizás de lo vendido exigirían comisión? Jesús sabía de la corrupción de algunos sacerdotes y fue eso lo que no pudo soportar, ya que aquel escenario era debido a la permisividad e intereses de aquellos que más ejemplo debían dar y que, de alguna manera, comerciaban con la fe del pueblo de Dios.

Desde mi pequeñez y desde el conocimiento y estudio de la historia de nuestra comunidad eclesial, le doy gracias a Dios porque, si bien en épocas pasadas nuestra Iglesia se asemejaba más a este pasaje evangélico en el que algunos miembros del sanedrín eran más banqueros que ejemplo para el pueblo, creo que hoy la Iglesia ha iniciado una profunda revisión y cambio con el que pretende acercarse, cada vez más, al Jesús indignado con tanta hipocresía. Pero  también le pido a Dios que nos de la fuerza necesaria para que las cuestiones más banales de nuestro mundo no conviertan a nuestra comunidad en una mercancía más. Porque no es ningún secreto que nuestra sociedad y nuestra política, quiero creer que no es así en nuestras comunidades, está llena de corruptos que se lucran con el dinero de la gente sencilla que ignora y confía.

“Y haciendo de cuerdas un látigo…”. Parece que nos atrae más un Jesús con el látigo del que habla Juan, de hecho es el único evangelista que habla del látigo en este relato, que quizás un Jesús más tranquilo o diplomático. Sin embargo Jesús va más allá del látigo (algo que sinceramente hoy y siempre me ha costado entender y que creo que puede tener poca base histórica). Quizás el látigo fue más moral, más de reproche y rabia hacia los sumos sacerdotes que hacia los vendedores.

Parece que dotando a Jesús de sentimientos y reacciones tan humanas como la rabia o la ira, nos sentimos mejor, o lo hacemos más cercano o entendible. No es que quiera yo quitarle humanidad a la figura de Cristo, “verdadero Hombre y verdadero Dios”, pero creo que el punto intermedio no está tanto en el látigo, como en lo que significa este. De todas formas reacciones parecidas son ya anunciadas por los grandes profetas (Jeremías, Zacarías…) “El celo por tu casa me devorará” (Salmo 69).

“Derribó el dinero de los cambistas y derribó las mesas”. En el templo también había cambistas de monedas. Hoy también nos cambian nuestro dinero, trabajado y sudado durante toda una vida, por las famosas preferentes que se pierden, o por hipotecas eternas que heredarán nuestros hijos; Cuando el derecho a un hogar es algo tan justo y necesario como el alimento. No quisiera meterme en política porque ni es la intención de este comentario ni del mismo blog, pero no puedo evitar identificar a gran parte del sistema bancario y político con una “cueva de ladrones”.

 “Mi casa es casa de oración” (Afirma Mateo en su evangelio). Jesús rompe con la inflexible y cerrada tradición de su pueblo que “encerraba” a Dios, no sólo en un templo, sino también en un arca. Jesús nos propone sentir y descubrir a Dios en cualquier parte, en nosotros mismos. Nosotros somos la mejor arca donde habita Dios. Ese es el santuario en el que Dios está, en ti, en cada uno de nosotros.

“Pero Jesús no se confiaba con ellos…porque él sabe lo que hay dentro del hombre”. Nadie mejor que el Dios-Hombre, Jesús de Nazaret, sabe lo que como humanos nos pierde y nos hace débiles; Nadie mejor que Él sabe de las debilidades y traiciones humanas. Jesús ha visto como, mientras de sus manos salían signos visibles, era venerado por los que le seguían, pero desde el principio era consciente del miedo, debilidad y traiciones humanas. En el momento más delicado le dejarían sólo y eso es algo que tenía asumido.

¿En qué queda lo humano cuando abandonamos a los que nos necesitan? Hay miles de manos clamando justicia en nuestro mundo por unas causas u otras, pero nosotros y nuestras limitaciones hacen que esas injusticias sean dobles. En nuestras manos está el que no repitamos la historia una y otras vez, y que quién ponga su confianza en nosotros no sea defraudado.

jueves, 26 de febrero de 2015

Bajar del Tabor (Mc 9, 2-10)


Si hemos seguido durante la semana el proceso de la Palabra que la liturgia nos ha facilitado, tanto el evangelista Mateo como Lucas nos han mostrado a un Jesús que marca una clara diferencia entre lo de “antes” y lo de “ahora”, nos presentan a un Jesús que, de cierta manera, rompe con el pasado o al menos quiere renovarlo actualizándolo y purificándolo en el presente. Frases como “Habéis oído decir…pero yo os digo…” o “Si no sois mejores que los letrados y fariseos…” son la evidencia de todo esto. Es evidente que Jesús tiene absoluta conexión con el pasado de su pueblo, y sin su pasado no se le puede entender, pero también es evidente que no se queda en el pasado.

El relato de la transfiguración hunde su sentido más profundo en la tradición, tanto en la forma como en el fondo, pero mira a un futuro de gloria que no ignora los momentos difíciles por los que se ha de pasar antes.

“Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús”. Estamos ante una teofanía, la manifestación del poder de Dios al estilo del Antiguo Testamento, pero ahora, para recordarnos que el Hijo participa de la gloria del Padre, y así queda atestiguado también por Elías y Moisés. Pasado y presente en una manifestación que mira al futuro renovado por la resurrección que todo lo hace nuevo y todo lo purifica.

“¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres chozas”. Resulta curioso que, después de una manifestación tan extraordinaria con la que nadie se quedaría impasible, y que serviría para atestiguar de por vida lo vivido, algunos de los discípulos que acompañaron a Jesús al Tabor, como Santiago y Pedro, le negaron y abandonaron tiempo después en sus momentos más difíciles. Por eso creo que no es tanto la manifestación celestial literalmente redactada lo que vivieron (ya que es más bien un relato concebido como las teofanías o hierofanías del Antiguo Testamento) sino que más bien vivieron un momento pleno, un momento de esos idílicos en la vida, de los que no quieres que terminen. De esos momentos en los que estás con las personas y en el lugar adecuados y nos gustaría que durara para siempre. Sin embargo, todo en la vida no es gloria, hay también cruz.

 “Este es mi Hijo amado…”. De nuevo, otra vez, como en el momento del bautismo de Jesús,  la voz del Padre deja clara la absoluta relación entre Jesús y lo Alto. Ahora hay una invitación: “Escuchadlo”.

Tenemos el corazón de piedra y aunque rogamos a Dios que nos dé un corazón de carne, muchas veces no ponemos todas nuestras fuerzas en escuchar lo que Él quiere de nosotros. “Lo que Dios quiera…” solemos decir, pero muchas veces es lo que nosotros queremos. Hacemos gala de nuestra libertad, libertinaje en ocasiones, y llegamos incluso a hacernos dueños de las vidas ajenas. Últimamente estamos siendo observadores impasibles de cómo parte de la humanidad juega con las vidas humanas y se mofan de ello: torturas públicas, matanzas grabadas para ser exhibidas y demostrar que esos verdugos son dioses que pueden jugar con la vida y la muerte a su antojo. Lo peor de todo es que se hace en nombre de Dios, un Dios que se entrega en la cruz como víctima de la libertad y el capricho humanos y que no utilizó en ningún momento la violencia. En los momentos en los que se pone el nombre de Dios en labios humanos, grandeza que viendo lo que ocurre hoy no nos merecemos, debería ser para alabarlo y glorificarlo con nuestros actos de hermandad universal y como continuadores de la creación, y no de la destrucción.

“No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”. Para resucitar a la vida eterna, hay que morir a esta vida. Los discípulos discuten sobre el sentido de las palabras de Jesús entorno a la resurrección porque no les entra en la cabeza que Jesús, del que han experimentado su divinidad en ese preciso momento, tenga que morir.

Aunque los evangelios sinópticos no nos dicen el nombre del monte de la transfiguración, la tradición cristiana identifica dicho monte  con el Tabor. Desde mi Tabor, este blog, quiero sentirme como Pedro, Santiago y Juan con Jesús. Así me siento cada vez que reflexiono este es el lugar donde mi oración se hace escritura. Pero no me gustaría quedarme aquí, aunque estoy muy a gusto como les pasaba a los discípulos; no debo quedarme porque ya Jesús les dijo, y siento que me dice a mí también, que no puedo instalarme, sino que he de bajar y trabajar por y con mis hermanos. Os agradezco de nuevo vuestro apoyo y acompañamiento. Seamos cristianos que, sin huir de las cruces de este mundo, viven más desde la resurrección y desde la gloria del evangelio, porque sólo así podemos ser testigos creíbles.

sábado, 21 de febrero de 2015

"Empujado al desierto" (Mc 1, 12-15)

 
“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto”. Así comienza Jesús su ministerio en el evangelio de Marcos. Parece que el retirarse al desierto no fue iniciativa única de Jesús, sino que fue llamado-empujado, invitado a ir, y fue.

Hoy para nosotros, sobre todo para la cultura occidental, la imagen del desierto lejos de toda imagen exótica, es sinónimo de agobio, penurias, calores insoportables y aridez. Pero para la cultura oriental, y más aún para un judío en tiempo de Jesús, lo que predominada del desierto no eran esas características secundarias y colaterales, sino que el desierto era sinónimo de encuentro  con Dios y con uno mismo, de purificación.
En el desierto se fraguó el pueblo de Israel. Los grandes patriarcas llevaron a cabo parte de sus misiones en el desierto, en el desierto entienden Abraham y Moisés cual es su misión. Jesús es llamado al desierto por el Espíritu de Dios que ha llamado antes a otros, para descubrir su misión sin torpezas ni distracciones humanas.

“Se quedó cuarenta días…”. También estamos familiarizados con el número cuarenta en relación a muchos aspectos, sobre todo en el Antiguo Testamento: años de una vida, años de peregrinación… No es casualidad, por tanto, que fueran cuarenta los días que Jesús pasó en el desierto. Dicho número simboliza una vida, una etapa completa, el tiempo necesario para saber que has tenido una vida larga bendecida por Dios.
Los cristianos, quiero creer que cada vez menos, estamos acostumbrados a vivir las cosas porque nos las han enseñado así pero a veces, aunque aprendidas, no han sido profundizadas y entendidas en su origen. Vivir una etapa, la cuaresma, de cuarenta días es lo mismo que vivirla de sesenta o de quince si no sabemos el porqué lo hacemos, si no conocemos nuestras raíces judías.

“Vivía entre alimañas y lo ángeles le servían”. Con esta afirmación Marcos deja entender claramente que la misión y la presencia de Jesús entre los hombres (en muchas ocasiones alimañas para nosotros mismos; “el hombre lobo para el hombre”) no fue fácil, pero era una misión guiada y bendecida por Dios, y por eso sus ángeles le servían. Sólo de esta manera se puede entender la fortaleza de Jesús hasta la cruz. Sólo cuando estamos sostenidos, cuando nuestros planes no son meramente humanos sino que son bendecidos y queridos por Dios, es cuando podemos superar cualquier prueba, aunque nos cueste la vida.

“Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio”. Una vez arrestado Juan, Jesús habla claro y comienza a hacer pública la gran noticia del reino. Lo que se esperaba durante siglos ya está cerca y Jesús lo ha cumplido, se ha cumplido el plazo. Pero para recibir el reino de Dios hay que convertirse, hay que convertir la tristeza y el luto en alegría, porque lo que se nos presenta es una Buena noticia, un evangelio (Gracias a Marcos nos llega el concepto de evangelio). Dios nos quiere como a hijos y eso no nos lo habían dicho antes así de claro, sino que más bien convenía mantener la imagen de un dios frío, distante y fácilmente colérico que muy pocas veces mostraba su benevolencia.
La iglesia habla de un Dios amor, pero a veces no es reflejo del mismo. Nos falta amor y corrección fraterna de la buena. Nos comportamos como alimañas entre nosotros y no terminamos de entender que ya es tiempo de amar, es tiempo de hablar, es tiempo de entender y comprender, es tiempo de Evangelio, de Buenas Noticias.

viernes, 13 de febrero de 2015

"Quiero, queda limpio" (Mc 1, 40-45)




 

La fama de Jesús se extendía por toda la región de Galilea y más allá. Algo que Jesús ya no podía controlar ni parar fácilmente, por mucho que pidiera explícitamente que no trascendieran algunas de las cosas que hacía.
“Si tú quieres puedes limpiarme”. Lo importante es la actitud de la gente que se acerca a Jesús, del leproso en este pasaje. Esa petición a Jesús va precedida de un acto de fe, reconocimiento y confianza en Él. Por eso Jesús se compadece, le atiende porque encuentra en el hombre la actitud adecuada, la aceptación de Dios en su vida.
En muchas ocasiones los hombres actuamos al margen de Dios, le podemos reconocer de una manera superficial pero no hay una aceptación real en nuestras vidas; En el fondo no creemos que Dios está en nuestro día a día, y esa no es una actitud que favorezca la actuación de Dios en nosotros, no es que no quiera, es que no le dejamos actuar. Pedimos a Dios “milagros” pero no caemos en la cuenta de que el primer milagro sólo puede salir de nosotros, el milagro de la fe.
“No se lo digas a nadie…”.  La famosa cuestión teológica del secreto mesiánico del que tanto se habla en los círculos eruditos, pero que muy pocas veces queda clara del todo, la estamos viendo últimamente con frecuencia en los relatos del evangelio, sobre todo en Marcos. Para mí, secreto mesiánico y autoconciencia de Jesús van estrechamente unidos. Jesús va asumiendo poco a poco su misión, va descubriendo poco a poco los efectos que producen su persona, sus palabras y acciones en la gente; Es algo que necesita ir encajando, y así lo comparte con el Padre, en constante oración.
Es difícil encajar que hay vidas que dependen de ti, que hay mucha gente que ha puesto en ti su confianza y su única esperanza. En nuestro día a día nos comen las responsabilidades, y no pocos tenemos en nuestras manos a personas frágiles, sensibles, en proceso. Sabemos que depende de lo que digamos y cómo hagamos las cosas así serán los frutos en un futuro no muy lejano. Constante oración, eso es lo que necesitamos. Una oración activa, que nuestro día a día sea puesto en manos de Dios y no caigamos en la tentación de confiar en nuestras solas fuerzas, sino que todo nuestro hacer sea una oración puesta en manos del Padre.
Lo importante ahora no es transmitir los rápidos efectos de la llegada del Reino, ya que esos efectos sólo los ven y ocurren en unos pocos, los que ya han descubierto por si mismos a Dios en sus vidas, por eso manda callar. Lo importante ahora es que se sepa que el Reino está llegando, ya está aquí, y que si eso se descubre  y se vive (volvemos a la fe) producirá sus efectos con el tiempo  (Aquí adquiere su sentido más pleno, una vez más, la parábola del sembrador Mc 4, 1-9).
“…pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote…”. Jesús no quiere romper con todas las normas y preceptos humanos, pero tampoco quiere anteponerlas ni que las antepongamos a Dios. Lo primero es lo primero.
Jesús acepta y asume las normas-reglas humanas que sirven para ejercer la justicia y el orden entre todos, pero no le da importancia e incluso rechaza aquellas que anteponen el rito a la persona. Primero está la compasión y acompañamiento, y después certificar oficialmente la limpieza al sacerdote.
A Jesús no le entendieron, no entendieron sus prioridades y por eso le persiguieron y condenaron. La religión de su época (preguntémonos si también la de la nuestra) se perdía entre abluciones y sacrificios, y olvidaba la compasión, la misericordia. Lo primero y más importante era “dios” y luego la persona, pero olvidaban que Dios estaba en la persona y que la persona es parte de Dios.