sábado, 25 de agosto de 2018

Seguir o no a Jesús (Jn 6, 60-69)

Las palabras de Jesús sobre “el Pan de Vida”, refiriéndose a sí mismo: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”, escandalizan de tal forma, no solo a la gente del pueblo y dirigentes sino también a alguno de sus discípulos, que dejan de seguirlo cargados de razón: “¿quién puede hacerle caso?”.
Jesús sabe que sus palabras no sólo interpelan sino que requieren un cambio en la persona que mucha gente no está dispuesta o no puede aceptar. Ese cambio supondría renovar su fe de tal manera que muchas de las cosas que hasta la fecha habían venido creyendo como la más pura ortodoxia, deberían ser abandonadas para acogerse a la Verdad que viene directamente del mismo Dios; algo que aquellos judíos no pueden tolerar, o al menos digerir, de la noche a la mañana. Pero Jesús no puede echarse atrás porque sabe que su tiempo es muy limitado y la grandeza de la Buena Noticia no puede frenarse. Si con esas palabras se escandalizan ¿qué no pensarán cuando les hable de su origen y su propia resurrección? Y estos sí son presupuestos indispensables para la fe en Jesús a los que cualquier discípulo que presuma llamarse así no puede renunciar.
“¿También vosotros queréis marcharos?”. Por supuesto, Jesús respeta la libertad personal y el proceso de cada individuo, asumiendo que no todos llevamos el mismo ritmo y no todos podemos creer en sus palabras. De hecho, Él mismo, se lo deja claro a los discípulos que le estaban escuchando: “Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.
En este pasaje,  el evangelista Juan utiliza un lenguaje muy rotundo, directo y escandalizador para muchos, propio de una comunidad judeo-cristiana que tiene claro que, para seguir adelante, ha de romper con la tradición más aferrada y hermética, con la ortodoxia de la comunidad Jerosolimitana que aún le cuesta aceptar a Jesús como mesías y sólo puede verlo como profeta. Pero esta fe en Jesús como profeta-maestro no es, ni mucho menos, suficiente para poder ser sus discípulos; alguien tiene que dejar claro que, para aceptar lo nuevo y purificador, se ha de abandonar lo viejo.
Este planteamiento no es nada antiguo, todo lo contrario, está más vigente que nunca hoy también en nuestra Iglesia. En varias ocasiones he leído de expertos vaticanistas que, en realidad, aunque ya se hayan cumplido más de cincuenta años de la celebración del Vaticano II, nos queda mucho por andar para alcanzar todas  sus propuestas. Parece mentira que en una sociedad tan frenética para muchas cosas y con la mente tan abierta para otras, aún nos de miedo romper con muchas ideas y costumbres que, además de quedarse viejas y sin sentido, hacen daño. Me duele leer críticas feroces al papa Francisco; se puede o no estar de acuerdo con algunos de sus pensamientos y opinar sobre ellos, faltaría más, pero eso no justifica las críticas despiadadas y fuera de toda corrección fraterna, típicas del enemigo más feroz que recuerdan más a Nerón que a hermanos en la fe.
No es de extrañar que, escandalizados entre el inmovilismo de unos y las críticas despiadadas de otros muchos, bastantes hermanos abandonen la comunidad; de eso, todos los que consideramos que aún estamos dentro, sabemos un poco viendo nuestras celebraciones cada vez más mermadas. Y por supuesto que son  decisiones personales y libres, pero nosotros muchas veces con nuestras actitudes no animamos a que se queden.
Es cierto que no todos pueden, como he dicho antes, y que quizás sea necesaria esta marcha de algunos para que la comunidad se purifique de las cosas viejas y comience una nueva etapa. Lo que también es cierto es que Jesús nos interpela constantemente también a nosotros preguntándonos si aún queremos seguir con Él: “¿queréis marcharos?” y nosotros intentando ser buenos discípulos respondemos cada día: “Señor ¿a quién vamos a acudir?”; ¿Con quién mejor que contigo? “Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

 

viernes, 17 de agosto de 2018

Pan, vino... Presencia (Jn 6, 51-58)

A los antiguos cristianos no se les entendió y se les persiguió, entre otras cosas, por una interpretación literal de sus palabras y textos; incluso se les acusó de antropófagos. Hoy día, no se nos entiende, incluso después de haber “explicado” nuestra fe en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, quizás por otra razón en el otro extremo, el racionalista, que no deja abstraer y trascender al corazón.
En fin…el hombre parece que lleva en lo más hondo de sus entrañas la incredulidad, y que ha de poner siempre impedimentos a Dios, ya sea por literalidades, legalismos convenientes o  por las barreras que nuestra mente racional nos pone,  evitando que nos abramos al Misterio más profundo del ser.
“El que come mi carne y bebe mi sangre…” (El que participa del misterio; el misterio cristológico, el secreto mesiánico que tanto le “gusta” al evangelista  Marcos) Ese, y sólo ese, alcanzará la vida eterna, encontrará el sentido de la vida, la Vida que no se queda en la materia, que no se acaba con el tiempo  sino que perdura eternamente.
Los católicos hemos sublimado este Misterio hasta sacramentarlo. La presencia real de Cristo en las especies del trigo, hecho pan, y de la vid, convertida en vino, son para nosotros Misterio pascual, son el mismo Cristo. Pero, a veces, me queda la duda de si en el fondo, somos conscientes, lo hemos llevado al corazón, lo hemos rezado y llevado al plano de la fe, si lo CREEMOS; porque si no es así (y bastan sobrados ejemplos de “cristianos” que no participan cada domingo de dicho misterio) estamos siendo otra cosa pero no cristianos católicos, no lo somos si practicamos un sincretismo religioso hecho a medida, nuestro particular sincretismo de Cristo.
Los primeros cristianos respetaron y defendieron la comunión, la presencia real de Cristo en el pan, con su propia vida. Recuerdo alguna de las historias que me contaron en las catacumbas de Roma (concretamente la catacumba de San Calixto) en la que, por no dejar profanar el pan  eucarístico murieron incluso niños. Si, quizás sea eso, que hay que hacerse como niños para poder llegar a creer el misterio que supera toda razón. Eso no significa profesar “la fe del carbonero” sino, simplemente, reconocer la limitación humana ante su  Señor y Creador que puede, y de hecho así es, ser parte, hacerse presente y permanecer en la materia más cotidiana.
“El pan vivo bajado del cielo” nos deja claro que el pan que Él nos ofrece es su carne entregada para este mundo, un pan que se reparte, un pan inagotable, hay para todos, y el que lo acepte vivirá para siempre. Porque sólo entendiendo que el pan no es de nadie, que es de todos y que todo el mundo tiene derecho al pan, porque el pan es la vida, el alimento, sólo así alcanzaremos una vida en la Verdad.
 Los cristianos tenemos una gran responsabilidad, parte de nuestra misión, si encarnamos estas palabras en nuestras propias vidas, haciendo de ellas panes que se reparten y se dan inagotablemente para saciar el hambre y las necesidades de nuestro mundo. Quizás sea eso lo que no llegamos a entender y por eso nos cuesta tanto, nos ha costado siempre tanto a los humanos, entender  lo que significa la presencia real de Jesús en este mundo.
“Pero ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”. El judío de tiempos de Jesús, sólo sabe leer literalmente, nadie le ha enseñado a interpretar. Estas palabras son un verdadero escándalo para los judíos de su tiempo, incluso para sus discípulos, para aquella mentalidad tan dura como la piedra de las tablas de la ley. Pero, una vez más, Jesús nos demuestra que sus palabras son más que palabras.
Es necesario que el humano se alimente del VERBO hecho carne, que alimente su vida de la Verdad.
“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado”. Una vez más, Jesús muestra la clave para una íntima relación con Él, y estando con Él estamos igualmente con el Padre porque es quién le ha enviado. El misterio trinitario, sin necesidad de dogmatismos complicados y enrevesados que muchas veces hacen flaco favor por estar más llenos de letra e intentos de razonamiento que de sencillez, sale de la boca de Jesús como lo más “lógico” y sencillo, simplemente porque sale de una boca que pertenece al Hombre que lo vive como una misión a la que ha sido llamado y enviado por el Padre.
Encarnemos en nuestras propias vidas, con la cotidianidad y particularidad de las mismas, el misterio de Dios que se hace pan para después entregarse enteramente a todos.

viernes, 27 de julio de 2018

Compartir es el milagro (Jn 6, 1-15)

Es imprescindible, para entender todo el contenido de este pasaje, que tengamos en cuenta el anterior (lo que el domingo pasado decíamos que era la introducción a este; Mc 6, 30-34).
Jesús, antes de realizar el “milagro” de la multiplicación del alimento, es seguido por mucha gente (dice el texto que sólo hombres eran unos cinco mil; evidentemente nadie los contaría con exactitud ya que estamos hablando de un número simbólico). Teniendo la atención de toda esa gente, Jesús no les da primero de comer sino  que les habla; les habla porque de lo primero que están sedientos y hambrientos es de buenas noticias, de acompañamiento y comprensión. Están perdidos y desorientados (decía el texto del domingo pasado “como ovejas sin pastor”).
Jesús sabe que con el simple hecho de dar de comer a la muchedumbre no hace nada más que calmar una necesidad fisiológica, que es necesaria también, pero que no solucionará la raíz de los problemas de la gente. Quizás mucha gente iba buscando en Jesús soluciones rápidas a su hambre más material, pero lo que todos se encuentran antes es un regalo de Dios, la clave para entender muchas cosas, la clave para hacer de este mundo algo más justo; para hacer de este mundo el comienzo del reino de Dios. Jesús no da de comer sin más. Jesús enseña que la clave está en ellos, en la forma de entender su mundo, su vida y la vida con los demás (con los hermanos).
Hay para todos si se sabe repartir, si dejamos los egoísmos personales, si cambiamos el chip y no pensamos tanto en comprar como en repartir. Como afirma Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in veritate”, debemos construir una economía de la caridad, una economía del amor.
En esta sociedad en la que nos medimos por lo que tenemos, por lo que somos capaces de comprar, no cabe la solidaridad del compartir lo que tenemos sino que practicamos solidaridad de lo que nos sobra. Esa es precisamente la mentalidad que Jesús quería cambiar, esa es la clave para que nadie pase hambre y para que comiencen a cambiarse las estructuras de una sociedad injusta.
Las primeras comunidades cristianas esto lo entendieron muy bien; seguramente algunos de los miembros de estas primeras comunidades estuvieron presentes en esta lección-fraternidad del compartir, en este milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. El problema es que a nosotros nos ha llegado esta tradición demasiado viciada, muy divina y poco encarnada. Nos hemos quedado con el “milagrito” y eso nos ha impedido entender lo que realmente pasó, y, por tanto, nos impide poder ponerlo en práctica. En este pasaje dieron de lo que tenían y después sobró. Hoy nosotros, damos de lo que nos sobra y, como eso es poco, entonces lógicamente falta.
Las primeras eucaristías eran momentos reales de compartir. Tanta importancia tenía la Palabra como la comunión, como el momento en el que todos daban algo de lo que tenían para vivir en ese momento ¿Y nuestras eucaristías qué son? ¿En qué se han convertido? ¿Hacia dónde vamos?
María supo entender esto con una naturalidad pasmosa, con la “facilidad” que una madre entiende que nada es suyo, que su vida es don en cuanto que alumbra, protege y crea otras vidas. Le pido con todas mis fuerzas y mi vacilante y precaria fe a la Madre, que me haga entender el sentido del compartir sin mirar a quién, ni cuándo, ni cuánto.

sábado, 21 de julio de 2018

Saber parar parar escuchar (Mc 6, 30-34)

El texto evangélico ante el que nos situamos hoy es el preámbulo de uno de los relatos más conocidos del evangelio de Marcos, y me atrevería a decir de toda la Sagrada Escritura, como es el llamado milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. Pero hoy no requiere nuestra atención este “milagro” en concreto sino más bien su introducción, cuatro versículos Mc 6, 30-34, que aparentemente son insignificantes, pero que  guardan  una información muy rica sobre Jesús y las prioridades que estableció.
“Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús”. Es una de las pocas veces, si no la única, en donde el evangelista Marcos utiliza la denominación de apóstoles, diferenciándolo de la de discípulos. Esta diferencia no es una casualidad. Es necesario que se sepa que este grupo de seguidores cercanos a Jesús habían sido antes enviados por Él para una misión muy concreta, la misión de proclamar que el reino ya estaba cerca, y para eso les dio poder para expulsar espíritus inmundos y sanar. Se nos dice que los apóstoles le contaron a Jesús lo que habían hecho y enseñado. Venían de enseñar; venían de ser la voz del Maestro, eran maestros de la Palabra.
“Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Esta frase de Jesús me resulta entrañable. Jesús se preocupa por los suyos. Reconoce lo duro de la misión y desea que descansen y reparen fuerzas. Creo que es una  frase del evangelio que puede pasar fácilmente desapercibida, sin embargo personalmente me resulta reveladora en relación a la humanidad de Jesús y el cariño con el que cuidaba a sus seguidores más cercanos, los apóstoles.
No es que Jesús quisiera huir de la gente que les seguía, pero sí que el mismo Jesús reconoce que la misión agota y que es necesario el pequeño encuentro en el que poder compartir lo vivido y reparar fuerzas, e incluso corregirles en la intimidad si en algo hubiesen errado.
“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos; porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. La misión es agotadora sí, pero antes que reparar fuerzas está el encargarse de los que demandan más atención. La pretensión de descanso se frustró cuando, al llegar al lugar donde presumiblemente iban a estar más tranquilos, se encontraron con más gente que demandaba atención. Pero Jesús aprovecha la ocasión para hacer ver a los apóstoles que la prioridad son los otros, no ellos, nunca la prioridad puede ser uno mismo sino los demás, los más pequeños, “las ovejas que no tienen pastor” y demandan un guía. El descanso lo dejan para otro momento y Jesús se pone a enseñarles con calma; dedicándoles la atención y cariño que se merecen también estas gentes que esperaban su palabra. Jesús se ocupaba de los hambrientos y enfermos del cuerpo, pero también enseñaba, porque la enseñanza de Jesús es enseñanza para la vida, es Vida; porque aprendiendo de Jesús es la única manera de cambiar nuestro mundo y retornar a la justicia y el amor.
A veces, en la Iglesia, tenemos demasiadas prisas. Esas prisas por cumplir expediente (decir, no celebrar la misa, dar una clase, cumplir con…) hace que no reparemos en que lo que tenemos delante de nosotros son personas. Es más fácil echar unos céntimos en el cestillo y quedarse con la conciencia tranquila, que pararse a mirar a los ojos a alguien que te pide algo cuando te estás tomando una caña con los amigos. Pero el descanso y el ocio, la caña, pueden esperar y quizás esa persona necesita algo más que unos céntimos.
Tengo la sensación de que no nos paramos delante de los problemas reales de la gente, no nos paramos a enseñar con calma. Cumplir el expediente está bien pero no es suficiente, es inútil cuando delante tenemos a alguien que no sabe de lo que hablas, porque lo que necesita es que le escuches con calma y le enseñes desde el amor y la verdad. Hay cristianos que buscan desesperadamente al Jesús de la Verdad, el camino de Jesús (Jesús Camino) y una vida en Jesús (Jesús Vida), y no palabras huecas, generales y sin delicadeza que, muchas veces, por no saber de los problemas reales de la gente se hiere con palabras aprendidas y no rezadas.
Hay chicos y chicas adolescentes que no quieren escuchar los rollos de siempre sino que necesitan que, antes de que nadie les de la “brasa”, se les escuche porque no entienden por lo que están pasando y necesitan un buen pastor que les oriente, rectamente, pero sin prejuicios.
Le pido a Dios que seamos verdaderos apóstoles que entendamos que la misión agotadora a la que nos envía Jesús el nazareno, no merece descanso si vemos a hermanos que no saben por dónde tirar, que no encuentran lugar donde poder reposar porque andan por la vida con miedo, como ovejas sin pastor.

sábado, 14 de julio de 2018

La misión (Mc 6, 7-13)

La misión del cristiano no es para solitarios, es misión compartida, porque donde dos o más nos reunimos en nombre de Dios allí está Él; porque no es una misión simplemente humana, sino divina, en la que colaboramos los humanos que hemos sido llamados y hemos apostado por ella. Precisamente por eso, por su origen divino, no necesita de superficialidades ni estorbos humanos superfluos sino sencillamente de la voluntad, el amor y la fe; y por parte de quien la recibe buena acogida y gratitud.
Así es como Dios sueña un mundo justo y equilibrado para nosotros sus hijos ¿De qué sirve mucha maleta para el camino, si cuando lleguemos al destino encontramos una buena acogida de los hermanos y tendremos lo necesario? Y si no lo encontramos, con irnos nos basta.
Quizás las muchas cosas externas estorben al mensaje principal, a las decisiones que debemos tomar, a los sentimientos… Esta misión está liderada por el amor, ese mismo amor es el que tiene autoridad sobre “espíritus inmundos”, es decir, sobre injusticias, estigmas y dolencias de alma y cuerpo. Sólo con amor y comprensión, los humanos podemos vencer los miedos que hacen que nos despreciemos, nos matemos por no profesar el mismo credo o las mismas ideas… Esa es la autoridad que Jesús da a sus discípulos, la autoridad del amor, porque lo que se hace con amor lo justifica todo.
En definitiva, lo que Jesús quiere trasladar a su pueblo, a través de sus discípulos, es que el estilo de vida que Él llevaba con sus apóstoles, lo pueden/podemos llevar todos. Que necesitamos un cambio en nuestras costumbres para que nuestro mundo sea más justo y equilibrado. Mientras unos viven en la sobreabundancia, otros no tienen ni qué comer ni con qué vestirse, y eso quien no lo quiera ver o escuchar es digno de que se sacudan hasta el polvo que se ha pegado en los pies del mensajero, discípulo,  al salir de su casa.
Jesús no propone una vida llena de excentricidades, no pretende que vivamos en la miseria. Como bien dice J. M del Castillo: “El Evangelio no presenta una forma externa y extravagante de vivir. Lo que el Evangelio ofrece es una forma de vivir, que no está ni determinada ni condicionada por el dinero y el bienestar, sino por el proyecto de aliviar el sufrimiento y por el respeto a la dignidad y los derechos de todos”.
Porque no está mal vivir con dignidad, pero si la dignidad pasa a la comodidad pasiva del que quiere hacerse sordo o ciego, es decir, un espíritu inmundo, es misión del discípulo de Cristo el sacarlo del corazón de esos hombres que están poseídos, para que puedan ver con claridad y descubrir un mundo nuevo.
 
 

sábado, 7 de julio de 2018

Descubrir a Dios en el prójimo (Mc 6, 1-6)

Prejuicios, hoy me lleva la Palabra a hablar de los prejuicios con los que nos condicionamos y condicionamos a nuestros semejantes y, más aún, en muchas ocasiones a los que más cerca tenemos.
 
“Fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos”. El modo de proceder de Jesús no fue distinto en su pueblo del que utilizaba en otros lugares, no fue distinto porque estuviera con los “suyos”, no tuvo un trato de favor en el hablar o el hacer. Sin embargo, con Él, los suyos si tuvieron reparos, diferencias, prejuicios…
 
“¿De dónde saca todo esto?”. Por un lado, nos mueve la curiosidad de saber qué tiene que ofrecernos alguien del pueblo que ha estado tiempo fuera, en la ciudad, con gentes de otros lugares… Y por otro, partimos ya con preconcepciones e ideas que condicionan nuestro juicio hacia los otros, en cuanto oímos cosas que nos descolocan o que no entran en nuestros esquemas mentales; cualquier novedad que pueda hacernos cambiar o que simplemente requiera asumir riesgos ante lo desconocido, nos hace reaccionar rechazando lo diferente con la excusa de que sabemos de dónde o de quién viene. Lo más fácil entonces es juzgar, descartar, desechar tanto a las propuestas como a las personas.
Nos cuesta descubrir a Dios de una forma tan cercana, en lo cotidiano y lo conocido. Parece como si no estuviéramos preparados para descubrir a Dios en los otros, y aún es  más difícil si ese otro es un vecino nuestro, un familiar, o alguien que vive en el mismo lugar que nosotros. Sin embargo, hemos de acostumbrarnos y aprender del Maestro, Él nos enseña que Dios está a nuestro lado, más cerca de lo que pensamos o creemos; que a Dios no podemos, no debemos, esperarle en un carro de fuego como pensaban sus vecinos que llegaría el profeta Elías. Dios se encarna en la cotidianidad, en la humanidad más cercana.
La Iglesia ha de seguir aprendiendo y transmitiendo a toda la humanidad que Dios no sólo está en los cielos, que esa afirmación de nuestro credo está antes precedida por la encarnación en la tierra. La Iglesia no podrá nunca ser reflejo de Cristo si no cree esto  profundamente y actúa en consecuencia; es decir, si los cristianos no tratamos al prójimo como si del mismo Dios se tratara, sabiendo y creyendo que cuando hacemos con los hermanos, actuamos con Cristo.
 
“No pudo hacer allí ningún milagro…, y se extrañó de su falta de fe”. Sí, quizás es cierto que para eso hay que tener fe; quizás para descubrir verdaderamente a Dios en los demás hay que tener mucha fe, pero esa es la única manera en la que Él puede actuar entre nosotros, a través de la fe.

sábado, 30 de junio de 2018

Tocar a Jesús (Mc 5, 21-43)

Llama la atención como, tanto el jefe de la sinagoga como la mujer enferma, “hemorroísa”, se acercan a Jesús ante la desesperación vital en la que se encuentran. Jairo porque su hija estaba en las últimas: “Mi hija está en las últimas”, y la mujer que sufría hemorragias porque: “Se había gastado toda su fortuna en médicos sin conseguir nada”. Desesperados sí, pero también con algo en común mayor aún que la desesperación, la fe. La fe en Jesús hasta el punto de creer que podía devolverles la vida, la salud que les faltaba. Y ciertamente la situación de ambos debía ser extrema cuando uno no tiene reparos ni temores en acercarse a Jesús siendo jefe de la sinagoga de Cafarnaúm, y la otra afronta el que pudiera ser pillada y juzgada por saltarse la ley religiosa referente a la sangre y la mujer.
Jesús sabe quién le ha tocado, Jesús nota que alguien se acerca a Él de una manera distinta al mero acercamiento físico. Él nota que le “roban” fuerza, el Espíritu sale de Jesús para acompañar a la mujer, para sanar a través de la fe. Por supuesto que Jesús no quería dejar a la mujer en evidencia, ni mucho menos denunciar su osadía al acercarse, sabiendo que padecía hemorragias, y tocar el manto del maestro. Jesús quiere aprovechar ese acto de profunda valentía y fe, esa demostración de confianza en Dios de la mujer, para anunciar la Buena Nueva. La mujer no ha de sentirse avergonzada, no ha de robar fuerza a Dios sino acercarse a Él con confianza y libertad, sentir a Dios como un Padre bueno. Acercarse a Jesús no ha de ser motivo de vergüenza, confiar en Dios ha de ser motivo para sentirse orgulloso y pregonarlo: “Mujer tu fe te ha salvado”.
Seguramente tenemos a nuestro lado personas que necesitan de Dios, necesitan de nosotros, y ni siquiera nos damos cuenta. Sienten vergüenza de sus vidas, vergüenza de su situación, sienten que van a ser juzgados o peor aún, condenados, y prefieren llevar su pena, enfermedad o problemas en silencio porque piensan que nadie les puede ayudar. El cristiano está en este mundo, no para humillar sino para ayudar; no para juzgar sino para acompañar y proclamar que Dios, Jesús, nos quiere como somos. Donde la religión judía juzga y condena, Jesús, proclama Buena Nueva y ensalza al necesitado.
“Vete en paz y con salud”. Ambas cosas son necesarias; irse en paz, sabiéndose salvada, e irse tranquila porque se sabe curada. Es muy importante resaltar que Jesús no solo cura sino que también salva. Jesús actúa primero por dentro, dignifica, y después cura, sana, acompaña…
Jairo no era discípulo de Jesús, seguramente ni siquiera había visto muchas cosas de las que se decía que hacía Jesús, pero lo que sí es cierto es que confiaba, creía en Jesús. A veces no nos dejamos acompañar por Jesús, porque nos falta fe.
En la Iglesia falta, muchas veces, proclamar a viva voz que Dios no se avergüenza de ninguno de sus hijos, que Dios ama, y ama tan fuerte y con tanta intensidad que es un amor que escandaliza; porque ninguno de nosotros, que solemos juzgar al hermano, seremos nunca capaces de amar como nos ama Dios.