viernes, 25 de agosto de 2017

¿Quién es para tí Jesús? (Mt 16, 13-20)

 
Jesús nunca vivió del qué dirán; no porque no le importara la opinión que de sí tuvieran los demás, sino porque la certeza de su misión superaba cualquier juicio de valor humano. Sin embargo pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Seguramente Jesús imaginaba la respuesta, respuesta confusa, variada, incluso descabellada, había para todas las opiniones. No existía una opinión unánime sobre su persona; la respuesta “bailaba” desde los grandes profetas pertenecientes a la Antigua Alianza, Jeremías, hasta lo más novedoso de la época, Juan Bautista, pero en ese largo intervalo de siglos de historia cabían muchas personalidades y acontecimientos.
La pregunta inicial iba encaminada, no a buscar la respuesta sobre lo que la gente pensaba de Él sino, más bien, a si los suyos sabían con quién estaban y porqué. “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”.
Me atrevería a decir que ni el mismo Jesús se esperaba la segura, rápida y enérgica respuesta de Pedro. Precisamente el que mostraba más inseguridades y le planteaba más idas y venidas entorno al seguimiento, fue el que lo reconoció como “El Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Reconocer en Jesús al Mesías esperado durante siglos no es una imposición colectiva, no es algo fácil por los antecedentes y presentes que vivían los judíos entorno a la figura del esperado. Pedro profesa un acto de fe libre y personal. Dentro de la comunidad de los discípulos cada uno lleva su propio proceso, y él se declara abiertamente seguidor confeso del Mesías, Jesús de Nazaret.
Jesús reconoce este acto de fe en Él, en el Padre, y lo reconoce públicamente dejando claro que lo que acaba de profesar Pedro forma parte de un proceso interno que no depende de grandes doctrinas, elocuentes sabidurías ni enormes inteligencias sino que surge del don de la fe que sólo viene de Dios.
Si el evangelio no supone una interpelación personal constante y actual, no podríamos llamarlo evangelio.
Y tú ¿Quién dices que es Jesús? El credo que profesamos como comunidad cristiana no serían más que palabras elaboradas durante siglos por la Iglesia, y que repetimos en comunidad, pero en realidad algo poco encarnado, impersonalizado, volátil, débil… si no ha sido antes un acto de fe personal, un reconocer a Cristo como el esperado en tu vida; sabiendo que eso traerá consecuencias en la misma y la transformará.
Estoy con el papa Francisco, que como bien dice en la exhortación “Evangelii gaudium”: La Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma…”.
La Iglesia debe revisarse tomando como referencia  los primeros tiempos, pero a la luz de los nuevos, para no traicionar su misión dentro de este mundo.
Justo en este pasaje del evangelio de Mateo, Jesús elige la piedra en la que se edificará la comunidad de sus seguidores. Pedro, precisamente en su profesión de fe; no en atención de lo mejor o peor que hablaba a las gentes, no por lo mejor o peor que supiera leer o escribir, convencer, rezar e incluso organizar… No, lo elige por su profesión de fe, por su seguridad al confirmar al Mesías en su propia vida.
Se necesitan hombres y mujeres fuertes (y con fortaleza me refiero a valentía) en la Iglesia, que incluso tengan que “luchar”, remar a contracorriente, dentro de la misma comunidad (como también hizo Pedro en Jerusalén, cuando eran difíciles los comienzos); hombres y mujeres con la fortaleza de la fe, del descubrimiento personal de Cristo que tiene que celebrarse y compartirse en comunidad, pero que nace de lo más íntimo de la persona y su relación con el Padre.
 

jueves, 17 de agosto de 2017

La grandeza de la fe (Mt 15, 21-28)

Cuando Jesús se acerca a territorio pagano (país de Tiro y Sidón) lo hace intencionadamente, este hecho creo que resta frialdad y malas interpretaciones a la afirmación que nos puede descolocar un poco en boca de Jesús: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”.
“Ten compasión de mi…Mi hija tiene un demonio muy malo”. El mal no entiende de regiones, ni de religiones, ni de personas… el mal acecha y actúa cuando y con quién menos lo espera. Por eso es necesario reconocer a Dios en las cosas y personas de forma universal ¿Qué quiero decir con esto? Pues que Dios no se encierra en confesiones concretas y cerradas, no ama a unas personas más que a otras ni está con más intensidad en las liturgias más perfectas. Por eso, porque Dios no está en aquellos que practican una religión que consideran “pura” y en post de eso asesinan y atropellan a decenas de personas inocentes que disfrutan de la vida, de lo bueno de la amistad y la familia. Estos que abanderan sus atentados con el nombre del Altísimo creyendo que agradan a Dios, son el mal, el demonio que atormenta a la sociedad. Desde aquí mi recuerdo y oración por  las víctimas de Barcelona y por todas las víctimas del terrorismo. Le pido a Dios que ilumine los corazones de aquellos que creen que lo llevan dentro y que luchan por Él pero lo único que poseen es fanatismo y locura.
“Mujer, qué grande es tu fe”. Dios está con quién lo busca de todo corazón y lo reconoce en la bondad y el amor, en la solidaridad y la compasión. Dios valora la fe pura, no las religiones “puras” porque aquí podemos equivocarnos todos. Cualquier religión que haga daño al ser humano no es digna de llamarse tal, y mucho menos de apropiarse del nombre del Creador, Padre que ama y protege a todos sus hijos sin atender a diferencias.
Con la misma intensidad que lo hizo la mujer cananea, le pido a Dios que acreciente nuestra fe, que nos libre de fanatismos y concepciones cerradas de la divinidad a nuestra imagen. Que nos cure de la soberbia  de creer que tenemos la Verdad en posesión sin haber comprendido antes que Dios es Vida, Amor, Compasión, Solidaridad y Respeto universal.
 

viernes, 11 de agosto de 2017

"Ánimo que soy Yo" (Mt 14, 22-33)

El evangelio, más bien el evangelista Mateo, se asegura bien de que sepamos que Jesús estaba en “la otra orilla” con todo lo que este hecho conlleva. ¿Es una mera referencia geográfica para situar a Jesús? No, ya que ni siquiera se nos dice la zona, población o lugar concreto en donde se encontraban Jesús y sus discípulos. Lo que sí sabemos es que estaban rodeados de  una gran muchedumbre en la otra orilla.
“Después de despedir a la gente, subió al monte a solas a orar”. No es la única ocasión en la que vemos que Jesús cruza el lago de Galilea y se aventura hacia la otra orilla, para rodearse y transmitir la Buena Nueva a otras gentes (no judíos).
Parece como si Jesús quisiera quedarse sólo con aquella gente y despedirlos con calma ¿Es más bien esto o quizás también quería que sus discípulos afrontaran sin Él la travesía del lago? Lo que sí es evidente es que Jesús no tuvo prisa en acompañarles, ya que después de despedir a la gente se retiró a solas a orar. Era muy importante poner en las manos del Padre lo que acababa de hacer, poner en la manos del Padre a tanta gente que lo había escuchado y también a aquellos que ya iban en la barca hacía “tierra segura”. En los evangelios Jesús se retira a orar a solas en momentos importantes y significativos de su misión.
¿Cómo es posible que un grupo de hombres, la mayoría pescadores, teman en medio del lago al agua y al viento? La soledad, el sentimiento de protección y seguridad que les aportaba Jesús se había desvanecido por un momento; Sus dotes de pescadores, dotes humanas, no son suficientes para afrontar ciertos momentos de peligro y soledad. Cuando el viento es contrario, cuando en la vida nos pueden las adversidades, nos superan los acontecimientos y descubrimos nuestra limitación y debilidad, echamos en falta la mano protectora del que sabemos que es el único que puede comprender, acoger y ayudar. Todos nos hemos sentido alguna vez abandonados en mitad de la nada, sin referencias por las que guiarnos en mitad de la noche, sin faros ni guías hacia los  que acudir.
“Y a la cuarta vigilia de la noche…” Ya bien entrada la noche, casi de madrugada (entre las 3 y las 6 de la madrugada) es cuando Jesús decide acercarse, al ver como vacilan las fuerzas y recursos humanos de sus discípulos.
Con frecuencia, perdemos la paciencia y nos abandonamos al mejor postor, a lo primero que nos ofrezca seguridad, y esto hace que cuando tenemos lo que realmente necesitamos delante de nosotros, lo confundamos con espejismos y fantasmas, desconfiemos y nos creamos abandonados del todo. Pedimos pruebas de lo que la evidencia de nuestros ojos nos están mostrando porque tenemos miedo al fracaso, tenemos miedo a arriesgar. Gritamos como niños pidiendo ayuda cuando no reconocemos lo que tanto tiempo hemos estado esperando. Y sólo encontramos consuelo cuando oímos “Ánimo que soy yo…”.
“Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas”. No creo que Dios pruebe la fortaleza de nuestra fe; no creo que Dios nos ponga a prueba conscientemente o con la simple intención de ver hasta donde llegamos en relación a Él. Dios no es el verificador de “la fábrica de la fe”, que da el visto bueno a los “productos”-personas resistentes y desecha aquellos que no soportan las adversidades. Pero si creo que Dios, como Padre, nos deja en ciertos momentos “solos” o al menos a cierta distancia para hacernos fuertes, autónomos, adultos en esa fe que ha de ser personal, sincera y llena de fortaleza. Como el padre que enseña al niño a andar, siendo los primeros pasos los más complicados y arriesgados (también para el padre es difícil dejar a su hijo solo para que de los primeros pasos, aunque sólo sean unos segundos; pero si no lo hace así nunca sabrá si su hijo puede caminar sin ayuda).
El camino de la fe está salpicado de amor y sufrimiento al mismo tiempo. La llamada está ahí bien clara: “Ven”, pero cuando la fe titubea, cuando se nos pide un esfuerzo mayor del que creemos que podemos hacer, no es fácil responder a esa llamada sin dudar e incluso caer.
Y después de ver hasta dónde podemos llegar, nos acoge y tiende la mano y nos enseña: “hombre de poca fe…”.
“Subieron a la barca y amainó el viento”. En la barca común de los que nos reunimos entorno a Cristo nos sentimos muchas veces seguros y confiados, pero hemos de saber que la fortaleza de la fe empieza desde el convencimiento personal y el “abandono” en Él, ya que las estructuras humanas no son perfectas; Porque la barca, hecha con manos humanas, puede que algún día vaya a la deriva o naufrague en mitad del lago (aunque esto no pasará si le hacemos un sitio a Él, y desde la barca puede hacer amainar al viento, si hacemos de la barca de la Iglesia una barca fuerte que pueda hacer frente a cualquier tempestad remando en la misma dirección), pero lo que sí es seguro es que, aunque la barca naufrague, si nuestra fe es fuerte, podremos caminar sobre las aguas junto a Él.

viernes, 4 de agosto de 2017

Ser luz en las tinieblas-Transfiguración (Mt 17, 1-9)

El relato de la transfiguración hunde su sentido más profundo en la tradición veterotestamentaria, pero mira a un futuro de gloria que no ignora los momentos difíciles por los que se ha de pasar antes.
“Se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él”. Estamos ante una teofanía, la manifestación del poder de Dios al estilo del Antiguo Testamento, pero ahora, para recordarnos que el Hijo participa de la gloria del Padre, y así queda atestiguado también por Elías y Moisés. Pasado y presente en una manifestación que mira al futuro renovado por la resurrección que todo lo hace nuevo y todo lo purifica.
“Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas”. Resulta curioso que, después de una manifestación tan extraordinaria con la que nadie se quedaría impasible, y que serviría para atestiguar de por vida lo vivido, algunos de los discípulos que acompañaron a Jesús al Tabor, como Santiago y Pedro, le negaron y abandonaron tiempo después en sus momentos más difíciles. Por eso creo que no es tanto la manifestación celestial literalmente redactada lo que vivieron (ya que es más bien un relato concebido como las teofanías o hierofanías del Antiguo Testamento) sino que más bien vivieron un momento pleno, un momento de esos idílicos en la vida de los que no quieres que terminen. De esos momentos en los que estás con las personas y en el lugar adecuados y nos gustaría que durara para siempre. Sin embargo, todo en la vida no es gloria, hay también cruz.
 “Este es mi Hijo amado…”. De nuevo, otra vez, como en el momento del bautismo de Jesús,  la voz del Padre deja clara la absoluta relación entre Jesús y lo Alto. Ahora hay una invitación: “Escuchadle”.
Tenemos el corazón de piedra y aunque rogamos a Dios que nos dé un corazón de carne, muchas veces no ponemos todas nuestras fuerzas en escuchar lo que Él quiere de nosotros. “Lo que Dios quiera…” solemos decir, pero muchas veces es lo que nosotros queremos.
Resulta difícil aceptar a un Dios que se ha hecho hombre en una sociedad que, muchas veces, rechaza lo humano. Más aún cuando Jesús se ha encarnado en lo más miserable de la humanidad y nos pide que le descubramos precisamente ahí, en lo pobre, lo descartado, lo humillado. Todo ello porque es Dios de resurrección, de devolver a la vida lo que estaba muerto, de sacar la luz y la bondad de aquello que aparentemente estaba perdido.
“No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”. Para resucitar a la vida eterna, hay que morir a esta vida. Los discípulos discuten sobre el sentido de las palabras de Jesús entorno a la resurrección porque no les entra en la cabeza que Jesús, del que han experimentado su divinidad en ese preciso momento, tenga que morir.
Aunque los evangelios sinópticos no nos dicen el nombre del monte de la transfiguración, la tradición cristiana identifica dicho monte  con el Tabor. Desde MiTabor, este blog, quiero sentirme como Pedro, Santiago y Juan con Jesús. Así me siento cada vez que reflexiono en este lugar donde mi oración se hace escritura. Pero no me gustaría quedarme aquí, aunque estoy muy a gusto como les pasaba a los discípulos; No debo quedarme porque ya Jesús les dijo, y siento que me dice a mí también, que no puedo instalarme sino que he de bajar y trabajar por y con mis hermanos.
Seamos cristianos que, sin huir de las cruces de este mundo, viven más desde la resurrección y desde la gloria del evangelio porque sólo así podemos ser testigos creíbles.
 

viernes, 28 de julio de 2017

Saber compartir las perlas (Mt 13, 44-52)

Es evidente que el centro de las parábolas que Mateo nos presenta es el Reino de Dios. Centro de las parábolas y también del mensaje de dicho evangelio. Mediante constantes comparaciones, Mateo quiere dar a conocer lo que es el Reino y cómo hemos de acceder a él.
“…y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel”. El Reino de Dios exige un cambio en la persona, el Reino transforma y llama a un cambio de actitud querido y aceptado. Hay que “vender” todo lo que se tiene, es decir, dejar lo viejo para acoger lo nuevo. El evangelista Mateo sabía bien que debía incidir en la idea de este cambio  en aquel tiempo en el que los judíos, que venían de la Antigua Alianza y a la que estaban aferrados, debían saber que si realmente acogían el Reino predicado y vivido por Jesús de Nazaret, habían de  abandonar las viejas costumbres, ya estériles e injustas muchas de ellas, para acogerse al nuevo tesoro encontrado; La Nueva Alianza.
“El Reino es semejante a un mercader…que anda buscando perlas finas…”. Nos pasamos toda la vida buscando incesantemente la felicidad, el momento, la persona, el lugar… y cuando parece que lo hemos encontramos tememos las decisiones que hemos de tomar y las cosas-personas que hemos de “abandonar”. Tememos cambios que “destrocen” nuestras comodidades. Si, el Reino de Dios, el verdadero Reino, es exigente. Esa exigencia es necesaria para poder gozar plenamente de los dones que ofrece, hay “historias” humanas que molestan, estorban al Reino, son incompatibles con él.
Durante siglos se ha instaurado en el mundo un reino que, en no pocas ocasiones, no ha sabido reconocer y por tanto transmitir su esencia, su horizonte, su razón de ser; Ese reino ha sido el reino de la Iglesia. No han sido pocos los siglos en los que la Iglesia a través de su reinado en esta tierra, en aras de la voluntad divina, ha ejercido su poder desde sí misma y no desde las exigencias del Reino de Dios (exigencias que también la incluyen a ella y no sólo a “los demás”). Dicho así, esto parece un ataque hacia la Iglesia, a la que tanto amo y de la que me siento parte, un ataque más como a los que estamos acostumbrados y que vienen de personas que realmente no han experimentado el gozo de saberse acogidos, queridos y miembros de una gran familia. No es tanto un ataque sino una preocupación.
 Y me preocupa, no tanto por los que nos creemos que entendemos dónde estamos y para qué estamos dentro de la comunidad cristiana, sino porque la pregunta que me martillea constantemente es si realmente estamos siendo verdaderos transmisores del Reino de Dios, el único Reino verdadero, el único que debería existir y permanecer  en esta tierra y que no sólo pertenece a hombres, ni su esencia está en ellos. Me preocupa que, con legitimidad,  ordenemos, mandemos e incluso condenemos, convencidos de estar haciendo lo correcto como hombres pero perdiendo el norte, el Reino de Dios.
Me preocupa que habiendo descubierto ese tesoro escondido en la tierra lo volvamos a enterrar para no volver a mostrarlo, porque preferimos  no compartirlo con cualquiera antes de que se pierda, porque no queremos asumir el riesgo de que lo conozcan esencialmente todas las gentes  y puedan mal-usarlo, malinterpretarlo. Porque entiendo que el Reino de Dios no es propiedad de nadie, entiendo que el Reino ha de darse a conocer.
La gente que nos mira y critica desde fuera quizás no tenga razones, o quizás lo haga de una manera bastante superficial con la mera intención de “atacar”… no lo sé, pero ¿y si ese ataque fuera hacia una iglesia que ha instaurado su reino y está más pendiente de las cosas de la tierra (de guardar bien el campo y mantenerlo) que de desenterrar el tesoro y darlo a conocer sin condiciones ni miedos?
La última parte de las parábolas, es cierto, que puede resultar dura; Esa selección entre los justos y los malos, y la expulsión de estos últimos al fuego eterno nos puede resultar casi poco evangélica pero, una vez más, hemos de situarnos en la época y el auditorio del evangelista Mateo; esa gente estaba acostumbrada a este tono apocalíptico, duro, selectivo… no sólo estaban acostumbrados sino que, me atrevería a decir,  lo demandaban a la vez que lo entendían. Hoy no creo que sea tan necesario este tono apocalíptico y selectivo entre “los justos y los malos” dentro de la Iglesia, es más, creo que este tono ha estado presente ya mucho tiempo y  es el momento de cambiarlo. A mi modo de ver las cosas, y por mi poca experiencia pero mucho amor a mi comunidad, creo que el tono ha de ser el de un Reino de bondad en el que puedan decir, tanto  los que nos juzgan con ligereza como los que no nos conocen, “mirad cómo viven y se aman esos cristianos” Hch 4.

jueves, 20 de julio de 2017

Sembrar y esperar... (Mt 13, 24-30)

Hay cosas en esta vida que, como humanos, nos cuesta entender. A veces no comprendemos cómo pueden ir tan de la mano el bien y el mal, y la primera reacción es despreciar e intentar fulminar el mal de nuestro lado (entiéndase como mal desde personas que no nos convienen o nos mal influyen, hasta cosas y acontecimientos que nos desequilibran).
“Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña”. Lo bueno y lo malo, el bien y el mal, van muy unidos en este mundo, tanto que en ocasiones nos cuesta hasta diferenciarlos,  y dedicamos mucho tiempo en dilucidar lo que será bueno o malo para nosotros. Esto es así porque, en ocasiones, lo que para una persona puede ser malo a otra le puede ayudar o venir bien. No pretendo relativizar ni dar la impresión de que en realidad no hay ni bien ni mal, es evidente que hay cosas y personas que objetivamente no hacen bien, pero todo esto me lleva también a preguntarme si hay alguien, sea persona o institución-religión, que tenga la llave de todo el saber y no falle en dilucidar todo lo que, en este mundo, es bueno o malo.
Evidentemente no, no hay ninguna persona ni religión que se precie de humilde que sea poseedora de la verdad absoluta. No hay un solo camino para llegar al Bien y la Verdad absoluta, que es Dios. Se puede llegar a Dios y participar de los valores del reino siendo un agnóstico redomado, y también se puede hacer mucho mal y ser la encarnación del mismo Satanás afirmando que se es “muy religioso” y cumplidor de las leyes, cuando en realidad lo que se está practicando es un autentico fanatismo que ahoga a los demás, pretendiendo que todos sean, piensen o lleguen a la verdad por el camino que uno ha elegido.
“No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega…”. El mismo Jesús nos invita en esta parábola del trigo y la cizaña a no precipitarnos cortando lo que parece cizaña en medio del trigo, porque es muy posible que nos equivoquemos. Él nos dice que esperemos a ver los frutos y entonces si podremos decidir qué es lo que debemos quemar, apartar de nosotros, y que es lo que debemos recoger.
Creo que lo que Jesús quiere de la Iglesia no es una nueva inquisidora que se dedique solamente a decir quiénes son los buenos y quiénes los malos. Jesús lo tiene claro, lo nuestro es sembrar y esperar, es recoger frutos de bondad si antes los hemos esparcido por el mundo. Si a la Iglesia nos ven como jueces implacables y no como comunidad que acoge y siembra amor y bien, lo tenemos todo perdido porque habremos quemado las gavillas antes de tiempo y, en ellas, habremos quemado también mucho trigo, convirtiéndonos nosotros, a su vez, en cizaña.

jueves, 13 de julio de 2017

Acoger para dar fruto (Mt 13, 1-23)

La archiconocida parábola del sembrador siempre mueve y remueve las conciencias, invita a la reflexión tanto personal como comunitaria. Pero es precisamente por su popularidad y su difusión en la historia del cristianismo (una de las más utilizadas e interpretadas) por lo que resulta más difícil no dejarse llevar por las interpretaciones ya hechas, muy válidas por supuesto, y poder encontrar  otras luces que nos muevan a dicha meditación y reflexión.
No quiero ceñirme a la típica interpretación y más extendida, no por ello menos importante, en la que se compara al sembrador con el sacerdote, y a la semilla con la Palabra, y las diferentes tierras o lugares donde cae dicha semilla con la disposición o no del oyente ante dicha Palabra.
Llevo mucho tiempo intentando darle sentido y entender la dureza con la que habla Jesús en esta parábola  y más adelante me referiré a ello.
En referencia a los distintos lugares donde cae la semilla (a lo largo del camino, en el pedregal, entre abrojos y en tierra buena). Es cierto que la Palabra es la misma para todos y para todas las partes de la tierra, es cierto que la disposición de cada persona ante dicha Palabra no es la misma, ni tampoco los frutos de la misma en la vida del oyente. Pero también es cierto que el terreno personal de cada uno forma parte de la historia del mismo, del que cada uno es  protagonista pero en el que también han intervenido otras personas y circunstancias, que han hecho que esa tierra sea comparable tanto con lo más duro del pedregal, como con la tierra más fértil que hace germinar.
No es esto una justificación ante la dejadez o el desprecio, quizás en algunos casos, que pueda haber ante la Palabra, sino más bien un afán de compresión ante las diferentes maneras de acoger la misma. ¿Hay sólo una manera de escuchar, interpretar e incluso madurar la Palabra? ¿Era la única forma de interpretar la Palabra la que tenía el Sanedrín? ¿Le valía cualquier interpretación de este a Jesús?
Por supuesto que, con todo el respeto y además aceptación personal, el Magisterio de la Iglesia es quién en sus manos tiene la responsabilidad de la guía de la comunidad a través de la buena interpretación de la Palabra, pero también creo que hay, dentro de ese Magisterio y de la comunidad teologal cristiana, otras voces que hacen de la Palabra algo fresco y actual, un aliento renovado y respetuoso, abierto y ecuménico. Quiero ver en la “Evangelii gaudium” del papa Francisco una invitación abierta, aunque no descontrolada ni descerebrada, a la evangelización.
Es cierto que, como dice Jesús: “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron…”. Tanto su generación como la nuestra, somos dichosos porque sabemos de primera mano, de la suya, qué quiere Dios de nosotros, hemos visto al Mesías, lo conocemos, aunque a veces no le reconocemos. Pero a  la misma vez me resultan duras sus palabras, cuando, al dar razón de porqué hablaba en parábolas, les dice a sus discípulos que: “A quién tiene se le dará y a quién no tiene se le quitará hasta lo que tiene…porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden”.
A mucha gente le desconciertan estas palabras de Jesús. No parece Él, no parece su lenguaje, su estilo… Y es cierto que no es posible entenderlas si no echamos la vista atrás y vemos cómo, en los capítulos anteriores, Jesús se tiene que enfrentar ante la incredulidad de su pueblo, ante lo oposición y la cerrazón de los sabios y entendidos, ante la incomprensión de los suyos, a  los que el Padre se les ha querido revelar, ellos precisamente son los que menos lo acogen y lo entienden. Parece como si Jesús se frustrara en el intento de hacerles ver y entender, y el resultado fuera como el que predica a las piedras, o aún peor. Con estos precedentes y sabiendo lo que se decía, Jesús pronuncia estas palabras que en la parábola del sembrador resuenan tan excluyentes y duras.
Por eso Señor, dame (danos) la fuerza para poder acogerte, porque no es fácil, porque a veces no es el momento adecuado, a veces mi tierra es seca, dura o simplemente está con cizaña que no deja que tu Palabra cale. Que tu semilla caiga en mí y yo, al menos, la deje estar para que cuando llegue el momento adecuado, la acoja entre mis brazos y la haga germinar. Comprende a tod@s aquell@s que, por muy diversas causas, no se dejan calar, no te entienden, no te acogen.