“Cuando
acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar”.
Si leemos y meditamos con detenimiento este relato, nos damos cuenta de la
sensibilidad y la personalidad de Jesús. Él, mientras está hablando a un grupo
numeroso de gente, está observando como unos pescadores están limpiando las redes
después de todo un día de faena sin haber conseguido nada cansados y desanimados.
Por eso se acerca a ellos después y les invita a intentarlo de nuevo, a no
desesperarse. Ellos (Simón) saben por su experiencia como pescadores que si no
han conseguido nada en toda la noche, era casi imposible conseguirlo a plena
luz del día, pero no obstante confían en el Señor y hacen lo que les pide.
Jesús
enseña a su gente que Dios está también en el desánimo de los hombres; Sin su
aliento y fortaleza somos pequeños, no somos nada, pero cuando sentimos a Dios
a nuestro lado somos capaces de cosas grandes, de cosas milagrosas (pescas
abundantes cuando la esperanza está perdida).
Con
nuestra sola fuerza de hombres y mujeres débiles es fácil rendirse y
desanimarse ante muchas situaciones con las que nos encontramos a diario. Hay
muchas situaciones que nos superan y nos dejan bloqueados, pero como creyentes
hemos de poner nuestra confianza en Dios, sabernos hijos limitados pero también
queridos y acompañados incluso en el fracaso y la debilidad. Hemos de tener esa
humildad de sabernos barro débil, pero a la vez piezas únicas con la que cuenta
Dios. Si Dios nos ha puesto aquí, seamos como seamos y estemos como estemos, es
por alguna razón que quizás a nuestro entender sea difícil de concebir, pero no
lo es así para Dios.
“Al
ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: Apártate de mí,
Señor, que soy un pecador”. El discípulo se siente pecador, pequeño,
avergonzado de haber subestimado al Señor, de haberle cuestionado y haber
confiado solo en su propia experiencia y fuerzas. Y cuando descubre que con
Dios se puede todo, que acompañado de Dios se pueden obrar cosas grandes, se
reconoce pequeño y decide seguir al Maestro de maestros.
La
humildad es un valor escaso cuando las cosas nos salen bien. Corremos el
peligro de creernos autosuficientes en todo y nos olvidamos rápido de Dios.
Olvidamos nuestro origen y nuestro destino. Los cristianos no debemos olvidar a
Dios en nuestro día a día porque eso lo que nos recuerda que somos grandes y
podemos hacer grandes cosas, porque estamos moldeados a su imagen y semejanza,
pero no por méritos propios.
La
actitud de arrepentimiento y humildad de Simón Pedro puede servirnos también de
ejemplo a nosotros mismos y también a nuestra Iglesia. Una buena dosis de
humildad para con ciertas afirmaciones y actos que, a veces, no hacen más que
alejar a otros de la comunidad porque se sienten juzgados y rechazados. Porque
sienten que están con gente que lo sabe todo, incluso que representan a Dios
cuando se trata de hablar de las vidas de los demás. Es cierto que la Iglesia ha pedido perdón en los últimos
tiempos en varias ocasiones, y eso denota que estamos viviendo un cambio de
actitud. Pero aún nos queda mucho camino por recorrer, y hemos de comenzar ese
camino reconociéndonos como los primeros pecadores.
“No
temas, desde ahora serás pescador de hombres”. Sólo reconociéndose
pecador recibió Simón Pedro la tarea de ser pescador de hombres. Así, por
tanto, sólo desde la humildad y la pequeñez, la Iglesia podrá actuar de la
misma manera que Pedro.
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