sábado, 31 de marzo de 2018

Un final que es el comienzo (Jn 20, 1-9)

Resulta paradójico que lo que más nos cuesta creer a los cristianos, es precisamente lo único que nos hace cristianos. Es curioso como el hombre-cristiano celebra la muerte con todo sentimiento, llora y acompaña a los familiares que han perdido al ser querido, consuela con palabras humanas: “Es ley de vida” decimos…; “Hay que ser fuertes en estos momentos…” y expresiones así que, en realidad, sabemos que no consuelan, pero el caso es que no se nos ocurren otras en esos momentos; y, en la mayoría de los casos, guardamos silencio y reducimos nuestro pésame a un abrazo o una mirada de complicidad.
Es comprensible que el misterio de la muerte nos abata y nos deje sin palabras. Pero no ha de ser así, porque los cristianos debemos tener palabras de consuelo real y fe que, precisamente, se ha de hacer más fuerte en esos momentos. Porque si el Hijo del hombre es el Cristo, es precisamente porque colma la muerte de Vida y no porque padeció en una cruz.
 “Y vio la losa quitada del sepulcro…”. Jesús es Dios encarnado, y esa humanidad tiene su culmen precisamente en que se encarnó para resucitar y descubrirnos lo que hay detrás de nuestras losas de piedra y mármol, cuando pensamos que ya todo es oscuridad. Porque si un cristiano no cree firmemente que la muerte ya no es una losa sino la puerta abierta a la plenitud de la Vida, no es digno de llamarse cristiano.
No nos engañemos. Un cristiano no es el que es bueno sin más, ni el que ayuda al necesitado, ni siquiera el que se sacrifica por los demás. Todo eso es necesario para que un cristiano sea fiel a lo que Jesús quiso para la humanidad, pero no tiene sentido si no lo hacemos teniendo como horizonte y desde la alegría de sabernos salvados por medio de la resurrección.
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. No hemos de sentirnos culpables si, a veces, nuestra fe en la resurrección se ve acompañada de dudas.
Ni siquiera los que le habían acompañado de cerca, los discípulos, pueden aceptar o  “permitirse el lujo” de no estar tristes ante la muerte. Cuando llega la muerte no hay motivo para la alegría, ni siquiera después de una vida larga, llena de bendiciones, se nos ocurre darle gracias a Dios. A veces los cristianos perdemos la perspectiva de lo que significa la muerte, o en lo que Cristo la ha convertido.
“Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura”. Cuando descubres el inmenso gozo que supone que la Palabra se encarne y tome sentido en tu vida, que no se queda en algo que pasó hace miles de años sino que se actualiza cada día en tu vida y te ves reflejado/a en ella, no puedes sino ser plenamente feliz y actuar en consecuencia, y ahí es donde se  nota que somos cristianos, porque entiendes que lo que Cristo dijo e hizo, también te pasará a ti. Y, por supuesto, eso incluye una tumba vacía.
La vida plena, sin limitaciones, que alcanzaremos con la resurrección, hemos de darle sentido desde y con la vida que como humanos nos vamos fraguando. Porque la esperanza en la resurrección nunca ha de ser una excusa para maltratar la vida humana. Eso ha pasado y, desgraciadamente, sigue pasando hoy en algunos credos y religiones que, por querer alcanzar fanáticamente la vida eterna (creyéndose mártires), se maltrata/mata la vida que tanto amó Dios-Jesús. Porque “tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo al mundo” para vivir desde el amor.
Es posible que los cristianos estemos “locos” por creer en un Dios encarnado, que vive y muere como hombre, y que después creamos que resucita. Pero qué maravilloso es vivir esta locura de amor, sabiendo que el sentido de una vida lo da su final, y que dicho final es la resurrección.
 

sábado, 24 de marzo de 2018

El Rey de los judíos (Mc 15, 1-39)

“Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes….prepararon la sentencia…y lo entregaron a Pilato”. Da la impresión de que deliberaron qué hacer con Jesús toda la noche, y que al final de la misma es cuando decidieron entregarlo con acusaciones claras. En realidad, tanto las acusaciones, sentencia y condena las tenían muy claras desde hacía tiempo. Jesús ya era conocido y llevaba mucho tiempo resultando incómodo, por tanto, de haberlo podido sentenciar antes, o si sólo hubiese dependido de la autoridad religiosa y no hubiesen tenido que rendir cuentas ante las romanas, lo hubiesen matado antes.
¿No es verdad que a veces tenemos guardadas las cosas-ofensas y malestares? Creemos que no somos rencorosos pero, en realidad, estamos esperando la oportunidad de sacar esos “trapos sucios” para sentirnos mejor, acusar o simplemente hacer ver que seguimos molestos por algo. Ante estas acusaciones Jesús calla porque sabe del corazón y los rencores humanos, Él mismo afirma, en el relato de Juan, que todo lo ha dicho abiertamente y que habían tenido ocasión de conversar con Él y no lo hicieron. Pero muchas veces no queremos conversar, solo acusar, porque puede más nuestro dolor que las ganas de arreglar las cosas.
“¿Eres tú el rey de los judíos?”. Es una acusación absolutamente reiterativa. Aparece constantemente en los evangelios. Acusan a Jesús de haberse autoproclamado rey de los judíos. Evidentemente, esto es algo muy elaborado puesto que la figura del rey tenía connotaciones religioso-mesiánicas, el rey era ungido, elegido por Dios, representaba la unidad del pueblo de la Alianza (tenía tintes tanto religiosos como políticos). Esta acusación, por tanto, era más grave de lo que parecía y Jesús nunca diría de sí mismo que era rey de los judíos.
“Pues ¿qué mal ha hecho?”. Da la impresión de que Pilato intenta disculpar o al menos esquivar la condena a muerte de Jesús, es decir, se nos muestra a un Pilato con cierto interés en Jesús intentando darle oportunidades, pero realmente los romanos, más aún el gobernador, no tenían ningún interés por los judíos más allá de mantener la calma y no provocar disturbios. Quizás, en el fondo, Pilato sabía que detrás de la petición de condena a muerte de Jesús había muchos intereses y falsas acusaciones, pero en esto también él se jugaba su puesto frente al emperador, por tanto, no toma partido más allá de lavarse la manos, como señal de desinterés, y entregarlo a los sacerdotes, a la religión judía.
Qué curiosa esa entrega a la religión. Se supone que es la que ha de hacer justicia en nombre de Dios, la que debe mostrar misericordia y benevolencia y, sin embargo, Pilato entrega a Jesús a una institución corrupta e interesada, a sabiendas. Condenar a Dios en nombre de Dios ¡Increíble fracaso religioso! Hemos de cuidar nuestras instituciones religiosas para no erigirnos en jueces de nadie, porque eso sólo le compete a Dios. Nuestra religión cristiana ha sentenciado y condenado durante siglos, y me atrevería a decir que aún quedan resquicios, pero eso ha de convertirse en amor y corrección fraterna (la forma de hacer y decir las cosas, aún con el mismo resultado, es muy importante).
“El velo del templo se rasgó en dos”.  Es ahí, en el punto más alto de la corrupción religiosa, en el momento de la elevación de la cruz de donde pende Dios, donde la religión se fragmenta. No se puede aguantar tanta hipocresía y dolor, no se pude permitir que los hombres decidan por Dios. El templo que custodiaba la Alianza de Dios con los hombres se rompe como señal de ruptura del pacto. Es necesario  volver a empezar, es necesaria una limpieza de las instituciones humanas, que Dios vuelva a renacer-Resucitar para así renovar a los hombres y sus religiones.

sábado, 17 de marzo de 2018

¿Aceptar, asumir, resignarse...? ¿Vivir? (Jn 12, 20-33)

Evidentemente, aunque sea algo sabido que Juan redactara su evangelio después de que pasaran los hechos y que la perspectiva e intenciones de los evangelios, en cualquiera de ellos, van más allá de la mera  información o redacción; en este relato Juan también quiere mostrar que Jesús conocía su destino y que, pese al miedo y sufrimientos humanos comprensibles, lo aceptó y lo encajó dentro de su misión y su persona.
Como he propuesto en reflexiones anteriores, no se puede entender del todo lo que quiere mostrarnos la Palabra si no la situamos en relación a lo anterior y posterior. Anteriormente a lo que nos cuenta Juan en este pasaje, Jesús veía como su persona y misión eran discutidas y confundidas. Unos le aceptaban, otros al menos daban el beneficio de la duda y había quienes  directamente lo negaban. El caso es que los ánimos estaban ya caldeados, y Jesús se ve con poco tiempo para todo lo que la grandeza del reino exigía transmitir y enseñar.
“Señor, queremos ver a Jesús”. En medio de esta vorágine de dudas y confusiones (aceptaciones y rechazos) que provocaba Jesús, unos gentiles (griegos probablemente) quieren conocerlo. Jesús aprovecha la ocasión para anunciar su destino y exponer alguna de las condiciones que exige su seguimiento; además, lo hace de forma apremiante porque se está consumiendo el tiempo.
“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere…”. Es necesario que cada uno “muera” a sí mismo, a sus egoísmos y sus cosas, para que se dé fruto. No se puede ser feliz si con los demás estamos mal. Cuanto más felices hacemos a los demás más felices somos nosotros ¿Cómo es posible que siendo desprendido, dándose del todo y siendo generoso, se pueda encerrar  tanto “egoísmo positivo” y ganar felicidad personal?
Lo que hace grande a Jesús como humano es que sabe aceptar las consecuencias de sus actos y su propia misión. Él no lo acepta con resignación sino asumiendo que la categoría humana reacciona según de qué manera ante ciertas situaciones. Jesús conoce el miedo humanos, también el suyo, los temores, desconfianzas, traiciones y debilidades pero también confía en la bondad. Es por eso, porque conoce el mecanismo del ser humano, por lo que acepta su destino con una templanza que sigue sorprendiéndonos.
¿Cómo afrontamos nosotros las tribulaciones?
“El que quiera servirme que me siga”. El que sirve, está dónde está Dios; esta es la mejor manera de seguir a Jesús. Servir es la mejor manera de ser cristiano. Si hacemos de nuestra vida un servicio constante  a los demás, dice Jesús: “el Padre le premiará”.

jueves, 8 de marzo de 2018

Lo inútil de rechazar la Verdad (Jn 3, 14-21)

Entenderemos mejor este pasaje del evangelio de Juan si somos conscientes de la conversación que mantienen, justo antes de esto, Nicodemo y Jesús.
Jesús le asegura a Nicodemo que es necesario nacer de lo Alto, nacer de nuevo, renovarse, porque si esto no se hace no es posible ver el reino de Dios. Si no hay una profunda y verdadera conversión de corazón, si se sigue con los esquemas, creencias, prácticas y conceptos pasados, no es posible ni aceptar, ni descubrir, ni participar del reino. Y se lo dice precisamente a un principal de entre los fariseos. Evidentemente todos, incluidos los fariseos, veían los signos y palabras de Jesús y, en el fondo, lo admiraban aunque las formas no fueran las esperadas. Por eso Jesús les pide, antes de nada, conversión de corazón, que nazcan de nuevo. Es necesario un nuevo nacimiento espiritual para dejar nuestras ideas, y así hacer sitio en nosotros a Dios y la novedad que, cada día, nos ofrece.
“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente…así tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. La serpiente en el mundo egipcio era símbolo de curación y antídoto contra la enfermedad. Moisés colocó una serpiente de bronce en un poste y la elevó, para que fuera mirada por aquellos que estaban envenenados y así ser curados. Así, el mismo Dios hecho Hombre, es también levantado en un madero para que todo aquel que quiera salvarse lo haga por la fe en el Hijo amado del Padre; Él es el antídoto para la salvación.
“El que cree en Él no será condenado, el que no cree ya se ha condenado”. El hombre, los hombres nos condenamos muchas veces  con nuestras actitudes, pero también con nuestras omisiones. Por eso, el que conociendo la Verdad y la Luz no se deja guiar por ellas se está condenado a vivir en la mediocridad de guiarse y rodearse de cosas y personas que no llenan en plenitud, ni pueden ofrecer nada más allá de lo humano.
El que conociendo la Verdad reniega de ella sabe que su vida no será plena porque ya ha conocido la Verdad, porque estará escapando siempre sabiendo que puede estar mejor pero que, por comodidades menores o egoísmos completamente terrenos, está viviendo en la penumbra que crea  la Luz; está viviendo a la sombra de la Verdad que ya conoce.
Conocemos a Jesús y el proyecto del reino, y si actuamos en contra de él estamos anteponiendo nuestros planes a Dios.
Dios no quiere el mal del mundo, no ha venido para condenar sino para dar Vida, para salvar. Por  eso Dios envía a su propio Hijo entre nosotros, entre TOD@S nosotros, en mitad del mundo. Para que por Él y solo por Él encontremos la salvación. La Iglesia es un medio para la salvación, pero el único necesario e imprescindible es Jesús de Nazaret; su Amor, reflejo del Padre,  es el camino necesario para vivir en la plenitud de la verdad.

viernes, 2 de marzo de 2018

El comercio de lo sagrado (Jn 2, 13-25)

“Estaba próxima la Pascua de los judíos…”. La Pascua para los judíos era y es una de sus fiestas principales. Jerusalén triplicaba su población, ya que para un judío no sólo era un precepto sino un gozo el poder subir al monte santo en el que se hallaba el templo y ofrecer sus holocaustos en la morada de Dios, en el Sancta Sanctorum.
En este escenario Jesús, como buen judío, sube a Jerusalén para orar en el templo, pero cuando llega, nos dice el evangelio de Juan, se encuentra una estampa digna de uno de nuestros mayores centros comerciales. Jesús no puede soportar el ver cómo, al pasar la puerta que separa la ciudad del recinto del templo, cambia completamente de mundo; Jesús se encuentra una algarabía de gentes y mercancías  pregonadas y ofertadas al mejor postor.
El templo que lo era todo para los judíos pero que vivía, en muchas ocasiones, a costa de los mismos. En el mismo templo se compraba la oveja que luego se iba a sacrificar.  Pero esa ofrenda obligatoria para la “salvación”, no era una ofrenda del todo ni libre ni justa ya que los “grandes” podían ofrecer los mejores frutos y terneros cebados, y los pobres simplemente un par de tórtolas. Jesús sabía que algunas ofrendas no eran sino ofrendas de temor a Dios, un temor inculcado por sus mismos sacerdotes. Porque los sacerdotes eran los que aceptaban que los vendedores estuvieran en el recinto sagrado vendiendo lo que luego ellos iban a consumir ¿Quizás de lo vendido exigirían comisión? Jesús sabía de la corrupción de algunos sacerdotes y fue eso lo que no pudo soportar, ya que aquel escenario era debido a la permisividad e intereses de aquellos que más ejemplo debían dar y que, de alguna manera, comerciaban con la fe del pueblo de Dios.
Desde mi pequeñez y desde el conocimiento y estudio de la historia de nuestra comunidad eclesial, le doy gracias a Dios porque, si bien en épocas pasadas nuestra Iglesia se asemejaba más a este pasaje evangélico en el que algunos miembros del sanedrín eran más banqueros que ejemplo para el pueblo, creo que hoy la Iglesia ha iniciado una profunda revisión y cambio con el que pretende acercarse, cada vez más, al Jesús indignado con tanta hipocresía. Pero  también le pido a Dios que nos de la fuerza necesaria para que las cuestiones más banales de nuestro mundo no conviertan a nuestra comunidad en una mercancía más. No es ningún secreto que nuestra sociedad y nuestra política, quiero creer que no es así en nuestras comunidades, está llena de corruptos que se lucran con el dinero de la gente sencilla que ignora y confía.
“Y haciendo de cuerdas un látigo…”. Parece que nos atrae más un Jesús con el látigo del que habla Juan, de hecho es el único evangelista que habla del látigo en este relato, que quizás un Jesús más tranquilo o diplomático. Sin embargo Jesús va más allá del látigo (algo que sinceramente hoy y siempre me ha costado entender y que creo que puede tener poca base histórica). Quizás el látigo fue más moral, más de reproche y crítica hacia la clase sacerdotal que hacia los vendedores. Parece que dotando a Jesús de sentimientos y reacciones tan humanas como la rabia o la ira nos sentimos mejor, o lo hacemos más cercano o entendible. No es que quiera yo quitarle humanidad a la figura de Cristo, “verdadero Hombre y verdadero Dios”, pero creo que el punto intermedio no está tanto en el látigo, como en lo que significa este. De todas formas reacciones parecidas son ya anunciadas por los grandes profetas (Jeremías, Zacarías…) “El celo por tu casa me devorará” (Salmo 69).
Jesús rompe con la inflexible y cerrada tradición de su pueblo que “encerraba” a Dios, no sólo en un templo, sino también en un arca. Jesús nos propone sentir y descubrir a Dios en cualquier parte, en nosotros mismos. Nosotros somos la mejor arca donde habita Dios. Ese es el santuario en el que Dios está, en ti, en cada uno de nosotros.
“Pero Jesús no se confiaba con ellos…porque él sabe lo que hay dentro del hombre”. Nadie mejor que el Dios-Hombre, Jesús de Nazaret, sabe lo que como humanos nos pierde y nos hace débiles; nadie mejor que Él sabe de las debilidades y traiciones humanas. Jesús ha visto como, mientras de sus manos salían signos visibles, era venerado por los que le seguían, pero desde el principio era consciente del miedo, debilidad y traiciones humanas. En el momento más delicado le dejarían sólo y eso es algo que tenía asumido.
Es muy probable que lo acontecido en este episodio de Jesús fuera el detonante de su captura, tortura y condena a muerte, por que como afirma Enrique Martínez Lozano: “No se trató de una purificación del templo sino de algo más radical, de la pretensión de acabar con la religión y el culto basados en el sacrificio”.
¿En qué queda lo humano cuando abandonamos a los que nos necesitan? Hay miles de manos clamando justicia en nuestro mundo por unas causas u otras, pero nosotros y nuestras limitaciones hacen que esas injusticias sean dobles. En nuestras manos está el que no repitamos la historia una y otra vez, y que quién ponga su confianza en nosotros no sea defraudado.

sábado, 24 de febrero de 2018

Transfigurarse para bajar a la realidad (Mc 9, 2-10)

Si hemos seguido durante la semana el proceso de la Palabra que la liturgia nos ha facilitado, tanto el evangelista Mateo como Lucas nos han mostrado a un Jesús que marca una clara diferencia entre lo de “antes” y lo de “ahora”, nos presentan a un Jesús que, en cierta manera, rompe con el pasado o al menos quiere renovarlo actualizándolo y purificándolo en el presente. Frases como “Habéis oído decir…pero yo os digo…” o “Si no sois mejores que los letrados y fariseos…” son la evidencia de todo esto. Es evidente que Jesús tiene absoluta conexión con el pasado de su pueblo, y sin su pasado no se le puede entender, pero también es evidente que no se queda en el pasado.
El relato de la transfiguración hunde su sentido más profundo en la tradición, tanto en la forma como en el fondo, pero mira a un futuro de gloria que no ignora los momentos difíciles por los que se ha de pasar antes.
“Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús”. Estamos ante una teofanía, la manifestación del poder de Dios al estilo del Antiguo Testamento, pero ahora, para recordarnos que el Hijo participa de la gloria del Padre, y así queda atestiguado también por Elías y Moisés. Pasado y presente en una manifestación que mira al futuro renovado por la resurrección que todo lo hace nuevo y todo lo purifica.
“¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres chozas”. Resulta curioso que, después de una manifestación tan extraordinaria con la que nadie se quedaría impasible, y que serviría para atestiguar de por vida lo vivido, algunos de los discípulos que acompañaron a Jesús al Tabor, como Santiago y Pedro, le negaron y abandonaron tiempo después en sus momentos más difíciles. Por eso creo que no es tanto la manifestación celestial literalmente redactada lo que vivieron (ya que es más bien un relato concebido como las teofanías o hierofanías del Antiguo Testamento) sino que más bien vivieron un momento pleno, un momento de esos idílicos en la vida de los que no quieres que terminen. De esos momentos en los que estás con las personas y en el lugar adecuados y nos gustaría que durara para siempre. Sin embargo, todo en la vida no es gloria, hay también cruz.
 “Este es mi Hijo amado…”. De nuevo, otra vez, como en el momento del bautismo de Jesús,  la voz del Padre deja clara la absoluta relación entre Jesús y lo Alto. Ahora hay una invitación: “Escuchadlo”.
Tenemos el corazón de piedra y aunque rogamos a Dios que nos dé un corazón de carne, muchas veces no ponemos todas nuestras fuerzas en escuchar lo que Él quiere de nosotros. “Lo que Dios quiera…” solemos decir, pero muchas veces es lo que nosotros queremos. Hacemos gala de nuestra libertad, libertinaje en ocasiones, y llegamos incluso a hacernos dueños de las vidas ajenas.
“No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”. Para resucitar a la vida eterna, hay que morir a esta vida. Los discípulos discuten sobre el sentido de las palabras de Jesús entorno a la resurrección porque no les entra en la cabeza que Jesús, del que han experimentado su divinidad en ese preciso momento, tenga que morir.
Aunque los evangelios sinópticos no nos dicen el nombre del monte de la transfiguración, la tradición cristiana identifica dicho monte  con el Tabor. Desde MiTabor7, este blog, quiero sentirme como Pedro, Santiago y Juan con Jesús. Así me siento cada vez que reflexiono este es el lugar donde mi oración se hace escritura. Pero no me gustaría quedarme aquí, aunque estoy muy a gusto como les pasaba a los discípulos; no debo quedarme porque ya Jesús les dijo, y siento que me dice a mí también, que no puedo instalarme sino que he de bajar y trabajar por y con mis hermanos. Os agradezco de nuevo vuestro apoyo y acompañamiento. Seamos cristianos que, sin huir de las cruces de este mundo, viven más desde la resurrección y desde la gloria del evangelio porque sólo así podemos ser testigos creíbles.
 

sábado, 17 de febrero de 2018

La necesidad del desierto (Mc 1, 12-15)

“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto”. Así comienza Jesús su ministerio en el evangelio de Marcos. Parece que el retirarse al desierto no fue iniciativa única de Jesús, sino que fue llamado-empujado, invitado a ir, y fue.
Hoy para nosotros, sobre todo para la cultura occidental, la imagen del desierto lejos de toda imagen exótica, es sinónimo de agobio, penurias, calores insoportables y aridez; pero para la cultura oriental, y más aún para un judío en tiempo de Jesús, lo que predominada del desierto no eran esas características secundarias y colaterales sino que el desierto era sinónimo de encuentro  con Dios y con uno mismo, de purificación.
En el desierto se fraguó el pueblo de Israel. Los grandes patriarcas llevaron a cabo parte de sus misiones en el desierto, en el desierto entienden Abraham y Moisés cual es su misión. Jesús es llamado al desierto por el Espíritu de Dios que ha llamado antes a otros, para descubrir su misión sin torpezas ni distracciones humanas.
“Se quedó cuarenta días…”. También estamos familiarizados con el número cuarenta en relación a muchos aspectos, sobre todo en el Antiguo Testamento: años de una vida, años de peregrinación… No es casualidad, por tanto, que fueran cuarenta los días que Jesús pasó en el desierto. Dicho número simboliza una vida, una etapa completa, el tiempo necesario para saber que has tenido una vida larga bendecida por Dios.
Los cristianos, quiero creer que cada vez menos, estamos acostumbrados a vivir las cosas porque nos las han enseñado así pero a veces, aunque aprendidas, no han sido profundizadas y entendidas en su origen. Vivir una etapa, la cuaresma, de cuarenta días es lo mismo que vivirla de sesenta o de quince si no sabemos el porqué lo hacemos, si no conocemos nuestras raíces judías.
“Vivía entre alimañas y lo ángeles le servían”. Con esta afirmación Marcos deja entender claramente que la misión y la presencia de Jesús entre los hombres (en muchas ocasiones alimañas para nosotros mismos; “el hombre lobo para el hombre”) no fue fácil, pero era una misión guiada y bendecida por Dios, y por eso sus ángeles le servían. Sólo de esta manera se puede entender la fortaleza de Jesús hasta la cruz. Sólo cuando estamos sostenidos, cuando nuestros planes no son meramente humanos sino que son bendecidos y queridos por Dios, es cuando podemos superar cualquier prueba, aunque nos cueste la vida.
“Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio”. Una vez arrestado Juan, Jesús habla claro y comienza a hacer pública la gran noticia del reino. Lo que se esperaba durante siglos ya está cerca y Jesús lo ha cumplido, se ha cumplido el plazo. Pero para recibir el reino de Dios hay que convertirse, hay que convertir la tristeza y el luto en alegría, porque lo que se nos presenta es una Buena noticia, un evangelio (Gracias a Marcos nos llega el concepto de evangelio). Dios nos quiere como a hijos y eso no nos lo habían dicho antes así de claro, sino que más bien convenía mantener la imagen de un dios frío, distante y fácilmente colérico que muy pocas veces mostraba su benevolencia.
La iglesia habla de un Dios amor pero a veces no es reflejo del mismo. Nos falta amor y corrección fraterna de la buena. Nos comportamos como alimañas entre nosotros y no terminamos de entender que ya es tiempo de amar, es tiempo de hablar, es tiempo de entender y comprender, es tiempo de Evangelio, de Buenas Noticias.