viernes, 14 de septiembre de 2018

¿Quién es para ti? (Mc 8, 27-35)

Jesús nunca vivió del qué dirán; no porque no le importara la opinión que de sí tuvieran los demás sino porque la convicción de su misión superaba cualquier juicio de valor humano. Sin embargo pregunta: ¿Quién dice la gente que soy? Seguramente Jesús imaginaba la respuesta; respuesta confusa, contradictoria e incluso descabellada; había para todas las opiniones. No existía una opinión unánime sobre su persona; las respuestas “bailaban” desde los grandes profetas pertenecientes a la Antigua Alianza, Jeremías, hasta lo más novedoso de la época, Juan Bautista, en ese largo intervalo de siglos de historia cabían muchas personalidades y acontecimientos.
La pregunta inicial no iba encaminada a buscar la respuesta sobre lo que la gente pensaba de Él sino, más bien, a si los suyos sabían con quién estaban y porqué: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Me atrevería a decir que ni el mismo Jesús se esperaba la segura, rápida y enérgica respuesta de Pedro. Precisamente el que mostraba más inseguridades y le planteaba más idas y venidas entorno al seguimiento, fue el que lo reconoció como “El Mesías”.
Reconocer en Jesús al Mesías esperado durante siglos no es fruto de una imposición colectiva, no es algo fácil por los antecedentes y presentes que vivían los judíos en torno a la figura del esperado. Pedro profesa un acto de fe libre y personal. Dentro de la comunidad de los discípulos cada uno lleva su propio proceso, y él se declara abiertamente seguidor confeso del Mesías, Jesús de Nazaret.
Si el evangelio no supone una interpelación personal constante y actual, no podríamos llamarlo evangelio. Y tú ¿Quién dices que es Jesús? El credo que profesamos como comunidad cristiana no serían más que palabras elaboradas durante siglos por la Iglesia, y que repetimos en comunidad, pero en realidad algo poco encarnado, impersonalizado, volátil, débil… si no ha sido antes un acto de fe personal, un reconocer a Cristo como el esperado en tu vida, sabiendo que eso traerá consecuencias en la misma y la transformará.
“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.
También corremos el riesgo de repetir sin más unas palabras elaboradas y dulcificadas por la tradición, sin entender verdaderamente lo que significa seguir a Jesús encarnado.
Pedro reconoció a Jesús como Mesías porque estaba con Él y veía a diario sus obras, escuchaba sus palabras y seguramente quedaba admirado de la cantidad de gente que seguía a su Maestro. Pero, en ese momento, se quedó ahí sin ver más allá, sin prever que ese compromiso le llevaría a Jesús a padecer sufrimiento y dolor por su coherencia vital. Por eso Jesús le/les interpela, porque ve que no asumen lo amargo del camino y posiblemente se quedan en lo dulce; Jesús quería hacerles reflexionar si estarían dispuestos a padecer por su fe en el reino.
Hay gente que piensa que los creyentes vivimos más felices y serenos que el resto de los mortales; que el hecho de la esperanza de la fe evita sufrimiento e incertidumbres, sobre todo en lo que habrá más allá de la muerte. Y dentro de la comunidad también existen hermanos que creen sin ir más allá, quedándose en las formas y las liturgias pero sin encarnar su fe y asumir sus cruces.
Los cristianos hemos de tener en el horizonte la resurrección, pero eso no nos evita que el trabajo por el reino a veces sea difícil y entrañe dolor y desesperanza. Todo esto no es malo, es simplemente humano, pero si es cierto que la fe hace (o debería hacer) que las cruces se asuman de otra manera y que no tengamos la sensación de recorrer este camino en soledad.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Atender a la persona. "Effatá" (Mc 7, 31-37)

Jesús es un milagro; Jesús es El Milagro. Lo que la humanidad estaba esperando. No necesita de demasiadas presentaciones porque sus obras, signos y prodigios, le acompañan y hablan de Él.
A veces, desde la teología más dogmática, nos hemos empeñado en demostrar históricamente ciertos milagros que la tradición y la Escritura le han atribuido a Jesús, casi perdiendo de vista que el verdadero milagro es Él, su forma de hacer las cosas, el estilo de vida que propone, y no tanto lo sobrenatural.
“Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón…”. Lo que sí es evidente es que Jesús estaba en constante contacto con la gente, en permanente e intima común-unión con su pueblo, con el mundo. Que sabía de los sufrimientos, dificultades y necesidades de aquellos que le seguían.
“Apartándolo de la gente le metió los dedos en los oídos y…le tocó la lengua”. Le presentaron a un sordomudo para que le impusiera las manos, para que le tocara con sus manos. Seguramente era una persona que no tenía ni voz ni voto; una persona que no podía o no quería comunicarse con los demás. Jesús actúa de manera personal. Se lo lleva aparte de la gente porque requiere cuidados y atención individual, necesita un acompañamiento, un proceso muy personal. Para Jesús la gente no era ganado, cada persona tiene su dignidad y es única.
Es necesario que Jesús le toque. Cuando Jesús le toca brota el oído, el habla, el tacto, la vista, brota la vida… Cuando por esta vida uno va perdido, sin rumbo fijo; cuando no se tienen ganas de contacto con nadie, no hay ganas de comunicar nada, no se tiene interés (el sordomudo no busca directamente a Jesús porque seguramente no lo conoce, pero se lo presentan) pero se descubre la propuesta de Jesús y te toca de verdad, se pierde el miedo y se suelta la lengua, cambia tu vida.
En nuestra sociedad, la sociedad de la comunicación más avanzada, de lo inmediato; en una sociedad donde se supone que debemos ser expertos en comunicación personal, estamos sufriendo una especie de contradicción continua. Parece que cuantos más medios tenemos, realmente menos comunicados estamos. Estamos acostumbrados a ver cómo, en pequeñas reuniones de amigos o incluso en pareja, estando al lado de los otros ni siquiera nos miramos a la cara, no surge una conversación fluida porque lo que nos acompaña constantemente son nuestros dispositivos móviles y, teniendo a personas reales al lado, nos comunicamos con gente que está lejos o nos entretenemos con nuestras apps. Sabemos cosas, muchas cosas, de los demás pero muy superficiales; vemos miles de fotos de las vidas “felices” que se cuelgan en las redes sociales pero no sabemos de las vidas de las personas, de los problemas, anhelos, alegrías y dificultades reales de los que tenemos al lado.
Jesús nos enseña a que el trato personal y la dedicación a los otros es lo que nos humaniza. Nos enseña a tocar, acompañar, hacer ver que estamos cerca del que lo necesita.
“Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Irremediablemente, esta afirmación nos recuerda al relato de la creación del Génesis, en dónde después de crear se afirma que: “Vio Dios que todo era bueno…”. Jesús todo lo ha hecho bien porque es la presencia de Dios en la tierra, porque Dios todo lo hace bien para con sus hijos. A nosotros sólo nos queda fiarnos de Él y querer que siga haciendo cosas buenas en nosotros.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuestión de pureza (Mc, 7)

La cuestión de la limpieza, la pureza, la dignidad de unos hombres sobre otros… ¿quién es quién para juzgar tales cosas? Y sobre todo ¿con qué criterios o vara se puede medir eso?
Si bien es cierto que para convivir entre los hombres necesitamos normas, leyes e incluso ritos  y unos requisitos mínimos que cumplir, siempre inventados por hombres para los hombres, parece ser que no lo es así para Dios, o al menos no las normas que creemos que nos sirven entre nosotros. Jesús deja claro que un rito vacío se puede convertir en ofensa e incluso en injusticia, aunque creamos que va dirigido a Dios.
“¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?”. Algunos hombres se aferran a las tradiciones por miedo a los cambios, se aferran a lo que se ha hecho siempre pensando que todo lo demás no está bien, y que así lo quiere Dios; y en realidad es que sus miedos nos les dejan avanzar, sus miedos nos les dejan ver que con tradiciones trasnochadas pueden estar cometiendo injusticia o como mínimo actos estériles.
Hay una crítica que la gente que no se siente de la comunidad eclesial, aunque la mayoría estén bautizados, nos hacen a “los que vamos a misa” como dicen ellos, y que a mi cada vez me cansa más oírla aunque, como casi todo, puede que tenga algo de verdad (aunque no con el sentido con el que disparan dicha crítica). Esa crítica fácil, porque no se puede llamar de otra manera, se lanza con frases como esta: “Los que van a misa muchas veces son los peores” o “¿Es que por ir a misa se es más bueno?”, o ataques como “Los que os dais golpes de pecho sois luego los peores”. Evidentemente, cuando se entabla conversación con alguien que prejuzga de esa manera, si se puede hablar, hemos de hacer ver que no es así, pero hoy me gustaría, desde la corrección fraterna, analizar algo de estas críticas porque, como he dicho antes, se basan en algo. Creo que en el fondo de estas críticas pueden estar las palabras de Jesús de este evangelio: “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.
“Dejáis de un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Lo peligroso de todo esto es que podemos estar confundiendo los deseos, anhelos, aspiraciones e incluso las ambiciones de los hombres con los que pensamos que tiene Dios. Y sí, no vamos a echar balones fuera, en la Iglesia católica esto nos ha pasado a lo largo de la historia y debemos aprender y estar muy atentos a nuestros errores y pecados que a lo largo de siglos hemos cometido con hombres y mujeres.
En la Iglesia creemos firmemente que estamos guiados por el Espíritu Santo y que Él se manifiesta, una de las maneras de manifestarse pero no la única, a través del magisterio y la tradición. Pero eso no ha de ser excusa para que, dentro de nuestra comunidad, no estemos en permanente revisión a la luz de dicho Espíritu y siempre en oración, intentando dilucidar lo que Cristo quiere de nosotros para el mundo.
“Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que le hace impuro”. He conocido en generaciones anteriores a la mía como han sido educados bajo la sombra permanente del pensar que casi todo era pecado. Evidentemente esto marca ya toda la vida de esa persona si no se tiene la oportunidad de descubrir que el evangelio es tan maravilloso que parte de la libertad de los hijos de Dios y del amor a los hermanos; y en otros, no pocos, esa educación ha provocado una contra-reacción que les ha llevado al otro extremo del que he hablado al principio.
Ver demonios donde no los hay, creer que todo lo que hay fuera y se sale de nuestros esquemas viene del maligno es un error, porque el maligno está allí donde se le deja estar y, a veces, está dentro de nosotros. Ser humilde para distinguir lo que es de Dios y lo que es de los hombres, nos ayudaría mucho en el interior de la comunidad y también hacia fuera, en la misión.

sábado, 25 de agosto de 2018

Seguir o no a Jesús (Jn 6, 60-69)

Las palabras de Jesús sobre “el Pan de Vida”, refiriéndose a sí mismo: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”, escandalizan de tal forma, no solo a la gente del pueblo y dirigentes sino también a alguno de sus discípulos, que dejan de seguirlo cargados de razón: “¿quién puede hacerle caso?”.
Jesús sabe que sus palabras no sólo interpelan sino que requieren un cambio en la persona que mucha gente no está dispuesta o no puede aceptar. Ese cambio supondría renovar su fe de tal manera que muchas de las cosas que hasta la fecha habían venido creyendo como la más pura ortodoxia, deberían ser abandonadas para acogerse a la Verdad que viene directamente del mismo Dios; algo que aquellos judíos no pueden tolerar, o al menos digerir, de la noche a la mañana. Pero Jesús no puede echarse atrás porque sabe que su tiempo es muy limitado y la grandeza de la Buena Noticia no puede frenarse. Si con esas palabras se escandalizan ¿qué no pensarán cuando les hable de su origen y su propia resurrección? Y estos sí son presupuestos indispensables para la fe en Jesús a los que cualquier discípulo que presuma llamarse así no puede renunciar.
“¿También vosotros queréis marcharos?”. Por supuesto, Jesús respeta la libertad personal y el proceso de cada individuo, asumiendo que no todos llevamos el mismo ritmo y no todos podemos creer en sus palabras. De hecho, Él mismo, se lo deja claro a los discípulos que le estaban escuchando: “Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.
En este pasaje,  el evangelista Juan utiliza un lenguaje muy rotundo, directo y escandalizador para muchos, propio de una comunidad judeo-cristiana que tiene claro que, para seguir adelante, ha de romper con la tradición más aferrada y hermética, con la ortodoxia de la comunidad Jerosolimitana que aún le cuesta aceptar a Jesús como mesías y sólo puede verlo como profeta. Pero esta fe en Jesús como profeta-maestro no es, ni mucho menos, suficiente para poder ser sus discípulos; alguien tiene que dejar claro que, para aceptar lo nuevo y purificador, se ha de abandonar lo viejo.
Este planteamiento no es nada antiguo, todo lo contrario, está más vigente que nunca hoy también en nuestra Iglesia. En varias ocasiones he leído de expertos vaticanistas que, en realidad, aunque ya se hayan cumplido más de cincuenta años de la celebración del Vaticano II, nos queda mucho por andar para alcanzar todas  sus propuestas. Parece mentira que en una sociedad tan frenética para muchas cosas y con la mente tan abierta para otras, aún nos de miedo romper con muchas ideas y costumbres que, además de quedarse viejas y sin sentido, hacen daño. Me duele leer críticas feroces al papa Francisco; se puede o no estar de acuerdo con algunos de sus pensamientos y opinar sobre ellos, faltaría más, pero eso no justifica las críticas despiadadas y fuera de toda corrección fraterna, típicas del enemigo más feroz que recuerdan más a Nerón que a hermanos en la fe.
No es de extrañar que, escandalizados entre el inmovilismo de unos y las críticas despiadadas de otros muchos, bastantes hermanos abandonen la comunidad; de eso, todos los que consideramos que aún estamos dentro, sabemos un poco viendo nuestras celebraciones cada vez más mermadas. Y por supuesto que son  decisiones personales y libres, pero nosotros muchas veces con nuestras actitudes no animamos a que se queden.
Es cierto que no todos pueden, como he dicho antes, y que quizás sea necesaria esta marcha de algunos para que la comunidad se purifique de las cosas viejas y comience una nueva etapa. Lo que también es cierto es que Jesús nos interpela constantemente también a nosotros preguntándonos si aún queremos seguir con Él: “¿queréis marcharos?” y nosotros intentando ser buenos discípulos respondemos cada día: “Señor ¿a quién vamos a acudir?”; ¿Con quién mejor que contigo? “Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

 

viernes, 17 de agosto de 2018

Pan, vino... Presencia (Jn 6, 51-58)

A los antiguos cristianos no se les entendió y se les persiguió, entre otras cosas, por una interpretación literal de sus palabras y textos; incluso se les acusó de antropófagos. Hoy día, no se nos entiende, incluso después de haber “explicado” nuestra fe en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, quizás por otra razón en el otro extremo, el racionalista, que no deja abstraer y trascender al corazón.
En fin…el hombre parece que lleva en lo más hondo de sus entrañas la incredulidad, y que ha de poner siempre impedimentos a Dios, ya sea por literalidades, legalismos convenientes o  por las barreras que nuestra mente racional nos pone,  evitando que nos abramos al Misterio más profundo del ser.
“El que come mi carne y bebe mi sangre…” (El que participa del misterio; el misterio cristológico, el secreto mesiánico que tanto le “gusta” al evangelista  Marcos) Ese, y sólo ese, alcanzará la vida eterna, encontrará el sentido de la vida, la Vida que no se queda en la materia, que no se acaba con el tiempo  sino que perdura eternamente.
Los católicos hemos sublimado este Misterio hasta sacramentarlo. La presencia real de Cristo en las especies del trigo, hecho pan, y de la vid, convertida en vino, son para nosotros Misterio pascual, son el mismo Cristo. Pero, a veces, me queda la duda de si en el fondo, somos conscientes, lo hemos llevado al corazón, lo hemos rezado y llevado al plano de la fe, si lo CREEMOS; porque si no es así (y bastan sobrados ejemplos de “cristianos” que no participan cada domingo de dicho misterio) estamos siendo otra cosa pero no cristianos católicos, no lo somos si practicamos un sincretismo religioso hecho a medida, nuestro particular sincretismo de Cristo.
Los primeros cristianos respetaron y defendieron la comunión, la presencia real de Cristo en el pan, con su propia vida. Recuerdo alguna de las historias que me contaron en las catacumbas de Roma (concretamente la catacumba de San Calixto) en la que, por no dejar profanar el pan  eucarístico murieron incluso niños. Si, quizás sea eso, que hay que hacerse como niños para poder llegar a creer el misterio que supera toda razón. Eso no significa profesar “la fe del carbonero” sino, simplemente, reconocer la limitación humana ante su  Señor y Creador que puede, y de hecho así es, ser parte, hacerse presente y permanecer en la materia más cotidiana.
“El pan vivo bajado del cielo” nos deja claro que el pan que Él nos ofrece es su carne entregada para este mundo, un pan que se reparte, un pan inagotable, hay para todos, y el que lo acepte vivirá para siempre. Porque sólo entendiendo que el pan no es de nadie, que es de todos y que todo el mundo tiene derecho al pan, porque el pan es la vida, el alimento, sólo así alcanzaremos una vida en la Verdad.
 Los cristianos tenemos una gran responsabilidad, parte de nuestra misión, si encarnamos estas palabras en nuestras propias vidas, haciendo de ellas panes que se reparten y se dan inagotablemente para saciar el hambre y las necesidades de nuestro mundo. Quizás sea eso lo que no llegamos a entender y por eso nos cuesta tanto, nos ha costado siempre tanto a los humanos, entender  lo que significa la presencia real de Jesús en este mundo.
“Pero ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”. El judío de tiempos de Jesús, sólo sabe leer literalmente, nadie le ha enseñado a interpretar. Estas palabras son un verdadero escándalo para los judíos de su tiempo, incluso para sus discípulos, para aquella mentalidad tan dura como la piedra de las tablas de la ley. Pero, una vez más, Jesús nos demuestra que sus palabras son más que palabras.
Es necesario que el humano se alimente del VERBO hecho carne, que alimente su vida de la Verdad.
“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado”. Una vez más, Jesús muestra la clave para una íntima relación con Él, y estando con Él estamos igualmente con el Padre porque es quién le ha enviado. El misterio trinitario, sin necesidad de dogmatismos complicados y enrevesados que muchas veces hacen flaco favor por estar más llenos de letra e intentos de razonamiento que de sencillez, sale de la boca de Jesús como lo más “lógico” y sencillo, simplemente porque sale de una boca que pertenece al Hombre que lo vive como una misión a la que ha sido llamado y enviado por el Padre.
Encarnemos en nuestras propias vidas, con la cotidianidad y particularidad de las mismas, el misterio de Dios que se hace pan para después entregarse enteramente a todos.

viernes, 27 de julio de 2018

Compartir es el milagro (Jn 6, 1-15)

Es imprescindible, para entender todo el contenido de este pasaje, que tengamos en cuenta el anterior (lo que el domingo pasado decíamos que era la introducción a este; Mc 6, 30-34).
Jesús, antes de realizar el “milagro” de la multiplicación del alimento, es seguido por mucha gente (dice el texto que sólo hombres eran unos cinco mil; evidentemente nadie los contaría con exactitud ya que estamos hablando de un número simbólico). Teniendo la atención de toda esa gente, Jesús no les da primero de comer sino  que les habla; les habla porque de lo primero que están sedientos y hambrientos es de buenas noticias, de acompañamiento y comprensión. Están perdidos y desorientados (decía el texto del domingo pasado “como ovejas sin pastor”).
Jesús sabe que con el simple hecho de dar de comer a la muchedumbre no hace nada más que calmar una necesidad fisiológica, que es necesaria también, pero que no solucionará la raíz de los problemas de la gente. Quizás mucha gente iba buscando en Jesús soluciones rápidas a su hambre más material, pero lo que todos se encuentran antes es un regalo de Dios, la clave para entender muchas cosas, la clave para hacer de este mundo algo más justo; para hacer de este mundo el comienzo del reino de Dios. Jesús no da de comer sin más. Jesús enseña que la clave está en ellos, en la forma de entender su mundo, su vida y la vida con los demás (con los hermanos).
Hay para todos si se sabe repartir, si dejamos los egoísmos personales, si cambiamos el chip y no pensamos tanto en comprar como en repartir. Como afirma Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in veritate”, debemos construir una economía de la caridad, una economía del amor.
En esta sociedad en la que nos medimos por lo que tenemos, por lo que somos capaces de comprar, no cabe la solidaridad del compartir lo que tenemos sino que practicamos solidaridad de lo que nos sobra. Esa es precisamente la mentalidad que Jesús quería cambiar, esa es la clave para que nadie pase hambre y para que comiencen a cambiarse las estructuras de una sociedad injusta.
Las primeras comunidades cristianas esto lo entendieron muy bien; seguramente algunos de los miembros de estas primeras comunidades estuvieron presentes en esta lección-fraternidad del compartir, en este milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. El problema es que a nosotros nos ha llegado esta tradición demasiado viciada, muy divina y poco encarnada. Nos hemos quedado con el “milagrito” y eso nos ha impedido entender lo que realmente pasó, y, por tanto, nos impide poder ponerlo en práctica. En este pasaje dieron de lo que tenían y después sobró. Hoy nosotros, damos de lo que nos sobra y, como eso es poco, entonces lógicamente falta.
Las primeras eucaristías eran momentos reales de compartir. Tanta importancia tenía la Palabra como la comunión, como el momento en el que todos daban algo de lo que tenían para vivir en ese momento ¿Y nuestras eucaristías qué son? ¿En qué se han convertido? ¿Hacia dónde vamos?
María supo entender esto con una naturalidad pasmosa, con la “facilidad” que una madre entiende que nada es suyo, que su vida es don en cuanto que alumbra, protege y crea otras vidas. Le pido con todas mis fuerzas y mi vacilante y precaria fe a la Madre, que me haga entender el sentido del compartir sin mirar a quién, ni cuándo, ni cuánto.

sábado, 21 de julio de 2018

Saber parar parar escuchar (Mc 6, 30-34)

El texto evangélico ante el que nos situamos hoy es el preámbulo de uno de los relatos más conocidos del evangelio de Marcos, y me atrevería a decir de toda la Sagrada Escritura, como es el llamado milagro de la “multiplicación de los panes y los peces”. Pero hoy no requiere nuestra atención este “milagro” en concreto sino más bien su introducción, cuatro versículos Mc 6, 30-34, que aparentemente son insignificantes, pero que  guardan  una información muy rica sobre Jesús y las prioridades que estableció.
“Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús”. Es una de las pocas veces, si no la única, en donde el evangelista Marcos utiliza la denominación de apóstoles, diferenciándolo de la de discípulos. Esta diferencia no es una casualidad. Es necesario que se sepa que este grupo de seguidores cercanos a Jesús habían sido antes enviados por Él para una misión muy concreta, la misión de proclamar que el reino ya estaba cerca, y para eso les dio poder para expulsar espíritus inmundos y sanar. Se nos dice que los apóstoles le contaron a Jesús lo que habían hecho y enseñado. Venían de enseñar; venían de ser la voz del Maestro, eran maestros de la Palabra.
“Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Esta frase de Jesús me resulta entrañable. Jesús se preocupa por los suyos. Reconoce lo duro de la misión y desea que descansen y reparen fuerzas. Creo que es una  frase del evangelio que puede pasar fácilmente desapercibida, sin embargo personalmente me resulta reveladora en relación a la humanidad de Jesús y el cariño con el que cuidaba a sus seguidores más cercanos, los apóstoles.
No es que Jesús quisiera huir de la gente que les seguía, pero sí que el mismo Jesús reconoce que la misión agota y que es necesario el pequeño encuentro en el que poder compartir lo vivido y reparar fuerzas, e incluso corregirles en la intimidad si en algo hubiesen errado.
“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos; porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”. La misión es agotadora sí, pero antes que reparar fuerzas está el encargarse de los que demandan más atención. La pretensión de descanso se frustró cuando, al llegar al lugar donde presumiblemente iban a estar más tranquilos, se encontraron con más gente que demandaba atención. Pero Jesús aprovecha la ocasión para hacer ver a los apóstoles que la prioridad son los otros, no ellos, nunca la prioridad puede ser uno mismo sino los demás, los más pequeños, “las ovejas que no tienen pastor” y demandan un guía. El descanso lo dejan para otro momento y Jesús se pone a enseñarles con calma; dedicándoles la atención y cariño que se merecen también estas gentes que esperaban su palabra. Jesús se ocupaba de los hambrientos y enfermos del cuerpo, pero también enseñaba, porque la enseñanza de Jesús es enseñanza para la vida, es Vida; porque aprendiendo de Jesús es la única manera de cambiar nuestro mundo y retornar a la justicia y el amor.
A veces, en la Iglesia, tenemos demasiadas prisas. Esas prisas por cumplir expediente (decir, no celebrar la misa, dar una clase, cumplir con…) hace que no reparemos en que lo que tenemos delante de nosotros son personas. Es más fácil echar unos céntimos en el cestillo y quedarse con la conciencia tranquila, que pararse a mirar a los ojos a alguien que te pide algo cuando te estás tomando una caña con los amigos. Pero el descanso y el ocio, la caña, pueden esperar y quizás esa persona necesita algo más que unos céntimos.
Tengo la sensación de que no nos paramos delante de los problemas reales de la gente, no nos paramos a enseñar con calma. Cumplir el expediente está bien pero no es suficiente, es inútil cuando delante tenemos a alguien que no sabe de lo que hablas, porque lo que necesita es que le escuches con calma y le enseñes desde el amor y la verdad. Hay cristianos que buscan desesperadamente al Jesús de la Verdad, el camino de Jesús (Jesús Camino) y una vida en Jesús (Jesús Vida), y no palabras huecas, generales y sin delicadeza que, muchas veces, por no saber de los problemas reales de la gente se hiere con palabras aprendidas y no rezadas.
Hay chicos y chicas adolescentes que no quieren escuchar los rollos de siempre sino que necesitan que, antes de que nadie les de la “brasa”, se les escuche porque no entienden por lo que están pasando y necesitan un buen pastor que les oriente, rectamente, pero sin prejuicios.
Le pido a Dios que seamos verdaderos apóstoles que entendamos que la misión agotadora a la que nos envía Jesús el nazareno, no merece descanso si vemos a hermanos que no saben por dónde tirar, que no encuentran lugar donde poder reposar porque andan por la vida con miedo, como ovejas sin pastor.