viernes, 22 de abril de 2016

Un mandamiento nuevo (Jn 13, 31-33a-34-35)

“Ahora es glorificado el Hijo del hombre…”. Jesús sabe de su traición, conoce a los suyos y sus intenciones, y sin embargo no afronta dicha traición con revancha, sino que la asume y ve en ella el cumplimiento de su misión, ve en ella la gloria de Dios, el medio para la realización del Reino.
“Me queda poco de estar con vosotros”. Igualmente Jesús es consciente del poco tiempo del que dispone. Debe ser conciso, debe transmitir a sus discípulos lo que considera nuclear para el anuncio y cumplimiento del Reino, y por eso les deja un mandamiento nuevo.
“Que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Tan sencillo, pero a la vez tan complejo. Algo tan aparentemente gratuito y agradable, es una de las cosas más difíciles, una de las tareas que aún tiene pendiente de realizar la humanidad. Es un gesto, una actitud necesaria; Y si hablamos de nosotros, los cristianos, además, ha de ser una opción de vida, una actitud identitaria.
En sus últimas horas de vida, y siendo Él consciente, el mismo Jesús elige esta tarea, amarse. Podría haber recomendado antes de irse el cumplimiento de los mandamientos o de normas rituales y preceptivas, sin embargo eligió una conducta universal, no ligada a ninguna religión ni a ninguna norma religiosa o cultural.
Al ser humano le cuesta mucho luchar contra sus propios sentimientos y, cuando un corazón está lleno de odio hacia alguien o algo, es ardua misión transformar dicho sentimiento en amor. No se trata de dinero, ni de estudios,  ni de posición social, sino de un proceso, una transformación interior, una nueva forma de entender el mundo y las relaciones humanas.
Esa fue la última lección de vida que nos dio Él, transformar el odio y la traición en amor, y esa es la misión que como cristianos hemos heredado y debemos hacer realidad.
Ojala un día podamos cumplir este mandamiento de Jesús. Una buena forma de empezarlo es tener en cuenta estas palabras de San Agustín: “La condición del amor, amar sin condiciones”.

sábado, 16 de abril de 2016

"Conozco a mis ovejas" (Jn 10, 27-30)

En estos cuatro versículos de Juan (Jn 10, 27-30) se esconde todo un estilo vida según el proyecto de Jesús, una forma de seguimiento, un estilo nuevo de discipulado que rompe con los esquemas del binomio rabino-alumno al que estaban acostumbrados en tiempos de Jesús; Además de una enseñanza reveladora sobre el origen y destino de Jesús.
Esta Palabra no se encuentra aislada en el evangelio de Juan, sino que está enmarcada en una nueva controversia de los judíos (seguramente fariseos) con Jesús, en un marco ideal para debatir sobre el tema, el pórtico de Salomón, y en una fiesta de las más importantes para los judíos como era el día  de la dedicación del templo. Todos estos datos que contextualizan, dan  más sentido e importancia, si cabe, a las palabras de Jesús.
Jesús conocía todos los motivos del seguimiento de aquellos que le acompañaban, fuera permanentemente o de manera temporal; Conocía a aquellos que les movía el hambre, otros que buscaban respuestas a su fe, y otros que habían descubierto ya, de manera precoz, en Jesús al que tenía que venir. Jesús conocía a sus discípulos (sus ovejas en lenguaje del pastor, oficio muy común y conocido). Jesús afirma de ellos que escuchan su voz y le siguen. Son dos actitudes necesarias, escuchar y seguir, porque el seguimiento que requiere Jesús no es un seguirle cómodo, ya que hay que dejar muchas cosas a las que se está apegado, como nos pasa hoy. El seguimiento de Jesús exige saber lo que se quiere y cambiar de vida, si es necesario, para apostar por un cambio de paradigma social y religioso.
A veces pienso con temor, si los que nos llamamos seguidores de Jesús no estamos desfigurando el verdadero seguimiento que vemos reflejado en el evangelio, si no nos parecemos más a los discípulos-alumnos de las clásicas escuelas rabínicas judías en las que se quedaba todo en la teoría del aula y el cumplimiento legal, para luego volver a la comodidad de una vida llena de seguridades. Nuestra Iglesia, todos nosotros, hemos de revisar nuestro seguimiento del Jesús de las sandalias, del Jesús que pisaba el polvo del camino y se ensuciaba sus vestidos con la miseria de la gente, con los imprevistos de la incomodidad del vivir en la calle, en los campos, entre leprosos y necesitados…
No cabe duda de que Jesús tenía muy clara su misión y su identidad: “Yo y el Padre somos uno”. Murió por esta afirmación y eso muestra su coherencia de vida hasta el extremo. Un mentiroso no está dispuesto a morir por sus propias mentiras, y un loco se contradice de un momento para otro y no vive desde la coherencia. Jesús de Nazaret no era ni un mentiroso ni un loco, es el Hijo de Dios vivo, Dios mismo. El día que nos creamos esto de verdad y nos consideremos seguidores suyos, nuestra vida cambiará y nadie nos arrebatará de su lado.




viernes, 8 de abril de 2016

¡Echad las redes! (Jn 21, 1-19)

La confianza, tanto en nosotros mismos como en Dios, es uno de los temas de fondo que creo que nos trae la Palabra. De alguna manera, la confianza es un aspecto-condición de la fe.
Los seguidores y discípulos de Jesús van descubriendo, notando, la presencia de su Espíritu después de su muerte (lo experimentan-sienten resucitado) en diversas ocasiones.
“Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago Tiberiades”. En esta ocasión Jesús se “deja ver”, se hace presente, en el trabajo cotidiano. Allí donde a veces nos puede el desánimo y la rutina, es por eso que, a veces, los frutos de nuestro trabajo son escasos y nada edificantes.
Es cierto que son muchas las prisas y el estrés en el mundo laboral, y que eso hace que desempeñemos nuestras tareas de forma mecánica y sin ilusión. Pero cuando vemos nuestro trabajo como una carga y vivimos amargamente tantas horas de nuestro día, puede que nuestra percepción de la realidad y nuestra cotidianidad se vuelva triste e insoportable.
“Echad la redes a la derecha de la barca y encontraréis”; “Es el Señor”. Sin embargo, cuando descubrimos el trabajo como un don para servir a la sociedad; Cuando desempeñamos nuestras tareas con el convencimiento y la actitud de ser para los demás, en definitiva, cuando descubrimos a Dios en nuestro quehacer laboral, le damos un sentido a lo que hacemos y salimos de la rutina y el sinsentido, transformando nuestra acción y nuestra vida en una ofrenda continua en la que se multiplican los frutos.
“Traed los peces que acabáis de coger”; “Vamos a almorzad”. Nuestro trabajo y sus frutos, solo tienen sentido en cuanto que los compartimos. No podemos ser solos, no hemos nacido para la soledad absoluta. Todo lo que somos y hacemos adquiere sentido pleno si lo entregamos y lo hacemos por y para los demás.
“¿Me amas?; Sí Señor tú sabes que te quiero”. Es evidente que esta pregunta repetida tres veces con su triple respuesta positiva, tiene un carácter catequético y simbólico. Tantas veces como Pedro negó a Jesús ahora lo acepta y quiere. Podríamos decir que es una nueva conversión, una purificación de lo corrupto del haberle negado.
También en nuestra comunidad eclesial tenemos que descubrir a Jesús. Muchas veces nos empeñamos en pescar de noche, como los discípulos, hacemos cosas sin saber el porqué, desde la rutina religiosa; No hemos descubierto que Jesús es  luz y vida, que es el amanecer y que con Él todo es posible. Nos mantenemos con las viejas técnicas de pesca y no nos atrevemos a echar las redes en otras direcciones, algo a lo que nos invita Jesús, para descubrir que hay abundancia de peces (de bienes). La nueva exhortación apostólica del papa Francisco: “La alegría del amor”, es un atisbo de ese nuevo descubrir, aceptar, amar… ese echar las redes sin miedo hacia otros lugares, situaciones sociales, y personas que necesitan del amor de la iglesia y que han estado tan abandonados por ella. Hay atisbos aunque aún con mucho miedo.
Jesús nos invita desde la orilla a no tener miedo, a mirar la luz del horizonte amanecido, a que seamos una Iglesia que trabaja en la luz y no desde la noche y la oscuridad; Nos invita a resucitar a una vida nueva, a una renovación.

sábado, 2 de abril de 2016

¿Creer para ver? (Jn 20, 19-31)

No es posible la luz sin antes haber experimentado las tinieblas. No se puede hablar ni saber lo que es la alegría, si no hemos pasado un periodo de tristeza y abatimiento. No se puede hablar de espíritu ni de resucitar a una vida nueva, si antes no hemos pasado por la experiencia de la muerte. Ya nos lo han dicho también nuestros santos; Nos han hablado de las noches oscuras y la soledad que abruma y desespera. Todos hemos pasado o estamos pasando por momentos similares.
“Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Es evidente que el relato de Juan se redacta desde una comunidad naciente y desde una conciencia clara de identidad “cristiana”. El hecho de la separación entre los discípulos y los que claramente llama judíos, es la muestra de que el mesianismo de Jesús era ya aceptado por unos y rechazado por otros de manera oficial. Pero cuando sucede este hecho de la aparición de Jesús a los discípulos, sólo horas después de la muerte de Jesús, los discípulos eran y se consideraban absolutamente judíos.
Aquí, sin embargo, los discípulos tienen miedo a los judíos. Hermanos que tienen miedo de otros hermanos ¿Por qué los humanos, muchas veces incluso entre hermanos, sentimos temores y miedos, o los provocamos? Conviene que reflexionemos esto, pero el mensaje de Jesús es muy claro: “PAZ A VOSOTROS”, y esto lo dice “enseñándoles las manos y el costado”. No merece la pena vivir con miedo; No merece la pena hacer sufrir hasta padecer miedo y angustia a otros hermanos. Las manos y el costado son los testigos físicos de su pasión, de la violencia de los hombres entre los hombres; Jesús dice: “No sea así entre vosotros”, todo lo contrario, reine la paz entre vosotros, ese es su saludo al resucitar.
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Su mensaje y su envío es la Paz en el mundo, esa es la misión del cristiano, hacer reinar la paz.
Últimamente ha vuelto el miedo entre hermanos que profesan a Dios, estamos volviendo a repetir la más nefasta de las historias. La humanidad tiene miedo del Islam indiscriminadamente. Algunos matan creyendo que es lo que quiere Dios, pero esos no son dignos de llamarse islámicos porque rompen el deseo más profundo del Dios Padre de todos, la PAZ.
En nuestra iglesia también hay hermanos que padecen de una enfermedad que han provocado otros, el miedo, el temor a decir o ser ellos mismos, porque el juicio de los humanos, a veces, es más fuerte que el del mismo Dios. El baremo con el que guiará Dios su juicio es el amor, nos lo ha dicho muchas veces Jesús. Sin embargo el juicio de los hombres no se guía por baremos de amor, sino más bien de cumplimientos o preconcepciones que no atienden a la peculiaridad y las riquezas personales del ser humano que Dios ha creado.  
“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en la llaga…, no lo creo”. Solemos juzgar muy rápido la actitud de Tomás, pero en realidad todos llevamos un Tomás dentro de nosotros. Necesitamos ver, tocar, sentir para poder creer de verdad. Nuestra religión está llena de imágenes, objetos y reliquias que parece que nos ayudan, y han ayudado siempre, a acercarnos más Cristo y creer más en Él. Por eso, hemos de plantearnos qué ven muchos en la Iglesia para que, lejos de acercarse a ella, lo que pronuncian sus labios de forma inmediata sea: “Yo no creo en la Iglesia” y se aparten y la critiquen como anti testimonio. Si la Iglesia ha de ser  reflejo de Cristo, y con lo que ven en ella apartamos a muchos, hemos de hacer una profunda reflexión. Una reflexión previamente personal y después comunitaria; Dios nos pide experiencia interna, ver con los ojos del corazón lo que llevamos dentro de nosotros mismos: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
 
 

jueves, 24 de marzo de 2016

Caminar con PASIÓN hacia una VIDA nueva

Que un humano sea víctima de las acciones u omisiones de otros es algo desgraciadamente (o quizás afortunadamente, según cómo se mire) común. Sabemos que nuestras palabras, acciones o falta de implicación y compromiso afectan, directa e indirectamente, a los que nos rodean. Por tanto, lo que hace que la pasión de Jesús sea un hecho impresionante, no es tanto la condena, sufrimiento y padecimiento de Jesús como humano, sino la actitud con la que afrontó dichas traiciones, mentiras y conspiraciones tanto políticas como religiosas. Fue su entrega total, su coherencia ante el proyecto del Reino de Dios, lo que hizo que transcendiera; Fue su apuesta firme y decidida, su amor universal.
Seguramente Jesús pasó desapercibido como Hijo de Dios para muchas personas en su tiempo, y también en el nuestro. Hubo muchos que no le aceptaron como Mesías. Pero lo que no pasó desapercibida fue su actitud ante la adversidad y el dolor, su apuesta por la justicia y los más desfavorecidos, y la coherencia de vida hasta el extremo.
Jesús fue víctima de la cerrazón humana y los intereses políticos y religiosos. Fue condenado por la religión, por eso Él no quiso identificar absoluta y únicamente a Dios-Padre con la religión, porque sabía de las debilidades humanas, y por tanto, de los errores de aquellos que encabezan grupos humanos, sean de la condición que sean. Jesús fue judío y actuó como tal, renovando aquello que pervertía la religión. Él caminó en este mundo guiado por la misericordia y el amor; Y es cierto que lo hizo como judío, pero también demostró que dentro de la religión no todo es perfecto (prueba de ello fue su condena) y que son necesarios los cambios.
Hoy muchas personas sufren y mueren por nuestras malas decisiones, intereses políticos e incluso por nuestro dormir religioso pasivo y burgués. La pasión de Jesús se vuelve a repetir, desgraciadamente, con bastante frecuencia. Seguimos matando en el nombre de Dios. Y hay muchas formas de matar: refugiados que huyen de su hogar porque hay alguien que no acepta que haya más hijos de Dios que ellos mismos, atentados en lugares concurridos (esta semana en Bruselas) previo grito del nombre de Dios como si fuera Él el que dirige las células terroristas, decisiones de cualquiera de las religiones que denigran a la persona y la excluyen porque no aceptamos a los hermanos…
Celebramos un año tras otro el recuerdo de la semana santa y pascua, pero me da la sensación de que lo que celebramos es simplemente eso, un recuerdo, y que no llegamos a entender lo que significa el cambio hacia una nueva humanidad, no llegamos a entender cuál es el proyecto del reino destinado para nosotros.
Por eso, hoy más que nunca, necesitamos la resurrección. Necesitamos resucitar a una vida nueva. Morir a nuestros egoísmos e intransigencias humanas y religiosas, para poner el valor de la vida donde se merece, para entender que no hay nada más importante que sentirse amado y amar, y que sólo merece la pena morir si se hace desde ese amor incondicional. Hoy, ante tanta duda y escepticismo entorno al centro de nuestra fe, necesitamos más que nunca la resurrección.

viernes, 18 de marzo de 2016

Lo difícil de ser RAMOS todo el año

El entusiasmo y admiración que despertaba Jesús, sus palabras y signos, se muestra de una manera triunfal en la explosión de euforia y reconocimiento que tradicionalmente hemos llamado como “entrada triunfal de Jesús en Jerusalén” o “Domingo de Ramos”.
El caso es que no eran raros, sino bastante habituales, tanto los episodios de euforia como de condena colectiva. La turba, la masa, el arrastre impersonalizado que a veces deshumaniza.
Muchos de los que arrancaron ramas para recibirlo en la ciudad como un rey y extendieron sus mantos, días después se esconden, le niegan e incluso llegan a aceptar su condena.
¿Miedos, intereses, deslealtades que van intrínsecas a lo humano? Sea lo que sea, el caso es que los humanos hemos actuado y actuamos muchas veces de manera impredecible. Nos metemos en la masa con facilidad cuando no nos conviene que se note lo que realmente pensamos, cuando creemos que nuestras propias decisiones pueden afectarnos sin saber el resultado de las mismas, aunque sean nuestras.  Preferimos perder nuestra personalidad, no ser nosotros, para convertirnos en algo extraño; Y con esa conversión-ocultación maligna van, a veces, traiciones y condenas a los demás  e incluso a nosotros mismos.
Los cristianos en ocasiones nos diluimos en la masa de una sociedad que no es referente, que no lucha por la justicia; En ocasiones preferimos negarnos antes que ser señalados como distintos.
El seguimiento de Cristo ha de ser incondicional. Los cristianos tenemos que tener claro que seguimos a un Jesús que, a veces, va en montura y es alabado, pero que en otras va descalzo y con una cruz a cuestas. Tenemos que asumir que, como a Cristo, puede pasarnos que en la misma ciudad y con la misma gente, podemos ser unas veces reconocidos pero muchas otras negados y rechazados, por ser quiénes somos y cómo somos, por haber elegido el reino como proyecto de vida.
Que me perdonen los simplemente apasionados de nuestra semana santa en su faceta más “popular”, pero creo que a un cristiano se nos tiene que reconocer siempre, todo el año, en cualquier ocasión y con cualquier persona que tengamos al lado. “Si sólo amáis a vuestros amigos… ¿qué mérito tenéis?” (Lc 6, 32).
Reducir nuestra vivencia de la fe a un tiempo litúrgico sólo porque seamos más afines a la forma, a la celebración de la liturgia, nos reduce, reduce nuestra fe,  a un rito. Sería como reconocer el evangelio en fascículos, un nuevo tipo de sincretismo cristiano que nos  aleja del proyecto global del reino.
Que nuestras ramas de olivo, esas que levantamos con gozo, sean aceptadas también por nosotros mismos cuando se convierten en ceniza para recordarnos lo que somos, polvo, seres perecederos que ansían  esperanzados la resurrección.

jueves, 3 de marzo de 2016

Un Padre bueno (Lc 15, 1-3.11-32)

Misericordia. Este es el tema, la actitud más bien, escogido por la Iglesia para que los cristianos católicos revisemos, entendamos y vivamos; Y esta parábola, la llamada del hijo pródigo, es una de las favoritas para acercarnos a las entrañas misericordiosas de un Padre que es bueno.
“Este acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús, una vez más, está puesto en el punto de mira por que se rodea y dirige a los, oficialmente, pecadores y corruptos. Jesús no actúa como se espera de un judío correcto, ni mucho menos como un maestro que de ejemplo. Sin embargo, hasta de esa situación y críticas recibidas, Jesús aprovecha el momento para dejar clara su misión y mensaje. El mensaje de un Dios que es un Padre que tiene misericordia de sus hijos y es bueno.
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. Exigimos a Dios lo que creemos que nos pertenece o nos corresponde. Él sabe que no estaremos a la altura de las circunstancias, pero sabe también que debemos equivocarnos porque, sólo así cabe la posibilidad de la rectificación y el poder volver por nuestro propio pie al camino correcto.
Nos “hacemos” con el mundo, con los otros, creemos que tenemos todo en nuestras manos (una fortuna) para poder ser felices, creemos dominar cualquier tipo de situación por nuestros propios medios. Dominamos la naturaleza a nuestro antojo sin tener en cuenta a las futuras generaciones ni las consecuencias. Vivimos en la abundancia sin prever tiempos de crisis, y sin tener en cuenta a los otros que, a causa de nuestro derroche, no tienen lo necesario.
Todas estas actitudes, antes o después, nos pasan factura porque no todo depende de nosotros, porque este mundo, la existencia del ser humano, está tan perfectamente creada que hace que necesitemos de los demás; No estamos creados para estar solos ni ser autosuficientes, y eso, a veces, no lo entendemos de todo. Por eso cuando el egoísmo se adueña de nosotros las consecuencias, tanto personales como sociales, no se hacen esperar.
“Me pondré en camino a donde está mi padre…”. Una buena dosis de humildad no nos viene mal. Hay momentos que la vida misma nos baja los humos: situaciones en las que los demás han pagado nuestros errores, la muerte de seres muy queridos… que nos hacen ver la fragilidad de lo que somos.
Dios es la eterna paciencia, bondad y  misericordia. Sabemos que no nos va a juzgar si nos arrepentimos y rectificamos de verdad aquello que se desvía del proyecto del Reino.
“En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca…a mí nunca me has…”. La envidia y el aplicar una “justicia” desmedida, es lo que hace de nosotros seres individualistas y alejados de los demás y de Dios. Nos cuesta  aceptar los errores de los otros, pero quizás nos cueste más aún el que rectifiquen y se pongan a nuestra altura. También el hermano mayor de la parábola, los que consideremos que hacemos bien las cosas, necesita de esa dosis de humildad y debe aprender de la misericordia y acogida desmedida del Padre.