viernes, 27 de abril de 2018

La verdadera vid (Jn 15, 1-8)

Este pasaje evangélico es la prueba de que Jesús no sólo era conocedor de la tradición de su pueblo sino que, además, la respetaba y la tomaba muy en serio. Si llegáramos al final de la cuestión podríamos afirmar que precisamente por eso padeció. Cuanto más en serio te tomas las cosas, las vives y luchas por ellas, más padecimientos sufres pero también disfrutas y celebras más y mejor los éxitos.
En la Escritura veterotestamentaria se compara constantemente al pueblo de Israel con una viña, y al Señor con su labrador. La cultura mediterránea, el cultivo tan extendido de la viña… facilitan y hacen proliferar los ejemplos y comparaciones entre el creyente y este cultivo y sus frutos.
Jesús, como buen maestro, aprovecha y continúa ejemplos y metáforas a las que ya estaba acostumbrado su pueblo para releer y renovar lo que Dios quiere del mismo.
 
“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto”. “Renovarse o morir” decimos en muchas ocasiones cuando queremos cambiar de rumbo o necesitamos un cambio; y es cierto, los humanos necesitamos ir redescubriendo y renovando nuestra presencia y la forma de la misma en este mundo, desde los ámbitos más familiares y cercanos hasta nuestra presencia como comunidad humana. Son necesarias, por tanto, renovaciones y “podas” en nuestra comunidad cristiana para retoñar con más fuerza y, sobre todo, con más fidelidad a nuestras raíces. Me vienen ahora mismo al recuerdo renovaciones y “podas” tan fructíferas dentro de la Iglesia como la reforma (poda de costumbres relajadas en la vida consagrada, y alejadas de su raíz) de Santa Teresa.  Y nuestra raíz, la raíz de la vid de la que somos sarmientos, es Jesús.
Ese es el horizonte que nunca debemos perder, porque si lo perdemos nos olvidaremos de quién somos y cómo ha de ser nuestra presencia en el mundo.
Los cristianos no podemos actuar como vides independientes. Pertenecemos a una misma tierra y tenemos un mismo labrador. Nosotros no somos la raíz sino que bebemos y nos hemos de alimentar de la savia de la vid a la que pertenecemos.
 
“Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí”. Muchas veces actuamos de forma independiente, perdiendo el horizonte de la comunidad creyendo que daremos más frutos por nuestra cuenta, pero ahí corremos el riesgo de creernos vides, de creernos o adjudicarnos papeles que no nos competen.
¿Qué es un cristiano si no celebra, actúa, bebe de la savia de Cristo presente en la comunidad que ha decidido seguirle? ¿Qué es eso de: “soy cristiano pero no practicante”? ¿Dónde tiene eso su fundamento? ¿Puede haber comunidades unipersonales? ¿Cristo actuó por su cuenta o contando siempre con el Padre y acompañado de una comunidad?
La iglesia no es la vid sino un sarmiento; no cometamos el error de creernos vid. Algunos cometieron ese error en el pueblo de Israel y puede ocurrirnos también en la Iglesia, para luego decepcionar los planes y proyectos de Dios. Esa es una tarea que nos queda muy grande, que no nos podemos adjudicar ni por nuestros méritos ni por nuestra naturaleza, no tenemos la savia que alimenta sino que hemos de beber de ella y dar frutos, pero como sarmientos. Jesús les deja claro a los suyos ese tema: “Yo soy la vid”.
Un cristiano que no se nutre en una comunidad viva, renovadora, que bebe del Jesús verdadero y no del adulterado por una tradición simplista o vieja, se va secando como sarmiento que ha perdido su vinculación con la vid que posee la raíz y la savia.
Jesús está presente y vivo en su Iglesia, pero también está más allá de ella. Para nosotros, como sarmiento enraizado en la vid verdadera, está destinada la tarea de nutrirnos sin descanso de la savia y dejarnos podar por el labrador, que es el que sabe cuándo y dónde podar  para dar frutos abundantes.

sábado, 21 de abril de 2018

"Yo soy el buen pastor" (Jn 10, 1-10)

Este pasaje del evangelio puede llevar fácilmente a la errónea interpretación si no vamos a lo profundo de su mensaje.
Es cierto que Jesús era rotundo y tajante en según qué cosas o con qué temas y, aunque pueda dar esa impresión, aquí no está vanagloriándose de ser el único Señor y Salvador, que es cierto que lo es, sino que avisa de los falsos o malos pastores que dan rodeos y se escabullen para no atender a sus ovejas. En tiempos de Jesús abundaban falsos mesías y los malos pastores (sacerdotes y dirigentes que no obraban según la ley de Dios sino según sus intereses y “leyes”).
“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas”. El pueblo de Jesús, el pueblo judío, venía de una tradición semítica e itinerante y por eso la imagen del pastor (patriarca) conduciendo y dando ejemplo a sus ovejas era para ellos bien conocida. Un buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y reconocen su voz y le siguen. Ese pastor es capaz de dar su propia vida por ellas. Su trabajo no es para percibir un simple salario sino para la gloria de Dios y la construcción del Reino. Jesús ve cómo el pueblo sigue plenamente confiado, muchas veces también por miedo, a líderes del templo y sacerdotes que no son ejemplo y buscan la corrección y el cumplimiento en los demás, mientras ellos se saltan la ley que predican y no entran por la puerta verdadera, que no son las leyes que han inventado ellos sino el actuar y vivir desde el mismo amor de Dios.
En la iglesia de Jesús hemos de reconocerle a Él. Sólo reconociendo, primeramente, su voz y sus palabras podremos seguirle. Si no hacemos esto corremos el riesgo de seguir a pastores incoherentes que hacen un mal uso de la autoridad que les ha venido conferida por Dios y que no saben lo que dicho poder significa. Pastores que viven en la opulencia y la apariencia exigiendo moral y haciendo moralina en sus sermones mientras ellos no son capaces de entrar por la puerta verdadera. Pero también es cierto que Dios ha bendecido la iglesia dotándola de pastores que, antes de guiar al rebajo, han sabido escuchar la voz del verdadero Pastor, y guían con amor a su pueblo ofreciendo su vida en sacrificio y verdadera entrega al Reino.
Doy gracias a Dios por esos pastores que hemos tenido, y tenemos, en nuestra vida y que son reflejo del amor de Dios, pastores que al llamarnos reconocemos en su voz al verdadero Jesús, el Jesús de Nazaret.

sábado, 14 de abril de 2018

Soy Yo, no temáis (Jn 6, 16-21)

“Los discípulos de Jesús…, al oscurecer,…bajaron al lago…Era ya noche cerrada”. Bajar al lago para pescar, porque los discípulos eran pescadores, es decir vivir, comenzar con la faena, estar en la vida que te toca, en tus afanes del día a día…Era de noche, noche cerrada; en la vida tenemos noches oscuras, porque no todas las noches son iguales, porque hay días que uno no tiene ganas ni de verse, ni de ver/vivir con otros, en esos días que son noche oscura no tenemos presente ni siquiera a Dios, porque nos hemos centrado en el ego más solitario que se enraíza en nuestro profundo ser. Es ahí donde reside precisamente Dios, pero nosotros no lo vemos.
“Soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando”. Tenemos a Dios delante de nosotros pero nuestros miedos y cerrazones no quieren/pueden verlo, e  incluso lo confundimos con otras cosas y tenemos miedo de Él. Las tempestades de la vida, lo encrespado de esta, como cuando el lago se embraveció, nos nubla y buscamos consuelo y ayuda en cosas/personas a las que, aun sabiendo que no podrán saciarnos ni consolar nuestro deseo de plenitud, nos aferramos a ellas como si fueran nuestra tabla de salvación, para luego quedar aún más vacíos.
“Habían remado seis kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el lago, y se asustaron”. Habían navegado mucho sin Jesús en la barca. A veces caminamos mucho tiempo en la vida sin tener presente a Dios, confiando en nuestras solas fuerzas, cargando nuestras pilas vitales con nuestra soberbia y autosuficiencia, pero en realidad todo eso es sólo lo que creemos, un espejismo, porque la verdad es que no lo hacemos solos sino con esa parte divina que tenemos, en la medida que participamos del Ser de Dios, al ser sus criaturas, sus hijos; ya que somos, simplemente,  porque somos en Él.
“Pero Él les dijo: Soy yo, no temáis”. Y cuando más solos nos sentimos, cuando pensamos que pereceremos por lo difícil de las situaciones de la vida, descubrimos que es Él quien ha estado siempre con nosotros, que no era nuestra fortaleza sin más la que nos sacaba de las situaciones complicadas, que no éramos solo nosotros los que controlábamos todo sino que desde dentro, en lo profundo de nuestro ser/conciencia está Él, porque Él es el que es, nuestro ser.
Como los místicos afirman y nos enseñan, en la oración contemplativa, en el silencio más profundo del ser, en el encuentro con uno mismo… es dónde mejor lo vamos a descubrir, donde más claro lo vamos a escuchar, porque es el lugar del encuentro. Porque sólo después del encuentro místico en lo profundo de nuestro ser, es cuando podemos ser para los demás.
 
 

viernes, 6 de abril de 2018

¡PAZ a vosotros! (Jn 20, 19-31)

No es posible la luz sin antes haber experimentado las tinieblas. No se puede hablar ni saber lo que es la alegría, si no hemos pasado un periodo de tristeza y abatimiento. No se puede hablar de espíritu ni de resucitar a una vida nueva, si antes no hemos pasado por la experiencia de la muerte. Ya nos lo han dicho también nuestros santos; nos han hablado de las noches oscuras y la soledad que abruma y desespera. Todos hemos pasado o estamos pasando por momentos similares.

“Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos”. Es evidente que el relato de Juan se redacta desde una comunidad naciente y desde una conciencia clara de identidad “cristiana”. El hecho de la separación entre los discípulos y los que claramente llama judíos, es la muestra de que el mesianismo de Jesús era ya aceptado por unos y rechazado por otros de manera oficial, pero cuando sucede este hecho de la aparición de Jesús a los discípulos, sólo horas después de la muerte de Jesús, los discípulos eran y se consideraban absolutamente judíos.

Aquí, sin embargo, los discípulos tienen miedo a los judíos. Hermanos que tienen miedo de otros hermanos ¿Por qué los humanos, muchas veces incluso entre hermanos, sentimos temores y miedos, o los provocamos? Conviene que reflexionemos esto, pero el mensaje de Jesús es muy claro: “PAZ A VOSOTROS”, y esto lo dice “enseñándoles las manos y el costado”. No merece la pena vivir con miedo; no merece la pena hacer sufrir hasta padecer miedo y angustia a otros hermanos. Las manos y el costado son los testigos físicos de su pasión, de la violencia de los hombres entre los hombres; Jesús dice: “No sea así entre vosotros”, todo lo contrario, reine la paz entre vosotros, ese es su saludo al resucitar.

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Su mensaje y su envío es la Paz en el mundo, esa es la misión del cristiano, hacer reinar la paz.

En nuestra iglesia también hay hermanos que padecen de una enfermedad que han provocado otros, el miedo, el temor a decir o ser ellos mismos, porque el juicio de los humanos, a veces, es más fuerte que el del mismo Dios. El baremo con el que guiará Dios su juicio es el amor, nos lo ha dicho muchas veces Jesús. Sin embargo, el juicio de los hombres no se guía por baremos de amor sino más bien de cumplimientos o preconcepciones que no atienden a la peculiaridad y las riquezas personales del ser humano que Dios ha creado.  

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en la llaga…, no lo creo”. Solemos juzgar muy rápido la actitud de Tomás pero en realidad todos llevamos un Tomás dentro de nosotros. Necesitamos ver, tocar, sentir para poder creer de verdad. Nuestra religión está llena de imágenes, objetos y reliquias que parece que nos ayudan, y han ayudado siempre, a acercarnos más Cristo y creer más en Él. Por eso, hemos de plantearnos qué ven muchos en la Iglesia para que, lejos de acercarse a ella, lo que pronuncian sus labios de forma inmediata sea: “Yo no creo en la Iglesia” y se aparten y la critiquen como anti testimonio. Si la Iglesia ha de ser  reflejo de Cristo y, con lo que ven en ella, apartamos a muchos, hemos de hacer una profunda reflexión. Una reflexión previamente personal y después comunitaria; Dios nos pide experiencia interna, ver con los ojos del corazón lo que llevamos dentro de nosotros mismos: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

sábado, 31 de marzo de 2018

Un final que es el comienzo (Jn 20, 1-9)

Resulta paradójico que lo que más nos cuesta creer a los cristianos, es precisamente lo único que nos hace cristianos. Es curioso como el hombre-cristiano celebra la muerte con todo sentimiento, llora y acompaña a los familiares que han perdido al ser querido, consuela con palabras humanas: “Es ley de vida” decimos…; “Hay que ser fuertes en estos momentos…” y expresiones así que, en realidad, sabemos que no consuelan, pero el caso es que no se nos ocurren otras en esos momentos; y, en la mayoría de los casos, guardamos silencio y reducimos nuestro pésame a un abrazo o una mirada de complicidad.
Es comprensible que el misterio de la muerte nos abata y nos deje sin palabras. Pero no ha de ser así, porque los cristianos debemos tener palabras de consuelo real y fe que, precisamente, se ha de hacer más fuerte en esos momentos. Porque si el Hijo del hombre es el Cristo, es precisamente porque colma la muerte de Vida y no porque padeció en una cruz.
 “Y vio la losa quitada del sepulcro…”. Jesús es Dios encarnado, y esa humanidad tiene su culmen precisamente en que se encarnó para resucitar y descubrirnos lo que hay detrás de nuestras losas de piedra y mármol, cuando pensamos que ya todo es oscuridad. Porque si un cristiano no cree firmemente que la muerte ya no es una losa sino la puerta abierta a la plenitud de la Vida, no es digno de llamarse cristiano.
No nos engañemos. Un cristiano no es el que es bueno sin más, ni el que ayuda al necesitado, ni siquiera el que se sacrifica por los demás. Todo eso es necesario para que un cristiano sea fiel a lo que Jesús quiso para la humanidad, pero no tiene sentido si no lo hacemos teniendo como horizonte y desde la alegría de sabernos salvados por medio de la resurrección.
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. No hemos de sentirnos culpables si, a veces, nuestra fe en la resurrección se ve acompañada de dudas.
Ni siquiera los que le habían acompañado de cerca, los discípulos, pueden aceptar o  “permitirse el lujo” de no estar tristes ante la muerte. Cuando llega la muerte no hay motivo para la alegría, ni siquiera después de una vida larga, llena de bendiciones, se nos ocurre darle gracias a Dios. A veces los cristianos perdemos la perspectiva de lo que significa la muerte, o en lo que Cristo la ha convertido.
“Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura”. Cuando descubres el inmenso gozo que supone que la Palabra se encarne y tome sentido en tu vida, que no se queda en algo que pasó hace miles de años sino que se actualiza cada día en tu vida y te ves reflejado/a en ella, no puedes sino ser plenamente feliz y actuar en consecuencia, y ahí es donde se  nota que somos cristianos, porque entiendes que lo que Cristo dijo e hizo, también te pasará a ti. Y, por supuesto, eso incluye una tumba vacía.
La vida plena, sin limitaciones, que alcanzaremos con la resurrección, hemos de darle sentido desde y con la vida que como humanos nos vamos fraguando. Porque la esperanza en la resurrección nunca ha de ser una excusa para maltratar la vida humana. Eso ha pasado y, desgraciadamente, sigue pasando hoy en algunos credos y religiones que, por querer alcanzar fanáticamente la vida eterna (creyéndose mártires), se maltrata/mata la vida que tanto amó Dios-Jesús. Porque “tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo al mundo” para vivir desde el amor.
Es posible que los cristianos estemos “locos” por creer en un Dios encarnado, que vive y muere como hombre, y que después creamos que resucita. Pero qué maravilloso es vivir esta locura de amor, sabiendo que el sentido de una vida lo da su final, y que dicho final es la resurrección.
 

sábado, 24 de marzo de 2018

El Rey de los judíos (Mc 15, 1-39)

“Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes….prepararon la sentencia…y lo entregaron a Pilato”. Da la impresión de que deliberaron qué hacer con Jesús toda la noche, y que al final de la misma es cuando decidieron entregarlo con acusaciones claras. En realidad, tanto las acusaciones, sentencia y condena las tenían muy claras desde hacía tiempo. Jesús ya era conocido y llevaba mucho tiempo resultando incómodo, por tanto, de haberlo podido sentenciar antes, o si sólo hubiese dependido de la autoridad religiosa y no hubiesen tenido que rendir cuentas ante las romanas, lo hubiesen matado antes.
¿No es verdad que a veces tenemos guardadas las cosas-ofensas y malestares? Creemos que no somos rencorosos pero, en realidad, estamos esperando la oportunidad de sacar esos “trapos sucios” para sentirnos mejor, acusar o simplemente hacer ver que seguimos molestos por algo. Ante estas acusaciones Jesús calla porque sabe del corazón y los rencores humanos, Él mismo afirma, en el relato de Juan, que todo lo ha dicho abiertamente y que habían tenido ocasión de conversar con Él y no lo hicieron. Pero muchas veces no queremos conversar, solo acusar, porque puede más nuestro dolor que las ganas de arreglar las cosas.
“¿Eres tú el rey de los judíos?”. Es una acusación absolutamente reiterativa. Aparece constantemente en los evangelios. Acusan a Jesús de haberse autoproclamado rey de los judíos. Evidentemente, esto es algo muy elaborado puesto que la figura del rey tenía connotaciones religioso-mesiánicas, el rey era ungido, elegido por Dios, representaba la unidad del pueblo de la Alianza (tenía tintes tanto religiosos como políticos). Esta acusación, por tanto, era más grave de lo que parecía y Jesús nunca diría de sí mismo que era rey de los judíos.
“Pues ¿qué mal ha hecho?”. Da la impresión de que Pilato intenta disculpar o al menos esquivar la condena a muerte de Jesús, es decir, se nos muestra a un Pilato con cierto interés en Jesús intentando darle oportunidades, pero realmente los romanos, más aún el gobernador, no tenían ningún interés por los judíos más allá de mantener la calma y no provocar disturbios. Quizás, en el fondo, Pilato sabía que detrás de la petición de condena a muerte de Jesús había muchos intereses y falsas acusaciones, pero en esto también él se jugaba su puesto frente al emperador, por tanto, no toma partido más allá de lavarse la manos, como señal de desinterés, y entregarlo a los sacerdotes, a la religión judía.
Qué curiosa esa entrega a la religión. Se supone que es la que ha de hacer justicia en nombre de Dios, la que debe mostrar misericordia y benevolencia y, sin embargo, Pilato entrega a Jesús a una institución corrupta e interesada, a sabiendas. Condenar a Dios en nombre de Dios ¡Increíble fracaso religioso! Hemos de cuidar nuestras instituciones religiosas para no erigirnos en jueces de nadie, porque eso sólo le compete a Dios. Nuestra religión cristiana ha sentenciado y condenado durante siglos, y me atrevería a decir que aún quedan resquicios, pero eso ha de convertirse en amor y corrección fraterna (la forma de hacer y decir las cosas, aún con el mismo resultado, es muy importante).
“El velo del templo se rasgó en dos”.  Es ahí, en el punto más alto de la corrupción religiosa, en el momento de la elevación de la cruz de donde pende Dios, donde la religión se fragmenta. No se puede aguantar tanta hipocresía y dolor, no se pude permitir que los hombres decidan por Dios. El templo que custodiaba la Alianza de Dios con los hombres se rompe como señal de ruptura del pacto. Es necesario  volver a empezar, es necesaria una limpieza de las instituciones humanas, que Dios vuelva a renacer-Resucitar para así renovar a los hombres y sus religiones.

sábado, 17 de marzo de 2018

¿Aceptar, asumir, resignarse...? ¿Vivir? (Jn 12, 20-33)

Evidentemente, aunque sea algo sabido que Juan redactara su evangelio después de que pasaran los hechos y que la perspectiva e intenciones de los evangelios, en cualquiera de ellos, van más allá de la mera  información o redacción; en este relato Juan también quiere mostrar que Jesús conocía su destino y que, pese al miedo y sufrimientos humanos comprensibles, lo aceptó y lo encajó dentro de su misión y su persona.
Como he propuesto en reflexiones anteriores, no se puede entender del todo lo que quiere mostrarnos la Palabra si no la situamos en relación a lo anterior y posterior. Anteriormente a lo que nos cuenta Juan en este pasaje, Jesús veía como su persona y misión eran discutidas y confundidas. Unos le aceptaban, otros al menos daban el beneficio de la duda y había quienes  directamente lo negaban. El caso es que los ánimos estaban ya caldeados, y Jesús se ve con poco tiempo para todo lo que la grandeza del reino exigía transmitir y enseñar.
“Señor, queremos ver a Jesús”. En medio de esta vorágine de dudas y confusiones (aceptaciones y rechazos) que provocaba Jesús, unos gentiles (griegos probablemente) quieren conocerlo. Jesús aprovecha la ocasión para anunciar su destino y exponer alguna de las condiciones que exige su seguimiento; además, lo hace de forma apremiante porque se está consumiendo el tiempo.
“Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere…”. Es necesario que cada uno “muera” a sí mismo, a sus egoísmos y sus cosas, para que se dé fruto. No se puede ser feliz si con los demás estamos mal. Cuanto más felices hacemos a los demás más felices somos nosotros ¿Cómo es posible que siendo desprendido, dándose del todo y siendo generoso, se pueda encerrar  tanto “egoísmo positivo” y ganar felicidad personal?
Lo que hace grande a Jesús como humano es que sabe aceptar las consecuencias de sus actos y su propia misión. Él no lo acepta con resignación sino asumiendo que la categoría humana reacciona según de qué manera ante ciertas situaciones. Jesús conoce el miedo humanos, también el suyo, los temores, desconfianzas, traiciones y debilidades pero también confía en la bondad. Es por eso, porque conoce el mecanismo del ser humano, por lo que acepta su destino con una templanza que sigue sorprendiéndonos.
¿Cómo afrontamos nosotros las tribulaciones?
“El que quiera servirme que me siga”. El que sirve, está dónde está Dios; esta es la mejor manera de seguir a Jesús. Servir es la mejor manera de ser cristiano. Si hacemos de nuestra vida un servicio constante  a los demás, dice Jesús: “el Padre le premiará”.